ARTÍCULO : ANTE LAS ELECCIONES EUROPEAS ( I de IV )

La nación es una comunidad que para ser viable requiere de unos mínimos elementos identitarios que le sirvan de base: una lengua común, una religión común, un origen étnico compartido o una historia también común. Desde ese punto de vista, es fácil reconocer que el continente europeo no solo carece de ello, sino que, todo lo contrario, lo que abunda es la diversidad. Europa es una Babel, un extraordinario mosaico de idiomas, pero esa diversidad lingüística, tan incómoda a veces, constituye para muchos el primer patrimonio cultural europeo. Mientras se aplican recetas liberales en el campo económico o en el financiero, mientras en los aspectos políticos juegan más los intereses, la geopolítica y la conformación de bloques de decisión entre países, es ese ámbito precisamente, el de la cultura, el que suele ser más rígidamente protegido por las culturas nacionales. Las culturas nacionales siguen, en general y más allá de aprender inglés, recabando porciones ínfimas de inversión en los presupuestos comunitarios. Este tipo de comportamientos revela una curiosa paradoja: si quiere alcanzar la meta de una auténtica Unión, lo que la Comunidad exige y necesita de manera perentoria es una transformación espiritual y cultural, no meramente económica y política. Junto a la conservación indudable del patrimonio cultural de cada país miembro, lo que debería de hacerse, y no se hace, es hablar de una Europa cultural. El espacio europeo sin fronteras solo existirá de verdad el día en que los ciudadanos europeos, a la par que conservan su propia identidad, compartan una cultura común que les permita participar con conocimiento y responsabilidad en una realidad política y económica más amplia.
El desarrollo y la modernidad de los países comunitarios tienen un precio: a mayor crecimiento, más riesgo global, más consumo y más exigencia, más tecnología, más desplazamientos y movilidad. También más aspectos deficientes, carencias o insuficiencias que, si no se aprecian en los momentos álgidos, nunca faltan cuando aparecen los problemas. Y si las instituciones de la UE no regulan los procesos o actúan con lentitud, se desmerecerá gran parte de lo hecho.
La actual crisis económica ha venido a demostrarlo: es muy alta la velocidad de los cambios en nuestro mundo global y muy lenta la capacidad de adaptación de la UE a los nuevos escenarios. Por eso, en la misma medida en la que el estilo de vida de los ciudadanos, su hábitat, su cultura y sus derechos sociales se vean amenazados, empezarán a aparecer conflictos que solo una eficaz y rápida política comunitaria será capaz de cortar. Si los tiempos de reacción son lentos, crecerá rápidamente el descontento. Para que en los 28 países miembros nazca una cultura civil de la responsabilidad hacen falta, previamente, liderazgos visionarios, como los que fundaron la UE, y un “aparato” en Bruselas distinto y más justo que las eurocracias que la dirigen en la actualidad.
La prosperidad es una condición que va íntimamente unida a la idea de la libertad. Europa es la región del mundo donde la interdependencia de los valores de modernidad, libertad y justicia ha sido tanto menos llevada a cabo como más fuertemente proclamada. Toda casa interiormente dividida está destinada a perecer; para que la casa común de Europa pueda acoger y mantener en igualdad de condiciones a los países que la integran, es preciso que se convierta en algo más que el mercado, la moneda común, el banco central o un sistema fiscal único. A las alturas del siglo XXI en que vivimos se precisa una Europa que lo sea, a la vez, de la economía de mercado, de los derechos políticos, de una cultura cada vez más común y de la redistribución social.

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