ARTÍCULO: Sobre lo del COI en Buenos Aires

Si observamos las sedes elegidas en los últimos años, encontramos que todas, salvo Atenas, por razones simbólicas, y China, por su poderío a escala mundial, reúnen unas cuantas características que conviene destacar: la imagen del país al que corresponde la ciudad, su garantía financiera, el nivel social y educativo de la propia población, el valor ético de sus instituciones y la categoría humana y profesional de los representantes políticos, sociales, del deporte y del comité olímpico nacional. Rasgos todos ellos que, si de verdad se pretende conocer lo que opinan los demás, no conviene valorarlos con el criterio propio sino con la necesaria objetividad. Incluso Río de Janeiro, en su candidatura, logró poner el valor de tales atributos en la ciudad y en el país, por encima de sus reconocidos ribetes de sociedad descompuesta pero en franca construcción.
Vistas las cosas así, resulta paradigmático el caso de la candidatura española, una opción presentada porque sí, porque tiene sentido (make sense), porque lo necesitamos, porque está construido un tanto por ciento elevado de las infraestructuras deportivas, porque recibimos muchos turistas, porque nuestra economía, pregonamos, quiere empezar a repuntar tras las últimas debacles, porque Madrid tiene buen ambiente, es ciudad acogedora y goza de una buena dotación. Incluso vamos más allá al proponerle al COI, un organismo gerontocrático, impenetrable y enigmático, un cambio, un modelo nuevo y mejorado de llevar a cabo la elección. Un modelo diferente que, dicho sea de paso, coincidía sospechosamente con la más importante ventaja que ofrecía Madrid, garantizar que los estadios ya construidos iban a reducir el riesgo de no llegar a tiempo y el esfuerzo inversor.
Sobre esa visión autocomplaciente, imprudentemente deformada por los medios de comunicación, confundimos la posibilidad de lograrlo con la seguridad de que ésta era la nuestra, de que nos lo iban a dar.
No sabemos lo que opinan los noventa y tantos delegados acerca de las candidaturas; sus votaciones secretas y los juegos de influencia que se manejan por detrás permiten que sea inescrutable su designio final. Lo que sí sabemos es que Múnich, Montreal, Moscú, Los Ángeles, Seúl, Atlanta, Sídney o Londres, las ciudades elegidas desde 1972, gozan de una imagen en el mundo que responde, en gran medida, a las características expuestas arriba y a la imagen de su país. ¿Y Barcelona, entonces?, dirán algunos: lo logró a la cuarta, y además estaba Samaranch.
Lo que conocen de nosotros, en cambio, es que teníamos superávit y lo dilapidamos, que somos líderes en el fracaso escolar, que aún tratamos de digerir 40 años de terrorismo, que nuestras autonomías andan a la greña en vez de empeñarse todas ellas en construir nación, que nuestros índices de productividad son bajos, que entre los gestores de la cosa pública abundan los pícaros y corruptos, los aprovechados y los parásitos, personajillos que enfangan, en su beneficio propio, el trabajo esforzado y ético de una mayoría de ciudadanos que afronta la vida con seriedad. La gente, que la hay en España, y en gran cantidad, culta, educada, trabajadora y honrada, responsable socialmente, generosa y solidaria, atributos todos ellos que nos ponen a la altura de los países de mayor cultura democrática y occidental, no dispone legalmente, salvo en las urnas, quizá, de mecanismos que orillen a tanto golfo y desaprensivo. La traducción más fiable de lo que los miembros del COI pueden leer sobre España en sus respectivos periódicos, responde a un viejo refrán español: Quien hace la ley hace la trampa. Sé que es una generalización, tómese así, pero también es, en mi opinión, un retrato fiel de la realidad. Y así nos va.
¿Que hay “trapicheo” en los votos del COI?, lo llaman Negociación.
¿Que hay mucho juego subterráneo?, lo llaman Alta Política.
¿Que el COI es solo un gran negocio?, es evidente, lo llaman Altas Finanzas.
¿Qué los miembros del COI dicen lo que se quiere oír, pero deciden distinto a la hora de votar?, por supuesto. Lo llaman Responsabilidad.
¿Que en la elección se juega con cartas marcadas?, claro, allí se votan los Juegos.
Pero no nos engañemos. Aunque existan tales maniobras, la realidad es tal cual.
Si una ciudad quiere ser olímpica tiene que pasar por ello, pero su discurso y mensaje resultará siempre más creíble cuando se vea sustentado por la imagen de su nación, por su músculo financiero, por altos ratios de democracia y decencia, por la altura moral de sus instituciones y por la categoría humana y profesional de quienes prestan su imagen a la candidatura de su ciudad y su país.
Mientras no ganemos esa batalla, el deporte en España seguirá siendo lo que es, una decisión personal, el apoyo familiar y la falta de recompensa, material, social, de los grandes medios de comunicación y de los gobiernos del país, al esfuerzo solitario, vocacional e individual de cada especialidad. A no ser que solo entendamos como deporte, claro está, lo que ocupa el noventa por ciento de los presupuestos, de las noticias de los medios, de los afanes de las autoridades y de algunos de los gestores económicos del país (léase fútbol, baloncesto, ciclismo, motorismo y fórmula uno, a ratos, y poco más). El atletismo, la esgrima, la halterofilia, el piragüismo, el golf, las artes marciales, la natación, la náutica, el deporte paralímpico, el ciclismo en pista y otros deportes olímpicos, solo cobran presencia cuando algún éxito deportivo proporciona la ocasión al político de salir en la foto y al periodista deportivo de lucirse en algún titular.
Es una contradicción, en un país en el que millones de personas han incluido el deporte como una actividad más de su vida diaria, en una nación que presenta una extraordinaria gama de genios individuales en su especialidad deportiva, ni el sistema, ni las estructuras, ni las televisiones, los periódicos y las radios, ni, por supuesto, los gestores del deporte nacional llegan al nivel mínimo necesario para aprobar. Y eso lo sabe la gente y también, cómo no, los sigilosos y reservados miembros del COI.
Y ahora es el día después. Podemos hacer dos cosas tras lamernos la herida infligida a nuestro narcisismo nacional: seguir en la misma senda, como ya se hizo antes, y volvernos a presentar o detenernos un rato y realizar una autocrítica serena, objetiva y sincera, sobre nuestra auténtica realidad.
Solo de esa manera, haciéndonos responsables todos de la evolución necesaria y de nuestra identidad como nación, solo conociendo y aceptando cómo nos ven los demás, podremos elegir el momento, los argumentos y la ocasión, de intentarlo una vez más.
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