ARTÍCULO: El insulto y la violencia verbal.

Hoy día el insulto es un campo en expansión. Será que el mundo está revuelto, será que la demagogia y las ideologías sectarias sustituyen a la política, será quizá, como dicen, que es el último recurso cuando falta la razón, o que el agravio y el improperio son un fácil estímulo ofensivo al servicio tanto del que se siente agredido como del que se muestra agresor. Todos los días se acosa, se hiere o se mata por culpa de algún insulto, pero nadie se fija en ello, porque responderlo está mal visto.

La palabra Insulto es un término derivado del verbo latino assalire, saltar sobre otro, asaltarlo, ofender a alguien o humillarlo mostrándole nuestro desprecio.  Un vocablo singular por pertenecer a un modo de hablar con una intensa carga afectiva y porque suele estar marginado en los textos de educación. Los niños no dicen “hijo de puta” o “cabrón” hasta que entienden lo que quiere decir, sus varios significados y sus implicaciones; para sus juegos infantiles les bastan palabras más simples y coloquiales (bobo, tonto, imbécil, suelen ser suficientes).

Sin embargo, los insultos son palabras gruesas, dañinas pero fascinantes, palabrotas y estímulos fáciles para el aprendizaje de modismos extranjeros y del vocabulario de cualquier país. Chistes y diccionarios dan buena cuenta de ello. El insulto es un elemento del léxico socialmente importante, un artilugio verbal que desahoga las emociones reprimidas y revela, al mismo tiempo, detalles cruciales en una situación o de la cultura y la psicología de un país. Por eso decía Freud que el primer hombre que profirió un insulto contra un semejante en lugar de herirle de una pedrada o matarle, fue el verdadero fundador de lo que llamamos civilización.

Hay insultos que nos sirven como modo de consolación. Así se insulta a los no presentes, al político en mayoría, a los muertos, al conciudadano que roba y calla, al dueño del perro de la caca o al taxista que pasa de largo sin siquiera mirar. Hay insultos de ira, de cabreo, de rabia. Los hay para expresar un sentimiento de fracaso o para echar fuera la impotencia ante alguna situación. A veces son un medio para hacerle conocer a alguien nuestra disconformidad. Está el insulto más común, el dedicado a herir la sensibilidad del oponente, bien aludiendo a alguna tara física o mental( idiota, imbécil, ballena, saco de mierda…), bien atribuyendo a la persona algo relacionado con la heterodoxia sexual o con su dedicación a la industria del sexo( maricón, sodomita, puta…).  Y existe también el insulto en el que conviene diferenciar: o es un término soez dicho en tono jovial, a veces admirativo (¡ qué cabrón estás hecho, tío!), o un dardo lanzado al otro para ofenderle bien (¡tú eres un cabrón!). Los políticos, las personas públicas, conocen muy bien la diferencia que establecían los latinos, argumentun ad personam (“eres un gilipollas”), o argumentum ad hominem, a lo que la persona dice o hace(“has hecho una gilipollez”).

Los españoles somos grandes expertos en lo peyorativo, por no hablar de la injuria, el lenguaje grosero y los epítetos insultantes. Ante la clase política, frente a la corrupción o contra cualquier poder establecido, solemos  apoyarnos a menudo en los tacos  y en las palabras más soeces de nuestros varios idiomas. Es muy posible que, con toda probabilidad, seamos uno de los países del mundo donde más se insulta a tutiplén.

En España, insultar es un deporte. Estamos tan acostumbrados a la picaresca y el engaño, al sablazo y el choriceo, a la hipocresía social, que la calidad y cualidad de nuestro modo de insultar se acerca más a la chulería, a la calumnia y a la necesidad de hacer daño ( antesala como sabemos de la violencia física o verbal), que a la frase ingeniosa, justificada o no, simbólica o seductora. Es el premio de consolación que le queda al pobre, material o de espíritu, para rebelarse contra la situación. De frente o por lo bajini, insultamos a todo el mundo: al conductor que la pifia, al aparato que no funciona, al vendedor que te cuela un producto deteriorado, al árbitro, al político del otro bando, al rico porque es rico, al banquero porque tiene un banco, al jefe porque es el jefe, a los jugadores del equipo contrario, al profesor que nos suspende, al guardia que nos multa, al concejal y al alcalde, al que tarda en atendernos, a los curas, al papa, a la que nos da calabazas, al hincha del otro equipo y “ al cabrón del camarero que me ha puesto garrafón en la copa, ¿será hijo de puta?”

Las personas ingenuas creen que con el razonamiento y el diálogo se puede calmar al ofensor, pero la experiencia demuestra lo contrario: ante su falta de argumentos, de escucha y de comprensión, el agresor recurre al insulto soez, a la injuria y a la calumnia, al ataque verbal. Eso, si no va más allá. De hecho lo vemos cada día: el paso del insulto al asalto puro y duro, la connivencia de grupos interesados con tal tipo de prácticas, la lógica imbécil de todos esos representantes, políticos, jueces, instituciones del Estado, acerca de una ética social cuando no saben- o no se atreven a- distinguir entre el insulto o sus derivados, el acoso verbal y físico y la violencia. Prácticas todas ellas que, sostengo, forman parte del proceso de corrupción y podredumbre social que asola a nuestro país.

También se suele pensar que el insultante se desacredita a sí mismo, que los demás le darán la espalda o le harán ver su falta de razón. Pero no estoy muy seguro de que tal cosa suceda así. Hay gente que disfruta con asistir al espectáculo, otros parecen convencidos de las razones del ofensor (“por algo lo dirá”) y la mayoría, curiosa, tenderá a hacerse cruces y callará piadosamente desdramatizando la situación. Nada más hay que recordar los comportamientos ciudadanos ante los adversarios políticos, los corruptos de altura o en los casos de exclusión social: mientras unos se lanzan a insultar y agraviar al objeto de sus iras, los otros suelen responder con el nihilismo o la resignación.

El insulto, repetido, convertido en costumbre social, es uno de los puntales de la desvalorización de los demás. Cuando el otro no existe, cuando le convertimos en monigote (personas) o en grupo social despersonalizado(institución, pueblo, región), se pierde la confianza en los otros y el insulto pasa a ser un primer peldaño de la escala de la violencia social. Las virtudes públicas desaparecen, la mentira y el engaño se instalan alrededor, la picaresca campa a su libre albedrío, las corruptelas se generalizan y la corrupción tiene la puerta abierta para asentarse en la sociedad.

Y cito ahora, para terminar, un párrafo del conocido libro El arte de insultar, del filósofo Schopenhauer:

“El que posee méritos personales relevantes advertirá con toda claridad los defectos de su nación, ya que los tendrá siempre a la vista. Pero el pobre idiota que no tiene nada de lo que pudiera enorgullecerse, se agarra al último discurso: estar orgulloso de su nación. Eso le alivia y, agradecido, se mostrará dispuesto a defender con uñas y dientes todas las taras y necedades propias de su país”.

No es, desde luego, uno de mis filósofos preferidos, pero párrafos como este nos ayudan a situarnos ante la palabrería al uso de tantos pueblos y aldeas, regiones, comunidades y países, cercanos a nuestro entorno, algunos, y tras las fronteras, otros, o allende el mar.

 

(SI USAS ESTE CONTENIDO SE RUEGA MENCIONES LA PROCEDENCIA).

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