Lo más sorprendente del quehacer rutinario de muchos medios de comunicación ( radios, prensa, televisión, etc), es que las imágenes y sonidos, ideas y argumentos, colores y formas, con los que tratan constantemente de captar nuestra atención, se nos ofrecen pasivamente, sin una breve invitación, al menos, a que examinemos, pensemos o debatamos en nuestro interior, el tema o núcleo central de lo que acabamos de leer, oir o escuchar.
El lector, espectador u oyente, en ese caso, embarazado de vacío con las cosas más efímeras, insustanciales y sorprendentes, fascinado momentáneamente por lo que reciben sus sentidos, no llega a incorporar novedad alguna a su intelecto ni a crear un pensamiento propio que le lleve más allá. Frente a tanta trivialidad, imágenes y palabras se superponen en su mente con el resultado de un mensaje o una información tan breve como aparente, sin la más pequeña conexión con sus recuerdos o fantasías, sus dudas o sus conocimientos.
Las palabras no nos remiten a otras, los hechos no nos llevan más allá, a otros significados, los argumentos y tramas no provocan en nosotros una breve evocación, al menos, que nos permita disfrutar uno de esos momentos excelsos de sentimiento interior. Lo que a nosotros, amables lectores, oyentes o televidentes, nos llega de tales medios de comunicación, no suele ser otra cosa, a menudo, casi siempre, que un conjunto de impactos y efectismos sin la más mínima elaboración.
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