ARTÍCULO: Palabras de entusiasmo y gestos de reconocimiento

Los ingleses agitan bufandas, los italianos gritan, bravo, bravísimo, los taurinos sacuden pañuelos, los jóvenes corean consignas, los religiosos cantan y ensalzan, la mayoría aplaudimos, muchos son los gestos, las expresiones y palabras que utilizamos los hombres para mostrar el reconocimiento al trabajo bien hecho. Se pueden batir las palmas para expresar aprecio, para llamar a reunión, para urgirle la atención a alguien, acompañar la música o mostrar el descontento. Ello sirve para afirmar o negar, para desvelar lo oculto, demostrar una acción, sugerir un detalle, señalar un camino, todo envuelto en un instante, en un leve movimiento que llamamos gesto. Alabanzas, aplausos, gritos de ira o burlas, forman parte de nuestro sistema de comunicación y del lenguaje no verbal con el que nos expresamos. Es por esa razón por lo que, al igual que las palabras, los palmoteos pueden tener distintos significados a través del tiempo y de las diversas culturas.

Lejos quedan los rugidos, las peleas entre el público, el golpeo de las gradas, como fórmulas antitéticas para mostrar el anti-entusiasmo. Hay modos de animar a la gente, cuando no condicionarla, para que muestre su opinión; las entradas de “gallinero”, la clac en los espectáculos, los aplausos pagados en las televisiones, los grupos de seguidores ultras, no son otra cosa que útiles instrumentos en manos de los organizadores. También existe lo contrario; el pataleo ruidoso, el abucheo instigado, los rugidos ensordecedores, las peleas entre los asistentes, los gritos escandalosos o el lanzamiento de objetos, tomates, huevos o tartas, muestran una decepción profunda, real o creada a propósito, que encuentra su vía de expresión en ese tipo de comportamientos. Los estudiantes han hallado a lo largo de la historia un buen modo de ganarse unos duros a base de tomar parte en estos grupos entusiásticos.

En la ingratitud se silba, con el aplauso espontáneo se muestra el reconocimiento; con el disgusto se patalea, con el agrado saltan entre la gente gritos enfervorizados. Los tomates denuncian, las flores santifican, los “oh” del público glorifican. Convengamos, no obstante, que el entusiamo y el reconocimiento dependen más del uso de las palabras y las manos, mientras que el aburrimiento y los fracasos se muestran más con los pies.

Un último, y excelso, ejemplo de entusiasmo o rechazo son las peleas dialécticas, cuando no a brazo partido, entre seguidores del sí y partidarios del no. Puñetazos, atropellos, gritos, amenazas, palabras gruesas e insultos, palos y bofetadas, escapan desde el escaño, de las ondas de la radio y de la televisión o desde todo tipo de espectáculos, llegando sus  portadores a abandonar las salas, los parlamentos o  estadios, para seguir ofreciendo en las calles rudas muestras de entusiasmo.

Escribe Albert Camus que “en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”. El reconocimiento y el aplauso son un magnífica gesto vitamínico para la buena convivencia y la comunicación; mejoran las relaciones, elevan la autoestima y hacen crecer la confianza y la motivación. Por eso resulta, cuando menos, curioso, lo poco que los utilizamos. Reconocemos poco los méritos de quienes nos rodean y lo que se percibe a menudo es que lo que buscamos es que otros nos reconozcan nuestra capacidad de reconocer.

Pero habitualmente ocurre lo contrario, somos implacables en las críticas y avaros en los halagos. Si ocupamos una posición de poder, nos cuesta mucho decirle a la gente que lo ha hecho bien, que es una idea magnífica, que está trabajando bien, que estamos contentos con su trabajo y su labor. Mejor no decírselo, pensamos, no se lo vaya a creer y se relaje. Olvidamos que nadie somos inmunes a la sobrecarga de juicios negativos. Todos necesitamos una dosis razonable de reconocimiento.

Decía Erasmo de Rotterdam que cuando uno vive en un mundo parco de halagos, hacemos muy bien en alabarnos nosotros mismos. Cuando dependemos del reconocimiento ajeno para sentirnos bien, necesitamos hacer lo que sea necesario para lograrlo, cambiando nuestros valores y principios por los más acordes con la utilidad. Todo, menos llegar a dudar de nuestras capacidades y aptitudes.

No seamos  avaros, sino espléndidos, en las palabras, calurosos en el gesto, felicitemos en el momento, en público o en privado, no perdamos la ocasión, aprendamos a convertir el gesto fugaz del reconocimiento en la base duradera de una buena relación con los demás. La cuenta bancaria emocional, que diría S. Covey, balance entre las críticas y los reconocimientos.

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