ARTÍCULO: Sobre la corrupción. II.

Aristóteles lo dejó escrito hace más de 2000 años, cómo nacen, crecen y desaparecen monarquías y tiranos, aristocracias y oligarquías, dictaduras y democracias. La historia de Occidente esta plagada de ejemplos que ilustran su pensamiento: imperios, monarcas absolutos, repúblicas, generalotes, dictaduras, reyes ilustrados y democracias, todo tipo de sistemas político-sociales y XXI siglos después llegamos a lo mismo: entre el poder y el servicio a los demás, en la cosa pública aparecen más veces la perversión del primero que el segundo.

Descorremos el telón de nuestra situación actual :

Habíamos pasado de una herencia de cuarenta años de miedo a la libertad, de una masa aborregada tras un salvador caudillista que, inspirado por Dios y por una ideología paternalista y benefactora, tomaba por nosotros cuanta decisión afectaba a nuestra vida diaria y a nuestra capacidad de elección. Dejábamos, pues, atrás una dictadura, lo que hacía que mucha gente tuviera mala conciencia. Pero llegó la democracia y con ella el bienestar económico; se tendería a beneficiar a todos cuando las cosas fueran bien y no se miraría a otro lado cuando las cosas fueran mal. Parecía que el progreso era imparable, que todos y cada uno llegaríamos a más, más arriba, más lejos, más alto, el viejo mito social. Habíamos puesto tantas ilusiones y esperanzas en el cambio político que ahora se ha paralizado la creencia de que éramos un país con un futuro sin fin.

¿Cómo nació este caos?

Había mucha gente que no hacía más que repetir que la cosa no iba bien, los de la tercera edad, sin ir más lejos, gentes que, tras vivir una vida de esfuerzos y escasez, no podían entender la apariencia de nuevos ricos en que sus hijos y nietos parecían vivir. La borrachera extendida de que todo iría a más, la idea ilusa de que las oportunidades no tendrían fin, estaba sentada, sin embargo, sobre los pies de barro de una existencia engañosa y falaz. Y claro, el tortazo mayúsculo que nos ha dado la realidad nos ha dejado turulatos. La picaresca desmedida, la insolidaridad regional, todos los viejos fantasmas de nuestra sociedad habían permanecido ahí, ocultos bajo la alfombra y a la espera de volverse a activar.

Quizá fue la complicidad entre el especulador inmobiliario y los partidos políticos, ayuntamientos o comunidades, para llevar a cabo esos mil y un proyectos nacidos más de su necesidad de sentirse únicos, sublimes y poderosos, que de una auténtica realidad. Quizá no conocíamos la pecaminosa relación que suele establecer la vida pública con el dinero. Quizá desconocíamos las inmensas cantidades que manejaban nuestros representantes tanto fuera como dentro de los cauces reglamentarios. Es posible, también, que los controles democráticos fallaran, entre otras cosas porque sus titulares eran los mismos que los habían creado. No supimos descubrir a “los listos”, personajes sin escrúpulos, capaces de aprovechar cualquier ocasión para infiltrarse en las instituciones en pro de sus intereses bastardos.

¿ Y los medios de comunicación? Los unos, los independientes, no tenían paciencia; los otros, cercanos a una u otra filosofía social, se dedicaron a vivir de los permisos sectarios concedidos por uno u otro poder.

Después llegaron los viejos mitos de nuestra historia: los “descamisados” de aquí, la honradez de los pobres frente a la deshonestidad de los ricos, las diferencias regionales, y, al fin, los nacionalismos, la horda primitiva que, o bien impide construir con los demás los valores comunes o alimenta la violencia y la destrucción para obtener sus intereses.

Se perdió la confianza, aumentó la mala educación, aparecieron los insultos, en la calle, en la tele y la radio, en el parlamento. La violencia verbal y el relativismo, en fin, se instauraron en la sociedad. Las virtudes públicas brillaban por su ausencia, las virtudes privadas, individuales, se veían amenazadas por la falta de ejemplaridad. Y en esas estábamos cuando nos llegó la crisis: la economía atacó nuestros bolsillos y, en la búsqueda de los culpables, afectó también a nuestra visión del mundo, a la ética y la moral. Cuando en una sociedad se traspasan los límites, terminan por darnos asco los actos de los demás, la ética brilla por su ausencia en los comportamientos y son la mentira, la ocultación y el engaño, quienes echan por tierra nuestra confianza en el ser humano, en el país en que vivimos y en las instituciones encargadas de gobernar.

La corrupción de unos pocos se ha multiplicado hasta tal punto que nadie avista en el horizonte un plan capaz de aplicar la cirugía necesaria a la crisis económica y moral en que vive nuestro país.

El actuar en los límites, al borde del sentido común, el amor por el riesgo y la sensación de poderío que transmite, ejercen una poderosa atracción sobre cierto tipo de individuos cuyas vidas, vacías, se ven colmadas por la autoridad que les confiere un cargo, un puesto decisorio, una responsabilidad social. Entonces dejan de ver que disfrutan de esa cargo por delegación y se imbuyen de la idea de que son ellos, y solo ellos, los que saben, conocen, dominan y deciden, cómo han de ser las cosas por el bien de los ciudadanos. Una vez perdido el norte les es fácil desechar la idea del servicio a los demás y hacer cosas en beneficio propio sin remordimiento alguno por el menoscabo de los demás.

La tendencia a la corrupción está en la naturaleza humana y moverse por interés nos es consustancial, pero ahí está la conciencia, la ética o la moral, para levantar barreras. Y siempre está la justicia, cuando ella misma no se ve también infectada por el mismo virus que pretende justiciar.

¡Qué razón tenía Aristóteles, más de 2000 años atrás!: cuando un sistema gobernante no cumple con su función es misión del pueblo soberano reformarlo y hasta llegarlo a cambiar.

(Continuará)

(SI USAS ESTE CONTENIDO, SE RUEGA MENCIONES SU PROCEDENCIA).

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