ARTÍCULO: Las historias y la realidad

Nadie ha desmentido nunca la extraordinaria fuerza de los cuentos, breves páginas que aluden a la vida no de manera directa, sino contando pequeñas historias de las que el lector, el espectador o el narrador, extraen una moraleja o un trozo de visión de la realidad. Pequeños relatos que no van tan dirigidos al intelecto, de ahí su éxito en el mundo infantil, como al niño que habita dentro de todos nosotros.
Esta reflexión viene al caso cuando quienes detentan un poder, sea del tipo que sea, tratan de controlar la presentación de historias para crear una contra-realidad que explique o pervierta la otra explicación auténticamente real. La publicidad, el marketing, los gabinetes de comunicación al servicio de las marcas y del poder, los creadores de opinión, conocen bien las ventajas de presentar a sus auditorios esas historias prefabricadas. Cuando eres tan afortunado de poder vivir en un mundo imaginario, parecen aconsejarte en su burda manipulación, enfundarte en una historia atractiva te invita a creer en la magia de cualquier banalidad y permite que la tan a menudo triste realidad deje de existir.
“Cada mañana- escribe W. Benjamín ya en 1931- nos instruye sobre las novedades del mundo. Pero, a pesar de ello, somos pobres en historias memorables. Esto se debe a que ya no nos llega acontecimiento alguno que no esté cargado de explicaciones; casi nada de lo que sucede se convierte en narración, casi todo se transforma en información. El arte de narrar radica precisamente en referir una historia libre de explicaciones”.
¿Qué ha ocurrido para que en el mundo de hoy le hayamos dado la vuelta a ese modo de pensar?, ¿por qué los medios de comunicación y los responsables de la publicidad de las empresas y organizaciones, prefieren contar una historia con visos de certeza en vez de, pura y simplemente, transmitirnos la información? ¿por qué contar historias se utiliza como instrumento de control de las opiniones y deseos o de adorno de la realidad con mentiras y engaños para formatear las mentes del oyente, el televidente o el lector?, ¿por qué se vende como autenticidad lo que solamente esconde una nueva técnica de movilización?
La obsesión por escandalizar, por persuadir o por llamar la atención, ha llevado al marketing a creer más en tratar de entretener a la gente que en informar sobre el asunto o producto que pretenden “vender”. Lo espectacular, lo que capta la atención, la fabricación de historias llamativas produce mejores resultados que la mera información.
Hay un nuevo arte de contar historias que se ha puesto al servicio de la removilización emocional, de la recuperación del compromiso con la marca, el logotipo, la filosofía de una asociación o el credo del partido político. Todo relato, todo eslogan, todo pequeño cuento en manos de quienes sustentan algún tipo de poder, transforma la presentación de algo en una travesía, un camino, un entorno, dirigidos a inventar nuevas certidumbres que conviertan algo banal en un relato edificante y ejemplar, en algo digno de valorar, de seguir, de aplaudir o de comprar.
La gente no sopesa ideas, no compra productos, sino las historias con que se les reviste mediante una nueva narración. Cuando la inestabilidad de los seguidores o los clientes muestra la fragilidad de una marca, las empresas y organizaciones acuden a un nuevo modelo, una nueva técnica de marketing que tiene como misión no tanto crear eslóganes o mensajes publicitarios sino contar una historia inventada con visos de realidad.
Desgraciadamente les funciona; la falta de sentido crítico, de la capacidad de analizar los mensajes, de una formación adulta y del necesario aprendizaje en edades tempranas de diferentes modos de discriminar y de elegir, nos ha llevado al panorama actual, cuando se pervierte la Historia con invenciones novelescas, se magnifica el valor de un producto cualquiera con una historia de médicos, de un idilio soñado o cualquier otra historia similar o se trata de “vender” la maravillosa gestión de un candidato aludiendo a sus compromisos con la raza humana o a sus gestos de solidaridad. Distinguir en tales casos la realidad verdadera de la pura invención, es tarea harto difícil para quien pretende guiarse por la racionalidad.

(Si usas este contenido, se ruega menciones su procedencia)

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