ARTÍCULO: Idiosincrasia del “trepa”

Trepador(a), es un término que se aplica a las plantas que, no pudiéndose valerse por sí mismas para crecer, se encaraman a cualquier soporte, otras plantas, un lugar, etc. por medio de lazos, ramas, raíces adventicias o enroscándose al tronco. Pon persona donde aparece planta y tendrás la definición de ese tipo de personas que mediante guiños, peloteo, continuo acompañamiento o jalear al jefe, ascienden y tratan de trepar.

En las empresas y en las instituciones hay escasos espacios para la promoción personal, los puestos suelen estar ocupados por razones de antigüedad, nepotismo, dedismo, enchufismo o adscripción a una idea, familia o grupo social. También, en algunos casos, por valía, méritos o conocimientos. De ahí los comportamientos dirigidos, primero, a adaptarse y después trepar.

Los trepas son inconfundibles; al lado de su soporte  se muestran inofensivos, creciendo sin exponer. Después se quitan la careta y hasta llegan a competir con quien les ayudó por un puesto más alto o de nueva aparición. Incluso hay ocasiones  en que el trepador progresa haciendo caer o hundirse a quien fue su mentor. Se trata, pues, de un comportamiento útil cuando se quiere ascender en la escala social con  un tipo de actitudes que generan réditos en estatus, dinero o poder.

El trepa es una figura de existencia universal. Al principio no se notará, dedicado a ganarse la confianza y el sucedáneo de la amistad, pero llegará el momento en el que, caiga quien caiga, la persona hallará en el trepismo la única manera de calmar su ambición. Lo que parece evidente es que los trepas existen y cada vez están más de moda; la mayor parte son hombres, quizá debido a un tipo de educación que infunde en ellos, más que en ellas,  la cultura de la insensibilidad.

He aquí, a continuación, una lista tentativa de señales que puede emitir el trepa caracterial, (comportamientos repetidos en la misma dirección):

Quiere saberlo todo. No da nunca información o la sesga a su favor. Aprende al lado de otro mientras le critica por doquier. Se pega como una lapa cobrándose como un chantaje lo que se hace por él. Selecciona a quien ayuda y lo hace con exquisitez; ¿me beneficia a mí? es su único listón. Tiene una extraña habilidad: robar frases u opiniones y aprovechar como si fueran propios el trabajo y las buenas ideas de los demás. Usa la maledicencia o, lo que no es inusual, prepara tácticas malévolas y concienzudos montajes para derribar a aquel de quien antes se sirvió. El resultado, en demasiados casos, aparece inevitable: si el otro no le detecta a tiempo, ha llegado el momento de que, como dice el refrán, ponga sus barbas a remojar.

Las organizaciones que no fomentan la competencia sana sino la competitividad, son el mejor caldo de cultivo para la aparición del trepador. Solo se necesita una figura soporte, ese tipo de personas que son propensas a engañarse y cerrar los ojos ante actitudes prepotentes y falsas, de chafardeo y seducción. Más aún cuando los mensajes paradójicos son el instrumento diario de los jefes o de la dirección: cuando hablan de confianza mientras fomentan las críticas como herramienta de poder, cuando estimulan la competitividad administrando sin ton ni son las broncas o el reconocimiento, cuando inclinan la balanza de sus decisiones sobre las personas siempre hacia el mismo sitio y lugar.

Quienes se vean obligados a compartir tareas con este tipo de individuos deben buscar la manera de afirmar sus derechos y no dejarse avasallar. No se trata de intentar que depongan su actitud porque nada se conseguirá. Es su naturaleza, son así. Hay que intentar evitarlos y fijar claramente los términos de la relación  (no hablar por delante de ellos, no regalar ideas, no caer en la seducción que emana de ellos ni en la trampa de creerse los halagos que regalan,  pasar de darles bola y buscar, en cambio, el reconocimiento de terceros que no hayan sido contaminados por similar actitud ( el clásico ayudo a uno y subimos los dos). Jamás se debe de estar tan cerca del pensamiento propio que no se pueda pronosticar a tiempo la capacidad del trepa para identificar los puntos débiles y comenzar el acecho.

Los trepas son tipos cuyas reacciones son siempre sorprendentes y difíciles de manejar. Por eso hay que reconocerlo: con ellos es más fácil decirlo que hacerlo.

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