ARTÍCULO: Las palabras de la tristeza

La nostalgia no tiene edad. La vida corre tan apresurada hoy día, que nos vuelven nostálgicos hechos sucedidos poco tiempo atrás. Los recuerdos de verano, los hit, la moda, nos producen añoranza, tanta como la que sentíamos antes en períodos mucho más largos. La juventud dura más tiempo, pero cultural y espiritualmente envejecemos antes. La rapidez de los acontecimientos, la globalización de los contactos, la comunicación al minuto y las grandes facilidades que se nos ofrecen ahora para disfrutar y acceder a todo tipo de experiencias, nos conducen también a la añoranza rápida. Un año, unos meses, una década a veces, un día o unas horas en algún caso, nos llevan a la nostalgia con suma facilidad.

A la nostalgia de cincuenta años atrás, la que sentían nuestros antepasados, la llamamos tradición, cuando no antiguedad, una almoneda de recuerdos fijados en fotografías, grabaciones de televisión o video o en ese clase de reuniones de familiares o amigos, de antiguos compañeros de promoción, que nos permiten revisar el pasado comparándolo con el presente y el hoy. El cualquier tiempo pasado fue mejor no es cuestión de años en la actualidad, una o dos temporadas nos bastan a veces para manifestarnos así.

La repetición de lo vivido es imposible, el recuerdo que nos deja es, a menudo, imborrable. Por eso el regreso a Ítaca, la casa, los años idos, los lugares, las personas queridas, nos produce una mezcla de desilusión y encanto; el lugar ha cambiado,  se han ido para siempre las vivencias  y alguna o muchas personas de las que estaban allí, pero nos sentimos felices recordando aquel momento o aquella situación. La nostalgia nos defiende del idealismo neurótico, de la histeria de las modas y del hastío.

Al contrario que la melancolía, el spleen romántico o la angustia,  ese vago malestar que llamamos tristeza tiene alguna curación a través de la escritura, porque escribir es, en ocasiones, un extraño modo de sacudirnos de encima el infortunio sentido por lo que no podemos volver a vivir. Es entonces cuando empleamos la nostalgia, la añoranza, la saudade o la pena como un recurso de estilo para acercarnos al lector, para calar en el alma de quienes vieron, vivieron, conocieron o experimentaron aquel bucólico paisaje, aquellas fiestas del pueblo, aquel familiar cercano o las películas de la infancia, el primer amor, el primer beso, la primera desilusión…

( Si decides utilizar este artículo, te ruego que menciones la procedencia).

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