ARTÍCULO: El escritor y el lector.

Si gracias a la escritura se establece un vínculo entre el escritor y la sociedad, es gracias a la lectura como se crea la ligazón entre aquel y el lector. Ello es así porque el lector está siempre presente en el trabajo del escritor, en su afán por crear un hermoso poema, una historia atractiva o un texto documentado con rigor.

Cada tipo de lector funciona con dos tiempos de lectura, el que tarda en leer una obra( horas, días, meses…) y aquel en el que la lee ( tras la publicación, años más tarde, antes de su aparición…). Ambas dimensiones imponen al lector un límite de libros que puede leer bajo un criterio temporal, pero solemos tener poco tiempo y muchos libros por leer.  Algo similar sucede con el factor espacio, el marcado por la propia obra mientras la vamos leyendo y aquel otro en el que se sitúa el lector.  Es por eso que hoy en día, cuando la mayor parte de los lectores ha nacido leyendo de una forma, pero vive obligada a aprender a leer de otras maneras y terminarán leyendo, con el paso del tiempo, a través de medios insospechados y aún por descubrir, el escritor ha de derramar su pensamiento tanto sobre la sociedad que le rodea como suele hacerlo sobre su propio mundo interior.

Lo que permanece incólume bajo las formas, los medios y los nuevos modos de leer, son las actitudes y los tipos de personalidad del público lector. Aunque no existen puros sino que todos somos, en menos o en más, una mezcla de varios tipos, me atrevo a formular una breve clasificación:

Hay lectores silenciosos, que disfrutan a solas y que guardan para sí su opinión o comentarios.

Hay lectores fieles, a un género, a un autor, a un tipo de historia, a una forma de narrar. Hay lectores que leen; los hay también que no leen más allá de una reseña, pero hablan y hablan, del autor, de la obra o del argumento como si los conocieran bien.

Hay lectores erráticos, lectores expertos, lectores en profundidad y otros superficiales, los que leen libros de uno en uno y los que lo hacen de dos en dos ( y hasta de tres en tres).

Existe el lector logófago, que lee todo signo escrito en cualquier forma y lugar, que trasiega palabras con un afán parecido al que muestra por la bebida el más consumado bebedor.

Están los lectores pose, esos a quienes los libros les duran y duran, más tiempo, incluso, que las famosas pilas del anuncio. Pero también los hay exigentes, de elección meditada y lectura sosegada, que buscan valores literarios, lenguajes comprensibles y tramas inteligentes; y lectores intelectuales que, tras saborear un libro, expanden sus conocimientos y recomendaciones a diestro y siniestro.

Y qué decir del criticón al que nada le gusta, el que pasa los días tratando de hallar el libro perfecto que no encontrará jamás; la historia o el argumento, la estructura o la trama, la portada, las inevitables erratas, el lenguaje indescifrable o las metáforas baldías, todo, todo le sirve a nuestro amigo para mostrarse como un entendido, uno de esos lectores cultos, pedantes muy a menudo, que diseccionan las palabras y saborean los conceptos. Muy cerca de él habita el lector ideológico, sectario, incapaz de apreciar la literatura que no entra en su paisaje de ideas, intereses u opiniones.

Cuando llega el calor aparecen otros dos tipos de consumidores de libros, el lector de verano y el lector de “recomendados”. De romances o de intriga, tebeos, fotonovelas, pseudohistóricos, policíacos, los bestsellers de turno constituyen su alimento durante el calor estival. Mejor eso que nada, opinan los libreros y las editoriales. Yo coincido con ellos, es solo que echo en falta algún banderín de enganche institucional que aproveche esa disposición lectora para insuflar en la gente un mejor y mayor acercamiento al hecho cultural.

Y señalaré por último al escritor/lector, mezcla en muchas ocasiones de algunas de las características expuestas más arriba al hablar de los demás; un lector profesional, para quien la lectura diaria constituye una obligación, como una necesidad, de aprender de los demás, como una pasión, por mantenerse al día, como una herramienta, para descubrir nuevas técnicas, como una vitamina, para seguir enriqueciendo su mundo interior. Y también, a veces, para descubrir hallazgos fáciles de copiar.

Leamos más o menos, tengamos más o menos tiempo para leer, más le vale al lector hacerse más exigente con los títulos que elige y aprender a prescindir de las muchas  obras henchidas por el ruido mediático pero que dan escasas nueces.

 

(Si utilizas este contenido, ruego menciones la procedencia).

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