ARTÍCULO : ANTE LAS ELECCIONES EUROPEAS ( III )

(Tercera entrega e la serie de cuatro).

La UE, la Europa comunitaria, nace del acuerdo, no de la fuerza, ni de la soberanía o de la jerarquía de unos sobre otros estados miembros. Sin embargo, la UE vive hoy día un nuevo escenario de poder. El papel de Alemania es el ejemplo: le cuesta asumir el papel que parece corresponderle, ser en estos tiempos el indiscutible líder sin ceder a la dominación. Su historia, su participación en la evolución de la UE, su compromiso con el progreso de Europa, exigen su implicación en el momento que vive actualmente la Comunidad.
Es en ese sentido en el que escribe el pensador U. Beck: “Es un país que hasta la fecha se ha beneficiado ampliamente de Europa y del euro, pero también de la crisis, tanto económica como política y moralmente. De ahí que el país tenga un profundo interés en tirar del carro de la unión política de Europa”.
Sin embargo, a todo político movido por la idea de Nación, no se le pasa por la cabeza asumir riesgos en favor de la idea Trasnacional. Y eso parece ocurrirle a la señora Merkel, dirigente actual de Alemania, promotora e impulsora de la política de ahorro, la fórmula que Alemania exige aplicar al resto de los estados miembros; una postura económica impuesta a machamartillo que, al conducir a la implantación de jerarquías y de criterios hegemónicos y a la puesta en marcha de una cooperación entre los estados basada en la dependencia, impide la evolución política de la UE. Si Alemania domina las instituciones europeas por si misma, los estados miembros dejan de tener poder real. Si no hay juego limpio, ni equilibrio entre los estados, ni búsqueda de consensos, no puede haber cooperación.
Existen dos vías para aumentar la integración europea, la participación igualitaria basada en la reciprocidad, una, y, otra, la dependencia jerárquica de unos bajo la hegemonía. Los ciudadanos de la UE no tienen una conciencia cabal del funcionamiento de las instituciones comunitarias y de ahí nace, en gran parte, la actual sensación del déficit democrático comunitario. A muchos de ellos, sumidos en la plena crisis, ya les da igual quien les gobierne. Sin embargo, aunque el tiempo de las ideas partidistas y de los sentimientos nacionales como único referente debe terminar en Europa, el ciudadano lo que quiere es resultados y no ver mermados ni cercenados sus derechos; unas conquistas que la crisis ha diezmado y unos logros que, según cómo se actúe en este próximo futuro, se podrán afianzar, o no, expandir, o no, a un ritmo o a otro, universalizar para los habitantes de todos los países miembros, o no. Pero si el líder alemán pretende dirigir la UE en base a su hegemonía, lo más probable es que la UE y sus instituciones se conviertan en meras marionetas al servicio de los intereses de Berlín y que cobren fuerza de nuevo los movimientos contrarios al proceso de integración y un incremento en la defensa de la soberanía nacional de los estados miembros.
El problema es que los mercados raramente son libres, bien por la acción de los grupos de presión frente al poder político, bien por la existencia de una deficiente arquitectura institucional que impide que funcionen los contrapoderes. Un hecho significativo a este respecto es la relevancia real del Parlamento Europeo. Existe un parlamento elegido por el pueblo, pero su función actual es más decorativa y simbólica que operativa y eficaz. Debate los asuntos, evacua consultas con los gobiernos, pero su poder real es casi nulo: el gobierno de la Comunidad no es elegido por votación directa, pero tampoco por el Parlamento; lo elige a puerta cerrada el pequeño grupo que forman los mandatarios de los Estados. Así también quedan tocadas prerrogativas naturales de cualquier parlamento, como son, por ejemplo, el control sobre los impuestos y decisiones claves como la del presupuesto.
Quizá sea esa la razón por la que en una reciente encuesta de la eurocámara llevada a cabo por el EUROESTAT y el Parlamento Europeo, aparecida en el mes de Mayo/2013, aparecen porcentajes de este tenor:
• Desconfianza en la UE: 60%, 28%, 51%, 54%, 63%. España, 75%. Chipre, el más alto, 83%. (Entre otros).
• Confianza en la UE: 31%,54%, 20%,41%,29%,48%. España,17%. (Entre otros similares).
Fácil observar que los niveles de confianza de los ciudadanos de la UE en sus instituciones son muy bajos y que los de desconfianza alcanzan un tono medio o decididamente alto. Es una clara señal del aumento de las corrientes euroescépticas dentro de la Unión. La responsabilidad de esta visión cae en las propias instituciones europeas; si el desconocimiento de algo provoca dudas e incertidumbres, si la falta de transparencia e información fidedigna facilita la labor oscura de los grupos anticomunitarios, ¿qué hacen los responsables?, ¿qué lecturas emiten de oscuridad y misterio?, ¿qué clase de mensaje envían a los millones de ciudadanos que miran hacia sus líderes? Si el ciudadano español, francés, italiano, griego, croata o portugués, desconoce lo que le debe a la UE, aumenta el escepticismo cuando no la convicción de su inutilidad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s