ARTÍCULO: Acerca de la palabra “hortera”

( 29 de agosto de 2013. Hola a todos de nuevo. Se acabó el descanso estival para éste, quien escribe, pero también para ti, si estás leyendo este nuevo post. Bienvenido. Seguimos con el enfoque generalista del blog; aquí tienen cabida casi todos los asuntos, sin ofender ni molestar, sin pretender sentar cátedra, solo seguir los temas que me vienen a la mente y sobre los que se me ocurren ideas que me gusta compartir). Bueno, allá vamos…

             Unos dicen que ser hortera es la ausencia de autenticidad. Otros definen al hortera como persona zafia y de gusto ramplón. Los hay que unen el apelativo de hortera a quienes hacen gala de un gusto estrafalario en el vestir, en la decoración o en cualquier otra manifestación externa, y ostentosa a menudo, de su modo de pensar, tratando de aparentar un rango o posición social, un nivel de vida glamuroso por encima del de los demás.

La h(f)ortera era, en su origen, una bandeja o patena que se guardaba en las sacristías para usarla en el ofertorio de la misa. Más tarde fueron los mendigos los que portaban la bandeja  entre sus ropas harapientas para recoger las limosnas. Los mancebos de botica eran llamados horteras por el uso de recipientes similares para la fabricación de ungüentos, pócimas y recetas magistrales. De ahí al siglo XIX, el siglo de las apariencias, cuando nace y se expande el afán por parecer ser, por aspecto y vestimenta, lo que de verdad no se puede ser. “El que nace servilleta y después se hace mantel, ni Dios puede con él”.

Es en esa misma centuria, al unirse la denominación de hortera a los otros apelativos típicos de la fauna juvenil, petimetres, lechuguinos, pollos pera, cuando cuaja definitivamente la expresión de hortera para referirse al que vestía de manera desfasada o de mal gusto a fin de aparentar lo que no se es en realidad. Tanto el cursi del siglo XVIII como el hortera del XIX nacen de quien no tiene la preparación para llegar al estrato social en el que pretende figurar. Será Pérez Galdós, con su maestría habitual, quien fije literariamente la acepción hortera para referirse a los jóvenes dependientes que atendían tras el mostrador.

En la España del siglo XX el paradigma del hortera era el de la vestimenta, el cateto del transistor, el pueblerino de barrio dentro de la gran ciudad. Más tarde llegaron otras actitudes: los ordinarios del músculo, el macarra de la camisa entreabierta, el anillo con pedrusco, las apariciones chabacanas en la tele, los novatos de la ópera y algunos de los novísimos apóstoles del golf. “El que nunca ha sido cosa y después cosa se hace, cuando se pone a hacer cosas, hay que ver qué cosas hace”.

El hortera de nuestros días ha evolucionado. Tal vez sean la ausencia de sentido del ridículo y el exceso de desfachatez en hacerse notar, sus características principales. Gente inmune a la autocrítica, falsamente innovadora, del puedo y no llego, que no sabe gastar dinero si no es en lo último de lo último. O esa bolsa creciente de envidiosos y frustrados, que consideran que hay algo más que lo que ellos poseen y no pueden alcanzar; esos adultos niños que, cuando fracasan, cargan sobre los otros las culpas de su mediocridad, que lloran lo que no tienen y viven en la ansiedad continua que trae consigo el envidiar. El mundo entero les defrauda, los políticos, los empresarios, la iglesia, sus empleados o sus jefes, su familia, sus vecinos, sus antepasados…

La falta de seguridad en nosotros mismos y de identidad personal, es un campo abonado para la aparición del hortera. El modelo actual del materialismo y del dinero fácil, el menosprecio de la cultura y de la educación, la horterez de muchos medios de comunicación, la exaltación del exceso y la orfandad que sufrimos de liderazgos sólidos en lo político y en lo moral, nos llevan al pensamiento débil, a la falta de análisis críticos y a la trivialidad.

Es más sencillo sentirte feliz haciendo un trabajo absurdo pero bien pagado, dejar en manos de otros importantes decisiones, ganar éxito y fama a costa de nuestra privacidad, exultar de cinismo tras una dorada medianía y llenarnos hasta el vacío con los nuevos fetiches, coches, viajes, artilugios varios, marcas, premios, títulos, honores o medallas.

El hortera, como la incompetencia y la corrupción, crece siempre en situaciones de crisis; el desorden del gusto, del estilo de vida y de la voluntad, florecen cuando la sociedad ha de cruzar desde un vivir viejo y agotado hacia un cambio renovador.

Si la felicidad verdadera viene de adentro hacia afuera, y no al revés, lo que hace feliz al hombre no parece provenir del poseer o aparentar, sino del logro personal de un estado interior de energía y vitalidad que le hace crecer. De ahí la importancia de cuidar nuestro mundo  emocional, de formarse continuamente y de pensar de tanto en tanto en silencio sobre la propia realidad.

( Si te gusta seguirlo, recomienda este blog a otros amigos-lectores a quienes también les pueda agradar. Gracias)  

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