ARTÍCULO: La Colección Guggenheim, un ejemplo de mecenazgo.

 

Nueva York, Venecia, Berlín o Bilbao, son hoy día sinónimo de arte. De arte con mayúsculas, moderno y contemporáneo, de lo no objetivo a la objetividad, de lo materialista a lo espiritual. Pero hace algo más de un siglo, los mecenas Guggenheim eran una de las muchas familias de emigrantes que llegaban al nuevo mundo en busca de un porvenir.

Unos años más tarde, aunque convertidos ya en una de los grupos más ricos y poderosos de EE.UU, les faltaba la fama y la popularidad. Los Guggenheim, dueños de una cadena de minas de cobre en tres continentes, no gozaban del reconocimiento mundial ni del prestigio y la aceptación social en su propio país. Se movían, ciertamente, entre los grandes magnates norteamericanos, viajaban por todo el mundo y aparecían en cualquier parte donde la ostentación y el glamour ocuparan un lugar; pero nadie les reconocía más valor que el estatus de nuevos ricos. Y como suele suceder en toda sociedad muy cerrada y opulenta, en Norteamérica no era lo mismo la historia de unos nuevos potentados  que la acrisolada tradición de un clan rico. Es por ello que la historia de la actual colección de arte Guggenheim, es un revoltijo de sucesos, rocambolescos algunos, otros llenos de intuición, que se hilan y entretejen en medio de algunos de los principales acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX.

Era, pues, cuestión de tiempo, que el que en esa sociedad, conservadora y clasista, se convirtiera en piedra de escándalo la aparición de una mujer que, tras la desaparición de su padre en el naufragio del Titanic, tejía su propia historia huyendo de las rivalidades en el seno de su propia familia y abrazando una relación estrafalaria con las corrientes culturales más progresistas de la nación. Fugitiva de la respetabilidad de la clase alta neoyorkina, Peggy Guggenheim hallaría en Europa lo que en EE.UU se le negaba, pero los virajes de su vida en el continente europeo la convertirían enseguida en una rutilante estrella de la bohemia cultural. El apellido Guggenheim pasó así a ser una notable referencia en el mundo del arte y del coleccionismo.

Si Peggy elevó su apellido a las revistas de moda, los tabloides y las páginas de ecos sociales de todo el mundo, hubo otra mujer, la baronesa alemana Hilla Rebay, que fue la responsable intelectual de que Solomon R. Guggenheim e Irene Rothschild, su esposa, iniciaran también su propia colección de arte en 1927. Educados ambos conforme a una generosa tradición filantrópica, se convirtieron a partir de entonces en unos entusiastas mecenas de las artes.

Pintora de mediano éxito, amiga de Jean Arp, figura clave del dadaísmo, y obsesionada por la estética, Hilla Rebay abrazó con firmeza el nuevo credo artístico contenido en un libro, “De lo espiritual en el arte”, que el pintor Vassily Kandinski trataba de trasladar a su obra. Epítome de la época heroica de la modernidad en EE.UU, la baronesa les propuso a los mecenas la apertura de una nueva línea en su colección de arte; de ese modo aparecieron en ella figuras como Moholy Nagy, Ferdinand Leger, Delaunay, Marc Chagall y el propio Kandinski entre otros. En la primavera de 1929, Hilla llevó a los Guggenheim en un viaje a Europa visitando, entre otros, el estudio de V. Kandinsky en Dessau y la sede de la Bauhaus diseñada por Walter Gropius. A la vuelta de ese viaje, los mecenas montaron su nueva colección de arte en un amplio apartamento de su propiedad en el Plaza Hotel de Nueva York.

Fue así como, en unos pocos años, con el fuerte temperamento estético de una mujer, Hilla, inclinada la otra, Peggy, a mostrarse indulgente en sus adquisiciones, gastadora aquella del dinero ajeno, atrevida la otra en el manejo de su propia, y menor, fortuna, ambas  crearon, inspiraron y pusieron en marcha una de las más importantes colecciones de arte moderno de las que podemos disfrutar. Así asociaron también, de manera indudable, el apellido Guggenheim al apasionante mundo del arte.

La colección de Solomon R. Guggenheim crecería con tal potencia en los años siguientes que a partir de  1959 se pondría en pie, de la mano del arquitecto Frank Lloyd Wright, la sede actual del Solomon Guggenheim Museum, en el cruce de la 5ª Avenida con la calle 87 de Nueva York.

¿Qué sucedía entretanto con Peggy Guggenheim en Europa?

Aficionada a las embriagadoras reuniones de la bohemia parisina, apasionada y dueña de una vivacidad juvenil, su vida turbulenta y poco rectilínea discurría en relación con las vanguardias artísticas europeas, a pesar de que  sus posibilidades financieras no eran tan altas como las del resto de su familia. Aun así, sus donaciones fueron múltiples y los artistas que la rodeaban se beneficiaban no poco de su apoyo, desde la novelista Djuna Barnes( Memorias de Africa), la poetisa y musa Mina Loy, el poeta André Bretón  o el pintor Max Ernst, con el que llegaría a contraer matrimonio. Frente a la obsesión de la baronesa  Hilla por cierto tipo de estética, Peggy era una mujer pasional que contaba más, en sus decisiones respecto al arte, con sus propias experiencias, sus gustos y su intuición, que con los dictados  de las ramas estéticas dominantes en aquel vasto momento de cultura marginal.  Tras haber abierto su propia galería en Londres, en 1938, con ayuda de sus amigos M. Duchamp y S. Beckett, la primera exposición estuvo dedicada a V. Kandinsky y la segunda al surrealista Jean Cocteau. Su primera colección apareció reunida y fue expuesta por primera vez en 1940, en el Museo de Grenoble. Poco tiempo después despachó la colección a Nueva York, buscando refugio ante el avance de la guerra mundial, no sin  antes dedicar unos días frenéticos a la compra de obras maestras en París en los días anteriores a la llegada del ejército alemán. Pronto abriría su galería neoyorkina, la mítica Art of this Century, donde expusieron por primera vez J. Pollock, Marc Rotko o Robert Motherwell, pintores que pronto habrían de convertirse en las figuras claves de la llamada Escuela de Nueva York.

Peggy Guggenheim y Hilla Rebay nunca se entendieron ni se llevaron bien, por lo que trabajando ambas por el bien del mismo apellido no lograron consolidar las dos colecciones en una misma línea. La directora del Museo del arte no objetivo, como lo denominaba Hilla, llegaría a acusar a la directora de la Galería de explotar con fines innobles el prestigio logrado en el mundo del arte  por el apellido Guggenheim. Sin embargo, la permanencia y la conservación de la excelencia, elementos claves de cualquier museo, quedaron garantizadas a partir de la vinculación de ambas instituciones a partir de 1976. Aunque sigue siendo una entidad autónoma y separada geográficamente, la colección Peggy Guggenheim de Venecia, forma parte integral de la Fundación Solomon P. Guggenheim por donación directa de la propia Peggy tiempo antes de su muerte , acaecida en 1979; por acuerdo expreso entre las dos partes, la colección Peggy se mantiene en su sede original, el Palacio Venier del Leone, siglo XVIII, habiendo aportado a la Colección tanto obras debidas al interés de su inicial propietaria por los pintores surrealistas como obras singulares de artistas como Giacometti o Mario Marini.

La sede del Museo en Nueva York, por su parte, es uno de los edificios emblemáticos de la arquitectura del siglo XX y su imagen es reconocida mundialmente. Espiral invertida, de volumen ascendente, que el arquitecto quiso que los visitantes recorrieran de arriba hacia abajo siguiendo la rampa continua que se enrosca en torno a un patio interior iluminado por un gran lucernario, es como un gran caracol o un zigurat babilónico.

¿Qué podemos ver en la Colección Guggenheim?

Obras excelentes de maestros indiscutibles como Van Gogh, Braque, Malevich, Kandinsky, Klee, Mondrian, Brancusi, o piezas de los polémicos Joseph Beuys, Calder, Dubuffet  o Mario Merz. Es el resultado de un proceso de decantación histórica que ha permitido, al cabo de medio siglo, reunir seis colecciones en una sola. Así es como se presenta hoy lo que se denomina la Colección Guggenheim. Se nutre también de una serie de pintores que han legado sus obras a la Colección, por ejemplo Justin K.Thannhauser , un marchante y coleccionista alemán especializado en el arte impresionista y postimpresionista francés, cuyo legado permitió al museo contar con obras importantes de Cezanne, Gaughin, Picasso, Dreier y Modigliani, entre otros. La potencia y volumen de la colección son tales que en 1987 forzaron una nueva ampliación de su sede en N. York, además de haber puesto en marcha el proyecto de una nueva sede en Salzburgo, equidistante entre Venecia y el Tirol, que para la incansable viajera que fue Peggy Guggenheim, era una de las regiones más bellas de la tierra.

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