ARTÍCULO: Las ferias de libros

Madrid, 356 casetas, 12 kilómetros de estanterías, cientos de miles de visitantes, 6.500.000 euros de facturación… Mezcla de mercado ambulante, feria de muestras o de las vanidades, las Ferias del Libro recorren la geografía nacional como uno de esos acontecimientos que ninguna Concejalía de Cultura osaría cuestionar. Tampoco nadie  se tomará la molestia de analizar, siquiera sea mínimamente, la conveniencia de su organización, al menos en su formato actual. Forma parte del programa anual, el colectivo editorial lo reclama y los libreros   hallan una manera de salir a la calle dado que “ Mahoma ya no viene a la montaña”.

Las ferias se han convertido  en un espacio de recreo; interminables filas de puestos, en una disposición que alumbra más el deseo de mostrar la cantidad que la calidad de una buena selección, de una exigencia organizativa y de  un decidido enfoque hacia el verdadero lector. Es el mismo efecto que nos produce un museo cuando exalta el número de obras que alberga en vez de su adecuada exposición.

Cientos de rostros desfilan entre los puestos: los que vienen a pasear, los ojeadores  sin recato de los marcadores y separadores que se exponen a su alcance en la parte frontal de las casetas ( se les distingue enseguida por  la rapidez con la que desfilan de uno a otro puesto); están los que pasan en busca de algún rostro conocido ( ellos te miran a ti y tu los miras a ellos, quien será ese tipo de ahí dentro, parecen preguntarse, qué pensarán ellos, te preguntas tú). De repente se arma un revuelo, ves a la gente apresurar el paso y acercarse corriendo. En un par de minutos se ha formado una  cola muy larga si quien firma es un famoso o un escritor conocido.  Hay también en ese acto un mucho de caza de autógrafos y de coleccionismo. Están también los que se detienen y  observan las portadas, alargan la mano , le dan la vuelta a un libro y leen la contraportada. Pero la mayoría deja el libro, sobre todo al ver el precio. No llegan al uno por ciento quienes se aproximan en plan lector, preguntan por algún título, comprueban que es lo que buscan y lo adquieren al momento. Alguno aprovecha, incluso, la posible presencia del autor y se extiende unos minutos interesándose por el libro en cuestión o por su carrera como escritor.

    Sin embargo, si sometemos las ferias de libros a un mínimo análisis sociológico y cultural, aparecen enseguida una serie de hechos sobre los que convendría reflexionar:

*Desde el punto de vista editorial:

A la gente se le da  lo que demanda, dicen las editoriales (el mismo argumento, por cierto, que utilizan las cadenas de televisión para defender la telebasura). Lo que nadie se pregunta es  a quién tratan de atraer con la feria o, más importante aún , cómo han de atraer al público y llamar su atención.

El business editorial ha vivido en la burbuja durante demasiado tiempo sin haber sido capaz de ver que sus pies eran de barro. Mientras tanto, el negocio adolece de  parecidos defectos a los que ya han sido aceptados en otros sectores económicos de nuestro país. Merecería la pena que el sector se pusiera de acuerdo y que expertos  independientes y honestos, describieran la historia del momento exacto en el que empezó a desaparecer el lector y apareció el consumidor circunstancial de libros, que es lo que abunda hoy.

       * Desde el punto de vista de los autores:

Observando los comportamientos de los asistentes a las ferias de libros, ¿están seguros los autores de que su profesión, su vocación o sus desvelos, no están condenados a ser engullidos por un mundo de advenedizos o escritores-basura, cuando no por un fenómeno nuevo, el reclamo promocional que suponen las celebrities y el famoseo,  que lo único que hacen es aprovechar el tirón de su éxito aparente para  poner su nombre en un libro.

En busca de abandonar los caminos más trillados y aumentar la fidelización   a la buena literatura, ¿no tendrían que abordarse más ideas novedosas como la de los “Libros peor vendidos de la Feria”?

¿No merecería la pena crear algún tipo de clasificación de libros, o cuidar la aparición de  nuevos nichos especializados que orientaran al lector/comprador acerca de  lo que adquiere (libro de autor o tipo prensa rosa, libro de divulgación o novela de fondo, libro telenovela, novela de ciencia ficción y fantasía, novela de suspense, o alguna otra denominación similar)?

La aparición de verdaderos talentos nuevos  en la literatura española es tan escasa en estos tiempos, que me pregunto si  algunas de las novelas mejor escritas hoy en día  no estarán condenadas a dormir en un cajón el sueño eterno.

Y respecto a los autores  veteranos, a los ya consagrados que acuden cada año puntualmente a estas citas, un poco de comprensión hacia la parte de vanidad y orgullo que aún pueda anidar en ellos y un mucho de agradecimiento porque con su constante presencia exaltan y dignifican la personalidad del escritor.

*Desde el punto de vista de los patrocinadores e impulsores de las Ferias de Libros como hecho cultural:

Algo nuevo está pasando si el número de libros impresos en el 2011 se redujo un 24%, si más del 20% de las licencias de ISBN se atribuyen ya a contenidos digitales o si las ventas de libros de la Feria del Libro más importante del país bajan un 19% en su última edición.

La pregunta en este caso es si  los patrocinadores saben si las ferias de libros, más allá de aumentar o no las ventas, eleva también el número de lectores. O si conocen las razones que impulsan a la gente a comprar un libro. O si el comprador aprende algo con los libros que adquiere.

En todo caso podrían preguntarse  si  la mejor disposición para una Feria del Libro hoy día es esa mezcla informe y mareante de casetas de libreros, de entidades públicas, de editoriales y de otros campos del sector.

Echarle la culpa a la crisis es salirse por la tangente. Saber para qué sirve, de verdad, el modelo actual de las ferias debería ser lo esencial. Lo que pasa, como decía Ortega, es que no sabemos lo que nos pasa. Sin embargo, en el caso del libro, por ahí habría que empezar.

Y enhorabuena a los Mendoza, Galeano, Clara Sánchez, Javier Marías o Zafón, entre otros; sin ellos y su magisterio difícilmente se sostendrían las actuales ferias de las vanidades.

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