ARTÍCULO: Sobre la corrupción. IV y último.

Le reímos las gracias al absurdo en el que se mueve nuestra sociedad, fomentamos la industria de la estupidez y vivimos bajo filosofías sectarias  que parasitan nuestra razón. Los pícaros y la picaresca nos rodean por doquier: abundan entre los que mandan, en los que imparten justicia, en el mundo del trabajo, en los cuadros directivos del tejido empresarial y en todas las clases sociales, las unas por acomodadas, las otras porque quieren llegarlo a ser. El agotamiento de una fórmula, la falta de ética y de estética en las conductas, la desvergüenza amparada, la dilución de las responsabilidades, la pérdida de la conciencia y de la auto-reflexión, la ausencia de límites en los comportamientos y las loas y alabanzas a la mediocridad, son algunos de los síntomas que evidencian nuestra decadencia, como personas y como colectivo, como ciudadanos y como nación.

Más allá de su carácter global, a pesar de la incidencia de las políticas llevadas a cabo por los países líderes en la economía mundial, la crisis económica que azota a nuestro país ha venido a sacar a flote lo que no queríamos ver: una enfermedad social.

El desprestigio general de nuestras instituciones, la desafección del sistema político, la irritación y el odio a los partidos, los reyezuelos de taifas, la pérdida de valores (educación, respeto, defensa de los derechos, cumplimiento del deber, tolerancia, honradez…) y la sarta de eufemismos con los que se rebaja la importancia del daño causado y se ensalza la chabacanería y el cerrilismo mental, conforman el pobre retrato de nuestro país. Y lo peor es la corrosión del carácter que se aprecia en la población: gente que ya no cree en nada y que no confía en nadie, personas que han tirado la toalla y se unen al desinterés, imitadores de la violencia y del papanatismo reinante, corruptos corrompedores y los que se dejan corromper, el apogeo de la indiferencia, el aprendizaje de la pasividad.

Todo eso estaba ahí, delante de nuestras narices, hace tiempo, pero ni los avisos de nuestro escaso número de líderes morales, ni la continua aparición de conflictos en diversos escenarios, ni el gesto de desencanto y decepción que se adivina en el rostro de la gente, ni siquiera el aumento de las muestras de crispación social, han bastado, bastan aún, para frenar la deriva de la dolencia. Estamos tan cerca de nuestro día a día que no hemos aprendido a pronosticar y  parar a tiempo nuestra enfermedad social.

El diagnóstico es certero y aparece en múltiples partes, basta con echar un vistazo a los medios de comunicación y pararse a reflexionar. Entonces, nos preguntamos, ¿para cuándo  nuestra regeneración moral? Tenemos prensa y democracia, gente honrada y comprometida y una buena parte de nuestra juventud con ganas de cambiar las cosas y de que las virtudes públicas vuelven a ocupar el sitio que nunca debieron perder. La prensa debe aceptar su corresponsabilidad, la democracia hacerla todos, con nuestro comportamiento diario y una alta exigencia moral, dejar paso a la juventud pues va de ida y querrá superar el desánimo que ha invadido el tejido social. Por el bien de todos, ojalá.

(SI USAS ESTE CONTENIDO SE RUEGA MENCIONES LA PROCEDENCIA)

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