ARTÍCULO: El trabajador de hoy ( I )

El trabajador de hoy se enfrenta a varios desafíos: seguir siendo él mismo en medio de un mundo que se halla en cambio constante, dar la talla en el uso de los nuevos instrumentos (tecnologías, habilidades, conocimientos) que requiere la nueva situación y, además, buscar el modo de conservar sus propios principios, logrando al tiempo adaptarse a lo nuevo sin caer en la pérdida de valores que, inexorablemente, avanza en la sociedad.

Al trabajador de hoy se le pide, entre otras cosas, un comportamiento ágil, estar siempre abierto al cambio y  dispuesto a todas horas. El trabajador de hoy asume un riesgo tras otro, acepta lo que le viene y no debe protestar demasiado cuando, por un motivo o por otro, le cambian las condiciones, la tarea o los reglamentos. Lo llaman FLEXIBILIDAD. Ser tan moldeable y dócil que asuma múltiples cambios con evidente comprensión. Quedarse quieto es quedar en fuera de juego, valorar la estabilidad por encima de todo es ir a contracorriente, no bailar al nuevo ritmo, sinónimo de fracasar.Si a la empresa le da facilidades este nuevo modo de proceder (las necesarias, dicen, para sobrevivir), al trabajador llega a provocarle importantes dosis de ansiedad. Si como decía el romano Horacio, el carácter del hombre depende de las relaciones que establece con el mundo exterior,  la necesidad de ser flexible y el trepidante ritmo actual de cambios de orientación impactan en su carácter y en su sosiego interior.

La aparición sucesiva de las nuevas tecnologías, de las arquitecturas financieras y del mercado global, contribuyen a implantar nuevas maneras de organizar la vida, el tiempo de trabajo y el tiempo personal. También ha incrementado el viejo sueño empresarial, lograr un rendimiento rápido con el coste más eficaz. Es así como las empresas, los cuadros directivos, los mandos, responsables y trabajadores, cambian la visión del mundo y de su trabajo a largo plazo por la continua sucesión de objetivos y tareas cortoplacistas que les exige lo que a todos parece la panacea de las soluciones: la flexibilidad.

Para hacerle frente a ese cambio de modelo empresarial, el trabajador se ve inclinado a cambiar aquellos valores en los que siempre creyó. Es así como la lealtad, el esfuerzo, la voluntad de servicio, la defensa, como si fueran propios, de los objetivos del patrón, suelen ser sustituidos por la dedicación superficial, el trabajo a cortas miras, el desapego emocional y la desafección. Cuando el trabajador se siente ignorado, cuando la transformación superficial de su carácter y actitudes es el único medio a su alcance para adaptarse a nuevas exigencias o a estilos nuevos de dirección, parecer más que ser, es cuando se le ocurren esas respuestas nuevas  que  tan poco ayudan a superar los retos que se trata de vencer. El despido interior, la teatralidad, la negación del sobre-esfuerzo como iniciativa personal, la hipocresía laboral en suma, la indiferencia y la ausencia de un compromiso auténtico con el objetivo empresarial, se convierten en  nuevas armas en manos  del trabajador para defenderse de la ansiedad.

Si no hay un destino compartido entre el trabajador y su empresa u organización, desaparece el vínculo que conlleva la confianza y el trabajador ajusta su carácter y sus comportamientos no a lo que precisa su empresa, sino a lo que necesita él para continuar en activo en el mundo laboral.

( Continuará)

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