ARTÍCULO: Sobre la corrupción. I.

Vivimos tiempos turbulentos y  situaciones novedosas que exigen adaptaciones rápidas a la cambiante realidad. Crisis ambientales, económicas o políticas, conflictos intergeneracionales, nacionalistas o sociales y episodios de violencia física y verbal, nos revelan la delicadeza del momento actual y nos llevan a preguntarnos cuál, cómo, cuándo, hallaremos la solución.

Pero los procesos de adaptación, individuales, grupales o comunitarios, suelen ser complejos, muy poco transparentes y muy difíciles de predecir. Llegan nuevos modelos de organización del mundo, del tiempo y de nuestras vidas que si, por una parte, exigen el consenso y la coordinación, por otra rechazan la imposición, las corrupciones de todo tipo, el control autoritario y  todo tipo de manifestación espuria de poder.

Una de las posibles claves del éxito en tales casos es la confianza, piedra angular de todo proceso de comunicación entre personas, pueblos, países e instituciones.

Son tantas las situaciones típicas de la vida diaria que se basan en la confianza mutua, que sin ella no podrían funcionar las relaciones entre las personas, la colaboración entre organismos, la solución de los conflictos y la cooperación necesaria para salvar los obstáculos que toda relación humana suele conllevar. La cooperación, la colaboración, los pactos y su  cumplimiento, forman parte de esa clase de aspectos que se dan por sobreentendidos en cualquier cultura y país.

Por confianza se entiende que nadie va a abusar de lo pactado en buena fe. Se confía en la lealtad de los demás. Se responde a la confianza que unos ponen en otros, en los que mandan o dirigen, en las propias capacidades, en el aporte común, en los que saben de algo, en la experiencia profesional… Lo fructífero es entrar a formar parte de un todo en el que cada miembro o grupo social  encuentra su sitio y el respeto a su individualidad.

A nivel personal, la confianza se materializa en las relaciones de todo tipo entre las personas y se ve reforzada, una y otra vez, por las experiencias positivas acumuladas en cada situación anterior. A nivel social, político o institucional, la confianza crece en el diálogo y en el juego mutuo de cesiones y logros al que da lugar un proceso exitoso de comunicación, negociación y colaboración. La confianza se alcanza en un primer nivel cuando ya existe un objetivo común; se puede lograr en un segundo, un tercer o cuarto nivel, cuando las partes se reúnen previamente para alcanzar entre todos la definición de ese objetivo final. Y es que la confianza es como un lubricante sin el que chirrían las ruedas del consenso y de la colaboración, pero también es un punto de partida común que genera un horizonte de alternativas para llegar más allá.

Se necesita confiar en que nadie va a aprovecharse abusivamente de las aportaciones propias o de las de los demás, pues las indudables ventajas que traería su existencia podrían verse mermadas por cualquier tipo de impedimento que obstaculizara la cooperación. Los rumores, las mentiras y el engaño, el silencio cómplice, las promesas incumplidas y la indiscreción cobran carta de naturaleza, deterioran la confianza, primero, y la comunicación después.  A la lenta y gradual construcción de la confianza se opone su rápida destructibilidad: una única decepción basta a veces para arruinarla en una persona, un país o una institución. La erosión de la confianza, entonces, se va haciendo mayor, la comunicación se recubre de tretas tácticas y aparecen los obstáculos para la construcción en común. Como dice un viejo dicho, el árbol tarda mucho tiempo en crecer, pero basta un solo tajo para derribarlo de una vez.

La confianza no se impone; ni se pide ni se reparte. No es algo que se concede o da, sino algo que hay que sentir. Cuando se pide confianza es porque ya se ha perdido, porque se aprecia la desconfianza en el otro o dentro de uno mismo; esto es así porque en realidad no existe la confianza, existen las pruebas de que se confía o de que se puede confiar. Se trata de un proceso a largo plazo que requiere reencuentros positivos entre los interlocutores, así como la repetición de hechos que construyan, fomenten y hagan crecer las soluciones comunes y la colaboración.

¿Cuáles son los factores que favorecen la confianza? Enumeraremos solo algunos: la comunicación, el contacto personal, los valores compartidos, el objetivo común, la visión conjunta de un camino hacia el futuro, la predisposición a escuchar las ideas de los demás, la actitud amable y conciliadora en los momentos de discusión, compartir el conocimiento, estimular la participación…Y es que pocas veces como en la época que nos toca vivir será más cierto el viejo dicho: “Donde no abunda la confianza, la gente solo hace lo mínimo; donde la confianza fluye, hace lo que es capaz de hacer”.

¿Y los que la destruyen? ¿Cómo se llega a perder?

Se pierde cuando las más altas instituciones y las personas con responsabilidades públicas no solo no dan ejemplo sino que obran al dictado de sus ideologías partidarias y no del bien general; cuando los políticos de izquierda tiran la piedra y esconden la mano ocultando que tras sus arremetidas en la calle lo único que les interesa, pura y simplemente, es volver al poder; cuando los políticos de derechas arremeten contra la evolución de la sociedad tapando a quienes bajo su manto se dedican a la deshonestidad. La confianza se erosiona cuando los sindicatos, bajo el eufemismo general de “por los trabajadores”,  lo que en realidad hacen es mirar por sus burocracias, por sus cuotas de poder, y no por el trabajador en particular; cuando el empresario demuestra, con sus decisiones y sus actos, que el recurso humano de su empresa ocupa el último lugar entre sus preocupaciones; cuando el trabajador aprieta más allá de lo razonable con sus irresponsables actos a aquel que le da trabajo y de paso perjudica el trabajo de los demás. La confianza desaparece cuando la venalidad aparece en la mayoría de los estratos de la sociedad, cuando jueces y legisladores, directivos y empleados, consejeros y asesores, maestros, secretarios sindicales, políticos, parlamentarios, policías, banqueros y las personas pertenecientes a las más altas instituciones, justifican lo injustificable, delinquen en su beneficio, arriman el ascua a su ideología, mienten con cobardía, se saltan las leyes o las apuran al límite y demuestran con su conducta que lo del bien común no es su primer mandamiento sino el disfrute omnímodo, amoral y malvado de los bienes y la responsabilidad que la sociedad pone en sus manos.  Cuando las virtudes públicas brillan por su ausencia, la confianza retrocede. Solo la virtud privada de los ciudadanos de bien, esa de la que se aprovechan los demás, es la que mantiene en pie unos mínimos gramos de confianza social.

Ese, y no otro, el origen de la CORRUPCIÓN, así con mayúsculas, esa de la que penden las corruptelas, económicas, judiciales, sociales, que diariamente asaltan nuestra mirada y levantan nuestra indignación.

(Nota: Este es el primer artículo de una serie de cinco dedicados a la corrupción. El contenido va en progresión a lo largo de ellos, así que conviene que el lector tenga en mente los anteriores según vayan apareciendo los siguientes).

( Si utilizas este contenido, te ruego que menciones la procedencia)

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