ARTÍCULO: Las palabras y la foto de la familia europea

Si echamos un vistazo a lo que opinamos unos de otros los ciudadanos del continente es natural preguntarse cómo va a construirse Europa. Sea humor, sean fruslerías, sean estereotipos, chistes o el mutuo desconocimiento, la verdad es que al hablar unos de otros nos ponemos a caldo y mostramos la gran distancia que parece haber, en materia de  integración europea, entre las palabras y los hechos. La lejanía cultural, la geográfica también, los diversos modos de interpretar la vida y las barreras idiomáticas, contribuyen en no pequeña medida a generar estereotipos y a crear distancias. La crisis en la que, en mayor o menor medida, nos hallamos inmersos todos en estos tiempos, ha venido a agudizar las diferencias y la incomprensión

Que los franceses sean “el culo del mundo” de puro narcisistas, los belgas un poco tontos, los portugueses estén atrasados, los ingleses resulten unos indeseables orgullosos, los griegos “viva la Virgen” y los holandeses aburridos, por citar solo algunos, no son otra cosa que un conjunto de descalificaciones, más o menos humorísticas,   que nos hacer ver como imposible la construcción europea más allá de diferencias económicas y políticas.

Y es que los europeos nos movemos más que nunca, viajamos en abundancia, compartimos eventos, incluso compramos propiedades en los países vecinos, pero la mayoría de nosotros, en el fondo de nuestro ser, seguimos viviendo en nuestro propio corralito, ese espacio nacional, regional o local, único ámbito en el que reconocemos nuestras raíces.

Tratamos amablemente las tarjetas sanitarias y el pasaporte del vecino, ofrecemos con ansiedad nuestros productos y servicios, aumentan nuestras exportaciones y nuestro nivel de consumo, incluso admiramos, con excepciones, los éxitos deportivos, culturales y literarios , pero aún seguimos manteniendo en algún lugar de nuestro cerebro mil batallas del pasado, leyendas negras y mitos, diferencias religiosas y hasta las cocinas propias de diferente sabor y signo.

¿Llegaremos alguna vez a edificar y vivir juntos en el viejo sueño acuñado por los impulsores y fundadores de la idea europeísta?

En el momento presente solo hallo una cosa cierta: son el interrail, el turismo sobre todo, el redoblado esfuerzo de los institutos y asociaciones dedicadas a favorecer el acercamiento, los programas Erasmus y, muy a pesar nuestro, la emigración de nuestros jóvenes en busca de una solución, los factores que más pueden aportar, a lomos de la distinta visión juvenil, a una verdadera integración en el futuro; mucho más, desde luego, que esa pléyade de políticos y burócratas que pululan por Europa, consagrados, dicen ellos, al proceso de integración, mientras miran constantemente con el rabillo del ojo al reparto de poder que se produce en sus países tras cada período electoral.

Y para finalizar, otra tanda de calificativos: los italianos son parlanchines, ligones y mafiosillos, los daneses son rubios, mucho porno y mucho viejo. Los irlandeses son nostálgicos, pero enérgicos y fanáticos. Los checos son serios, cerveceros y metafísicos, los alemanes son rígidos, productivos y prepotentes. ¿Y de los españoles, qué? Son demasiado chulos, simpáticos y ruidosos, perezosos, caóticos y desorganizados, pero también fascinantes.

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