ARTÍCULO: La mujer barbuda y otros frikis

La reciente aparición del cantante ganador/a del último certamen de Eurovisión celebrado en Dinamarca, una drag queen, vestida de mujer, voz de mujer, acicalado rostro de mujer, cabellera larga y larga barba de varón, ha vuelto a poner en danza toda la imaginería de las mujeres velludas y barbudas que durante siglos han dominado parte de la cultura del mundo civilizado occidental. La mujer barbuda y la gente pilosa son restos de un pasado en el que el cuerpo femenino no había sido asaltado aún, en proporciones tan elevadas, por la industria cosmética.
Aún recuerdo mi sorpresa, hace más de treinta años, cuando, al doblar una esquina en un agradable paseo por una zona rural, tropecé con el inconfundible rostro de una mujer de mediana edad adornado, sin lugar a dudas, con un bigote nutrido, negro, cuidado, sobre el labio superior. La impresión fue tan viva en aquel preciso instante que sigue fijada en mi memoria a pesar del tiempo transcurrido.
La ausencia de barba es un rasgo que distingue a la mujer del hombre desde muchos siglos atrás y que resiste hoy en día con carácter general gracias a la poderosa industria cosmética y al afán cultural de nuestro tiempo acerca del rostro y cuerpo lampiños de la mujer.
El hirsutismo es la aparición en la mujer de pelo en ciertas áreas corporales que dependen de la testosterona, la hormona masculina, sin que ello signifique en cambio, ningún otro fenómeno o grado de virilización.
Existen ecos y leyendas desde tiempos antiguos de mujeres barbudas. Tal es el caso de una Venus barbuda adorada como deidad en Chipre, la barba, real o postiza, de la reina Hatshepsut en Egipto, las Santas Barbudas, Marías Magdalenas que recorren toda la Edad Media, o el caso de Juan de Mandeville, que en 1524 presenta en su Libro de las maravillas del mundo u na serie de personajes, femeninos varios de ellos, que tienen los pies como pezuñas de caballo o hasta cinco o seis brazos, todo el cuerpo velludo, rabo como los animales o largas barbas.
La mujer velluda, la mujer barbuda, el hombre elefante, el hombre-simio, la mujer gato, la mujer pantera, el hombre lobo, recorren los escenarios durante los siglos 17 y siguientes. El siglo paradigmático, sin embargo, en el caso de las mujeres barbudas y su asociación al bestialismo ha sido el XIX, un tiempo en el que la asociación de la teoría de los humores de Galeno e Hipócrates con los titubeantes comienzos de la medicina científica, dio lugar a la aparición de tales personajes en los circos de todo el mundo como su principal atracción. Las crónicas y semanarios de aquellas épocas aparecían en prensa junto a los reclamos publicitarios de tales espectáculos. El gentío se agolpaba en las graderías para observar lo nunca visto y era rotundo el éxito de tales presentaciones en las más grandes compañías circenses que recorrían el mundo. No se debe obviar tampoco en lo relativo a este tema la influencia que tuvo en la sociedad de la época la obra de C. Darwin, El origen del hombre, 1871; la conexión de su teoría de la evolución humana con la popular idea del eslabón perdido que unía en el mismo paquete la evolución de los monos con la antigua existencia de los sátiros y el frecuente caso de seres humanos con rasgos animaloides. De pronto se hicieron célebres seres que recorrían el mundo en teatros y espectáculos cubiertos de pelo negro y largo de los pies a la cabeza y con un rostro similar al de los gorilas.
Llamativo también el caso de Julia Pastrana, la mexicana llamada la mujer pilosa y barbuda, o la mujer más fea del mundo, cuyo hirsutismo era de tal grado y la composición del rostro tan simiesco, que la gente se agolpaba para verla sin fijarse, en cambio, en que estaba dotada de un cuerpo bien formado que llegaría a ser madre, apreciaba la lectura y era inteligente y rápida en el diálogo y la comprensión. Era, sin lugar a dudas, una persona normal, guapa a su manera, ama de casa y madre de familia, aunque se ganaran la vida en los espectáculos circenses a favor de unos espectadores tan amigos de exagerar todo lo extraordinario como de exhibir sin pudor alguno su papanatismo.
El rostro femenino velludo se ha asociado habitualmente a lo transexual o a lo bestial. El caso de la mujer barbuda emparentada con lo bestial pertenece al género de la ficción, al mundo de la leyenda, al espectáculo sorprendente, a la crédula incredulidad. La pilosidad excesiva repartida por todo el cuerpo – hipertricosis- atraía tanto público como el hirsutismo, mujeres barbudas con un desarreglo hormonal leve que afectaba al pelo de las mejillas y sobre el labio superior.
Durante muchos años y a lo largo de varios siglos, casos como los de los renombrados Circus T. Barnum, Circo Queer, Circo Amok o los espectáculos privados en las mansiones aristocráticas de ricos y potentados, fueron el vehículo preferido por las mujeres barbudas y sus mentores para ganarse la vida y asegurar el futuro.
El público se choteaba de su aspecto animal y exigía a voz en grito que demostraran su humanidad, lo que llegó a obligar a muchas de ellas a cantar y bailar, a dialogar con el público o a presentarse en escena como Dios las trajo al mundo. La que quisiera aparentar sencillez, llevar vida normal, se veía obligada por el patrón del espectáculo a explotar su encanto como monstruo e, incluso, el atractivo sexual que despertaba en las mentes calenturientas.
El mundo del arte no ha sido tampoco ajeno a tales representaciones. De la presencia en la Corte Real de mujeres barbudas junto a los enanos, bufones y otros personajes estrafalarios, dan buena cuenta, entre muchas otras obras, pintores como Sanchez Cotán (Brígida del Río, la barbuda de Peñaranda- 1590) o José Ribera (Retrato de Magdalena Ventura-1631- o La mujer barbuda,) en el Museo del Prado de Madrid, las dos primeras o en el Hospital de Tavera de Toledo la última. También en el trabajo de los ilustradores, como las estampas de Darwin como hombre simio procedentes de las publicaciones de época como la revista Hornet.

A pesar del paso del tiempo, aunque el mundo actual se ha abierto más que antes a los fenómenos relacionados con la diversidad, el reciente caso de la ganadora de Eurovisión, Conchita Wurst, se ha visto asociado más a la psicología freak(friki) que a la tendencia de respeto a la individualidad implantada en nuestra sociedad. No en vano la denominación de freak se acuñó hace ya muchos años para denominar a seres raros, extraños y estrafalarios, pero al mismo tiempo cercanos a cualquier cuerpo humano reconocido como normal.
Conchita Wurst es una “drag” de cuerpo sensual y barba frondosa, un varón transformista de 25 años que se trasviste de mujer y se pone barba postiza para ejercer su talento en el mundo de la canción. Tom Neuwirth, el artista detrás de la mujer barbuda, comenta a este respecto: “La persona privada, Tom Neuwirth y la figura artística, Conchita Wurst, se respetan. Tienen sus historias particulares pero traen un mensaje esencial de tolerancia y en contra de la discriminación”.
Thomas, nacido en 1988, graduado de la escuela de modas Graz School en 2011 y que comparte el mismo cuerpo con Conchita Wurst,( una especie de alter ego que en español se traduce como Conchita Salchicha), se define a sí mismo como un ser con “dos corazones que laten en su pecho”. Esta dualidad ha sido para Thomas un estilo de vida que le ha permitido liberarse de los prejuicios y “crear un precepto de tolerancia y aceptación que no se basa en las apariencias”. Su “gancho” en el escenario es su frondosa barba que luce con orgullo vestido de mujer. “Todas las personas deberían vivir sus vidas como lo deseen, siempre y cuando no le hagan daño a nadie”, afirma Conchita tras su rostro perfectamente maquillado y listo para el show.
Nada hay nuevo bajo el sol, reza el Eclesiastés, por eso resulta sorprendente ver tanto debate acerca de los géneros como existe hoy en día en la sociedad, en el arte, la cultura, la ciencia e, incluso, en la religión; los términos andrógino, transgénero, drag , bisexual, friki, transexual y tantos otros, recorren las páginas de los diarios y revistas, los programas de radio, las redes sociales y la web, los ciclos de conferencias, el cine y la televisión. Si tal hecho gozara de un examen exento de los prejuicios anclados en la tradición quizá llegáramos a descubrir que la mayor parte de las veces la solución a tanta contienda está en la comprensión honesta y sincera del mismo devenir de la humanidad.

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ARTÍCULO: Lo que va de ayer al hoy, hacer turismo o viajar.

Han pasado los tiempos en los que el vocablo viajero sonaba a romanticismo y llamar a alguien turista parecía peyorativo. Hoy día, las cosas han cambiado sin embargo; viajero suena hoy a corto plazo, a rapidez, a necesidad, mientras que el vocablo turismo es sinónimo de tiempo libre y ocio, de descanso y placer, de libertad de movimientos. Cuando Europa descubrió la necesidad de las vacaciones se descubrieron también los diversos climas, las diferentes tipologías veraniegas y el disfrute recreativo, deportivo, cultural o agitado. El inusitado avance de las comunicaciones y de las tecnologías de todo signo en los últimos cincuenta años, han despertado a ese fenómeno de masas que llamamos turismo, un sector económico en alza continua y un modo de propagar el conocimiento de los pueblos del mundo eliminando diferencias para acercarse a los demás.
Antiguamente se veraneaba, pero solo lo hacían las élites privilegiadas. Eran los tiempos en que la aristocracia inglesa ponía en el mapa la llamada Costa Azul (término sacado, por cierto, de un poema hoy día olvidado). En 1872 cerca de 160.000 turistas jugaban a la ruleta en el Gran Casino de Montecarlo. En 1900 hubo en Niza, Cannes y Montecarlo más de 20.000 turistas durante el invierno. El cementerio de Niza está lleno de tumbas de aristócratas rusos y de jóvenes acomodados que morían allí de tuberculosis; el protestante de Cannes, por su parte, alberga los restos de miles de jóvenes ingleses, enfermos también de tuberculosis, que llamados por la atracción de la costa prefirieron terminar sus días junto a la humedad del mar que en alguno de los famosos balnearios de montaña de Alemania o del Tirol.
Hasta el siglo XIX se viajaba en barco, a caballo, en carroza o diligencia, bajo amenazas continuas (físicas, naufragios, baches, barro, o humanas, bandoleros, salteadores, piratas o rufianes). El placer de viajar residía en el propio viaje, en la travesía, porque el viajero podía centrar su atención en las pequeñas cosas que veía desde la borda del barco o las ventanillas de un coche de caballos o, no mucho después, del tren. Las escenas del exterior, un libro, el periódico, la visión de otros viajeros, los carteles, las estaciones, las ciudades, constituían el principal deleite del viajero. Viajar era soñar, las ventanas de barcos, trenes y otros medios formaban una agradable sucesión de cuadros de paisajes con marco y el humo de las calderas parecía un soplo espiritual, una hermosa fuente de poesía. En España la moda era Biarritz, la reina de las playas y la playa de los reyes, seguida poco después por San Sebastián, donde la reina Isabel II lanzó la moda de bañarse en la segunda mitad del siglo XIX. Libros, fotografías y películas nos muestran los ritos del baño, la división de sexos, los camisones de baño, las carretas de bueyes que acercaban a los bañistas a la orilla del mar y la figura del bañero, un hombre corpulento que cargaba a las espaldas a los bañistas y los introducía en el mar.
La aparición del término turista data de la época del romanticismo inglés, aunque fue Stendhal el que lo popularizó, en 1838, tras escribir uno de sus libros de viajes bajo el título de Memorias de un turista. A España llega treinta años más tarde, cuando Gustavo Adolfo Bécquer describe a uno de los personajes de Cartas desde mi celda como un touriste, hombre raro y extraño, que se viste de manera inusual y viaja rodeado de paraguas, bastón, manta escocesa a cuadros y otros cachivaches.
Cuando Mariano José de Larra escribía: “Cada cual sabía que había otros pueblos en el mundo, a fuerza de fe, pero viajar por instrucción y por necesidad, ir a París, sobre todo, eso ya suponía ser un hombre superior, extraordinario, osado y valiente en todo”, no podía imaginar siquiera el conglomerado de opciones que tour-operadores, agencias de viajes, mayoristas y minoristas, o de grupo a gran escala, empresas aeronáuticas, ferrocarriles, navieras o de transporte terrestre, son capaces de poner en marcha para disposición de cuantos, grandes y chicos, creen que en el mundo existen todavía paraísos. Sol, mar, placer, gastronomía, cultura, deportes, aventuras, experiencias de diverso cuño, se venden sin ningún tapujo, acercan costumbres, y mentalidades, alteran paisajes y transforman el trabajo del hombre desde los sectores más primarios a los llamados de servicios. El turismo pone en marcha una poderosísima industria capaz de modificar la estructura social y económica de un país.
Es así como el viajero de antaño, aventurero, rico, sibarita, que apenas incidía en el mundo, le ha sucedido en nuestros días el turista de masas, que no viaja a la aventura sino a ver, sentir o disfrutar lo que previamente ha leído o visto en los medios de comunicación o de lo que ha oído hablar a quienes a su alrededor ya lo han podido experimentar. Pero hay una diferencia que parece sustancial: los viajeros de antaño gustaban de fundirse con las costumbres del lugar, sufrían sus inclemencias, vivían su modo de vivir y su alimentación; el turista de hoy, sin embargo, busca, en su mayoría, conocer lo distinto sin renunciar al nivel de sosiego al que está acostumbrado, el hotel, la seguridad en viaje, la comida occidental o un medio de transporte fiable y puntual. Las fantasías del hombre constituyen la materia prima con la que trabaja el turismo de hoy; si el viajero de antaño buscaba lo desconocido, en el turismo actual hay una poderosa industria que fabrica lugares, infraestructuras, ambientes, a los que poder atraer al turista para ofrecerle por una semana o dos una vida distinta de la suya habitual.
Pero no se preocupen quienes conservan aún la mentalidad de antaño, la del viajero en busca de descubrir lo exótico en los viajes de hoy: ante la previsible depreciación futura del turismo de masas (al fin y al cabo, nuestro planeta es finito), los más pudientes y atrevidos pueden ir afilando, si así les place, sus ansias por inaugurar un nuevo sueño viajero que ya se hace posible como una atractiva novedad: si hace cien años eran las nubes del humo las que dibujaban los sueños que podían hacerse realidad, hoy hay un nuevo sueño, más enigmático y grande, el turismo sideral.
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ARTÍCULO: Apuntes sobre la guerra en la literatura y la ciencia.

(EN RECUERDO DE LOS CIEN AÑOS DEL INICIO DE LA GRAN GUERRA(1914/1918) Y DE LOS SETENTA DEL DESEMBARCO DE NORMANDÍA ( 2ª Guerra Mundial) QUE ACABAMOS DE CELEBRAR).

En julio de 1914 noté los primeros indicios de la próxima guerra viniendo de B. Aires a las costas de Francia en el vapor alemán König Friedrich August, escribe el valenciano Vicente Blasco Ibáñez en el Prólogo al Lector de su famosa novela ”Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis”. Y añade: Los oí hablar con entusiasmo de la guerra preventiva y celebrar con una copa de champaña en la mano la posibilidad, cada vez más cierta, de que Alemania declarase la guerra sin reparar en pretextos.
El 28 de julio de 1914 se inicia en Centroeuropa un conflicto bélico mundial, la llamada Gran Guerra, desatado por los intereses imperialistas de la mayoría de los contendientes y el afán de guerrear propio de los altos militares que asesoraban al viejo emperador del Imperio Austro-Húngaro, al káiser alemán y al Zar ruso. En 1932, permanentes aún en el recuerdo las dimensiones de aquel conflicto, La Liga de Naciones propone al eminente científico Albert Einstein la realización de un intercambio de ideas con cualquier otro científico de su elección. El tema lo elige usted, es la única instrucción.
El 30 de julio de ese mismo año, Einstein escribe su carta desde una localidad de los Cárpatos, en las cercanías de Postdam. El tema elegido es “Los estragos de la guerra”. El interlocutor elegido, Sigmund Freud. Sé que en sus escritos- le anima Einstein al vienés- podemos hallar respuestas (…) sería para todos un gran servicio que usted explicara el problema de la paz mundial a la luz de sus descubrimientos más recientes….
Siendo inmune a las inclinaciones nacionalistas- escribe Einstein-, veo personalmente una manera simple de tratar el aspecto superficial( o sea, administrativo) del problema: la creación, con un consenso internacional, de un cuerpo legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto que surgiere entre las naciones.
Pero enseguida advierte que el primer problema es el del poder. El afán de poder de los gobernantes, aclara entonces, lleva aparejados los intereses mercenarios, económicos y políticos, de otros grupos de presión:
El derecho y el poder van inevitablemente de la mano(…) Me veo llevado de tal modo a mi primer axioma: el logro de la seguridad internacional implica la renuncia incondicional de todas las naciones a su libertad de acción, vale decir, en soberanía. Y está claro, fuera de toda duda, que ningún otro camino puede conducir a tal seguridad.
Cómo es posible que esta pequeña camarilla someta al juicio de sus ambiciones la voluntad de la mayoría… ¿Cómo es que estos procedimientos logran despertar en los hombres tan salvaje entusiasmo hasta llevarlos a sacrificar su vida?

Freud se da por aludido y contesta desde Viena en septiembre de ese mismo año, 1932. Tras advertir su inicial sorpresa por el tema propuesto y entender que no se trata de ofrecer soluciones prácticas, sino de reflejar un posible abordaje desde el punto de vista psicológico de tan controvertida cuestión, escribe:
Los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en principio mediante la violencia. Desde la pequeña horda primitiva apegada al uso de la fuerza muscular, el paso por el uso de instrumentos y armas, hasta la superioridad mental que ocupará el lugar de la fuerza bruta, el propósito último de la lucha ha seguido siempre el mismo camino, la desaparición o la paralización del antagonista.
Vicente Blasco Ibáñez, por su parte, continúa en su prólogo al lector:
Esta novela la escribí en París cuando los alemanes estaban a unas docenas de kilómetros de la capital y bastaba tomar un automóvil de alquiler en la plaza de la Ópera para hallarse en menos de una hora a pocos metros de sus trincheras, oyendo sus conversaciones a través del suelo siempre que cesaba el traqueteo de fusiles y ametralladoras, restableciéndose el silencio sobre los desolados campos de muerte. La guerra parecía atraernos y aglomerarnos a los habitantes de la ciudad (se refiere a París).
Y añade en otro lugar: Nuestra vida tenía algo de campamento. Los niños jugaban en la calle lo mismo que en un villorrio, toda clase de ruidos e incomodidades eran tolerados. ¡Quién iba a quejarse como en los tiempos normales, cuando la única preocupación era saber si el enemigo había avanzado o retrocedido, y al cerrar la noche todos mirábamos inquietos la negrura del cielo cortada por las mangas luminosas de los reflectores, preguntándonos si dormiríamos en paz o si las escuadrillas aéreas, con sus proyectiles, vendrían a interrumpir nuestro sueño. Pero el ambiente heroico de la guerra influía en nosotros, y durante cuatro años vivimos todos en París de un modo que nos asombra ahora recordarlo- remata el autor valenciano, en la cresta de su fama en aquel tiempo.
Sigmund Freud, entretanto, prosigue desglosando su respuesta a la petición de su amigo A. Einstein:
Sabemos que este régimen- continúa Freud- se modificó en el curso del desarrollo, que cierto camino llevó de la violencia al derecho. Pero, qué camino. Uno solo, creo yo…que la mayor fortaleza de uno podrá ser compensada por la unión de varios débiles… vemos que el Derecho es el poder de una comunidad. Ha de ser la comunidad quien organice la vida, una comunidad de intereses que vendrá delimitada por la comunidad de sentimientos y lealtades entre quienes la integran.
Y añade:
Sin embargo, un vistazo a la historia humana nos muestra una serie incesante de conflictos(…)que casi siempre se deciden mediante la confrontación de fuerzas en la guerra. La consecuencia última de estos procesos históricos, según el psicoanalista vienés, ha sido que la humanidad permutara numerosas guerras pequeñas e incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más devastadoras. Aplicado esto a nuestro presente- continúa Freud en su contestación – se llega al mismo resultado que usted obtuvo por un camino más corto(…) La prevención solo es posible, aclara, si los hombres acuerdan la institución de una instancia central encargada de entender en todos los conflictos de intereses.
Pero remata su pesimismo con la siguiente frase: parece, pues, que el intento de sustituir un poder objetivo por el poder de las ideas está hoy condenado al fracaso.
Esto dice S. Freud en 1932. Una visión llena de desesperanza como la que traslucía, dieciocho años antes, el prolífico novelista valenciano cuando escribe los proféticos párrafos finales de “Los cuatro jinetes del apocalipsis”:
Deseaba salir del mundo cuanto antes. No le inspiraba curiosidad el final de esta guerra que tanto le había preocupado. Fuese cual fuese su terminación, acabaría mal. Aunque la Bestia quedase mutilada, volvería a resurgir años después, como eterna compañera de los hombres.

Y cerramos estas líneas con dos apuntes más, el del psicoanalista vienés, en primer lugar:
(…) por eso, nos vemos precisados a sublevarnos ante la guerra, lisa y llanamente no la soportamos más. La nuestra no es una mera repulsa intelectual y afectiva: es en nosotros, los pacifistas, una intolerancia constitucional (…) ¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros se vuelvan también pacifistas? No es posible decirlo, pero caso no sea una esperanza utópica que el influjo de esos dos factores, el de la actitud cultural y el de la justificada angustia ante los efectos de una guerra futura, haya de poner fin a la guerra en una época no lejana (…) Entretanto, tenemos derecho a decirnos: todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra.
Y por fin el literato, que cierra su novela certificando el sentimiento humano de la desmoralización:
(…) resonaba a lo lejos el galope de los cuatro jinetes apocalípticos atropellando a los humanos. Vio un mocetón brutal, membrudo, con la espada de la guerra; al arquero de sonrisa repugnante con las flechas de la peste; al avaro calvo con la balanza del hambre; al cadáver galopante con la hoz de la muerte. Los reconoció como las únicas divinidades familiares y terribles que hacían sentir su presencia al hombre. Todo lo demás resultaba un ensueño. Los cuatro jinetes eran la realidad.

(Desde entonces acá, ochenta y dos años después – 1932/2014- y sin ánimo de ser exhaustivos, hemos conocido y vivimos un rosario de guerras, mundiales, nacionales, entre países vecinos, tribales, fronterizas, de intervención, coloniales, insurreccionales, revolucionarias, independentistas, religiosas, civiles, dinásticas, por no hablar de la llamada guerra fría, etc. O, si se quiere, utilicemos esta otra lista de adjetivos aplicables a la guerra: abierta, a muerte, de trincheras, aérea, a sangre y fuego, asoladora, campal, continental, de anexión, de asimilación, de campaña, de devastación, de emancipación, de exterminio, de guerrillas, de honor, de descontentos, de patrullas, de partidarios, de potencia a potencia, de propaganda, de raza, de reconquista, de recuperación, de represión, fratricida, intestina, marítima, santa, sistemática, subterránea, vandálica, nuclear, biológica, química, bacteriológica, informática o electrónica, del comercio… Sabe Dios lo que nos deparará el futuro tras el avance de la ciencia y la tecnología de guerra, cada vez más sofisticada, más mortífera, más indetectable al ojo humano, de un mayor alcance global).


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ARTÍCULO ( y también REFLEXIÓN) : Nuestros políticos

Echa una mirada a nuestros políticos actuales: ¿Te suena la música? ¿ De qué tiempo hablamos?

“La política, en su recio y verdadero sentido, es el arte de gobernar a los pueblos, de dictar buenas leyes, de fomentar las fuentes de riqueza. Esto o cosa parecida puede leerse en los buenos tratados de derecho político pero, por lo visto, nuestros políticos al uso lo han olvidado, o no lo han aprendido o no quieren practicarlo; alguna de estas tres cosas debe de haberles ocurrido. A muchos, seguramente la segunda, porque es notorio que la ignorancia es patrimonio de bastantes políticos de oficio, peste de la Administración y lepra del presupuesto. A otros muchos, es seguro que les ocurre la tercera, es decir, que no quieren practicar la buena política, porque es indudable que conocen el bien pero siguen el mal, porque saben cuál es la conveniencia de la nación y atienden la suya propia. Lo menos corriente es que nuestros políticos hayan olvidado lo que sabían, por lo general Dios los ha dotado de buena memoria; lo que les falta es buena voluntad para estudiar las necesidades del país y energía honrada para atenderlas.
La política al uso, la política en España, no es la que definen los tratadistas, es todo lo contrario. Más que gobernar al pueblo, atiende a gobernar al político, a dictarse leyes en su provecho y a fomentar sus intereses. Es el triunfo feroz del individualismo sobre la colectividad, bien entendido que no se reconoce en tal individualismo más entidad que la del político de oficio. La nación es nada, las leyes un mito, la moral una fórmula vana, la equidad un sueño de almas cándidas cuando todo ello está en lucha con los intereses del político. Éste es ante todo, está sobre todo, lo puede todo y lo dispone todo según su voluntad. Casi siempre el político comienza en el diputado, éste es obra del cacique, y el cacique depende , a su vez, del ministro o del ministrable. Es una organización oligárquica completa, toda una conspiración contra la nación, contra las leyes o contra el derecho del débil, cuando la nación, el derecho y las leyes estorban al político.”

Apareció en “EL PUEBLO, SEMANARIO DEMOCRÁTICO”, periódico regional asturiano, el 6 DE MAYO DE 1905. 109 años después,¿ ha cambiado algo ahora que a los políticos se les llena la boca de la necesidad de cambiar?

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ARTÍCULO : ANTE LAS ELECCIONES EUROPEAS (IV y último)

El peligro tras las próximas elecciones del mes de mayo es que se produzca un auge de los grupos contrarios a la integración. Un periódico nacional recogía recientemente la amenaza que suponía esa situación. El problema de fondo, decía, “es el constante retroceso electoral de las posiciones más europeístas en los Estados miembros, algo que se debe a la crisis y contra lo que el Parlamento Europeo poco puede hacer.” La hipótesis consistiría en que las fuerzas populistas, especialmente las más extremas, estarían ganando fuerza para reforzar su papel en las elecciones europeas del 2014 e influir así negativamente en el delicado momento que vive la construcción de la UE. Bien sea mediante la aparición creciente del populismo euroescéptico en el Parlamento tras las elecciones, bien mediante la esclerosis de un futuro Parlamento más técnico que político a pesar de las promesas en contrario realizadas a los ciudadanos, bien, incluso, porque para defenderse del crecimiento de los euroescépticos, los Estados miembros más fuertes cayeran en la tentación de recortar aún más el poder del Parlamento, la UE tendrá que “elegir entre salvar al Parlamento de los avances de los radicales, de la irrelevancia o de la renacionalización” o poner en marcha las reformas que necesita para aumentar sus competencias y ofrecer a los ciudadanos una mayor participación.
Las organizaciones internacionales suelen presentar un rasgo común, que es el estar fundadas y constituidas por Estados soberanos y animadas por los representantes de sus gobiernos para actuar en nombre de ellos. El riesgo para la UE es elevado y exige una toma de posición respecto a cuestiones tales como el reparto del poder, la soberanía estatal y la trasnacional, la desigualdad social y las políticas del bienestar. Tendrá, pues, que poner de acuerdo a los Estados miembros para acordar las soluciones adecuadas a pesar de que puedan ser impopulares para los habitantes de cada uno de ellos. Tendrá que convencer a los ciudadanos de la necesidad de aceptar pérdidas en la soberanía nacional compensándolas con la ampliación de la soberanía trasnacional, de que es mejor hacer juntos lo que cada estado por separado no puede lograr; en caso contrario, seguir como hasta ahora, conservando cada Estado la totalidad del poder y de la soberanía nacional, crecerá aún más la desafección por las instituciones comunitarias.
Nada hay fuera de la UE, pero hace falta construir una sociedad posnacional de las sociedades nacionales porque Europa no es nada sin los valores de la libertad y la democracia y sin sus orígenes culturales. Más libertad es más Europa. Más seguridad social es Europa. Más democracia es Europa. Tres factores que no se imponen verticalmente (hegemonía/dependencia), sino que se han de alcanzar horizontalmente, en régimen de igualdad. La cuestión social y la extensión de la democracia no se pueden lograr si no son abordadas en conjunto por todos los países de la Unión en régimen de igualdad. Más le vale, por tanto, a los países comunitarios crear un nuevo modelo de crecimiento global. Se trata de expandir una cultura común, una administración común, un sistema legislativo, económico y financiero común, y construir al mismo tiempo un procedimiento que contemple la responsabilidad compartida y la responsabilidad individual de los ciudadanos de la UE. La democracia europea, en definitiva, piensa Beck, tiene que construirse desde abajo, desde ciudadanos iguales en países iguales, y no venir obligada desde arriba. Este es, en resumidas cuentas, el verdadero reto del futuro.
Europa ha de construir al mismo tiempo un sistema renovado de responsabilidad compartida y un nuevo modelo social europeo que aporten la consolidación política, que aprovechen la complementariedad de los estados, que realcen su patrimonio de actitudes y de sus tradiciones, su patrimonio y riqueza cultural.
Para que Europa se convierta en la casa común, subraya de nuevo Ulrich Beck, el sentimiento europeo no ha de consistir en ESTAR en Europa ni en entrar a formar parte de sus instituciones, sino en que sus ciudadanos, vivan donde vivan, sean del país que sean, puedan identificarse con el sentimiento de que todos ellos SON Europa. Que su nombre sea su nacionalidad propia, pero su apellido común sea “europeo”.
Y remata el escritor:
“Todo esto suena desesperadamente utópico e ingenuo. Pero cuando el euro y Europa corren el riesgo de derrumbarse tenemos que pensar las cosas de otra manera. En efecto, esta crisis conduce a una revisión del realismo. Lo que hasta ahora se tenía por “realista” se convierte en ingenuo y peligroso, porque es inefectivo frente al derrumbamiento. Y lo que pasaba por ser ingenuo e ilusorio se convierte en realista, porque intenta evitar la catástrofe y, de paso, construir un mundo mejor.”

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ARTÍCULO : ANTE LAS ELECCIONES EUROPEAS ( III )

(Tercera entrega e la serie de cuatro).

La UE, la Europa comunitaria, nace del acuerdo, no de la fuerza, ni de la soberanía o de la jerarquía de unos sobre otros estados miembros. Sin embargo, la UE vive hoy día un nuevo escenario de poder. El papel de Alemania es el ejemplo: le cuesta asumir el papel que parece corresponderle, ser en estos tiempos el indiscutible líder sin ceder a la dominación. Su historia, su participación en la evolución de la UE, su compromiso con el progreso de Europa, exigen su implicación en el momento que vive actualmente la Comunidad.
Es en ese sentido en el que escribe el pensador U. Beck: “Es un país que hasta la fecha se ha beneficiado ampliamente de Europa y del euro, pero también de la crisis, tanto económica como política y moralmente. De ahí que el país tenga un profundo interés en tirar del carro de la unión política de Europa”.
Sin embargo, a todo político movido por la idea de Nación, no se le pasa por la cabeza asumir riesgos en favor de la idea Trasnacional. Y eso parece ocurrirle a la señora Merkel, dirigente actual de Alemania, promotora e impulsora de la política de ahorro, la fórmula que Alemania exige aplicar al resto de los estados miembros; una postura económica impuesta a machamartillo que, al conducir a la implantación de jerarquías y de criterios hegemónicos y a la puesta en marcha de una cooperación entre los estados basada en la dependencia, impide la evolución política de la UE. Si Alemania domina las instituciones europeas por si misma, los estados miembros dejan de tener poder real. Si no hay juego limpio, ni equilibrio entre los estados, ni búsqueda de consensos, no puede haber cooperación.
Existen dos vías para aumentar la integración europea, la participación igualitaria basada en la reciprocidad, una, y, otra, la dependencia jerárquica de unos bajo la hegemonía. Los ciudadanos de la UE no tienen una conciencia cabal del funcionamiento de las instituciones comunitarias y de ahí nace, en gran parte, la actual sensación del déficit democrático comunitario. A muchos de ellos, sumidos en la plena crisis, ya les da igual quien les gobierne. Sin embargo, aunque el tiempo de las ideas partidistas y de los sentimientos nacionales como único referente debe terminar en Europa, el ciudadano lo que quiere es resultados y no ver mermados ni cercenados sus derechos; unas conquistas que la crisis ha diezmado y unos logros que, según cómo se actúe en este próximo futuro, se podrán afianzar, o no, expandir, o no, a un ritmo o a otro, universalizar para los habitantes de todos los países miembros, o no. Pero si el líder alemán pretende dirigir la UE en base a su hegemonía, lo más probable es que la UE y sus instituciones se conviertan en meras marionetas al servicio de los intereses de Berlín y que cobren fuerza de nuevo los movimientos contrarios al proceso de integración y un incremento en la defensa de la soberanía nacional de los estados miembros.
El problema es que los mercados raramente son libres, bien por la acción de los grupos de presión frente al poder político, bien por la existencia de una deficiente arquitectura institucional que impide que funcionen los contrapoderes. Un hecho significativo a este respecto es la relevancia real del Parlamento Europeo. Existe un parlamento elegido por el pueblo, pero su función actual es más decorativa y simbólica que operativa y eficaz. Debate los asuntos, evacua consultas con los gobiernos, pero su poder real es casi nulo: el gobierno de la Comunidad no es elegido por votación directa, pero tampoco por el Parlamento; lo elige a puerta cerrada el pequeño grupo que forman los mandatarios de los Estados. Así también quedan tocadas prerrogativas naturales de cualquier parlamento, como son, por ejemplo, el control sobre los impuestos y decisiones claves como la del presupuesto.
Quizá sea esa la razón por la que en una reciente encuesta de la eurocámara llevada a cabo por el EUROESTAT y el Parlamento Europeo, aparecida en el mes de Mayo/2013, aparecen porcentajes de este tenor:
• Desconfianza en la UE: 60%, 28%, 51%, 54%, 63%. España, 75%. Chipre, el más alto, 83%. (Entre otros).
• Confianza en la UE: 31%,54%, 20%,41%,29%,48%. España,17%. (Entre otros similares).
Fácil observar que los niveles de confianza de los ciudadanos de la UE en sus instituciones son muy bajos y que los de desconfianza alcanzan un tono medio o decididamente alto. Es una clara señal del aumento de las corrientes euroescépticas dentro de la Unión. La responsabilidad de esta visión cae en las propias instituciones europeas; si el desconocimiento de algo provoca dudas e incertidumbres, si la falta de transparencia e información fidedigna facilita la labor oscura de los grupos anticomunitarios, ¿qué hacen los responsables?, ¿qué lecturas emiten de oscuridad y misterio?, ¿qué clase de mensaje envían a los millones de ciudadanos que miran hacia sus líderes? Si el ciudadano español, francés, italiano, griego, croata o portugués, desconoce lo que le debe a la UE, aumenta el escepticismo cuando no la convicción de su inutilidad.

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ARTÍCULO : ANTE LAS ELECCIONES EUROPEAS ( 2ª )

(CONTINUACIÓN DE LA SERIE DE IV ENTREGAS)

Los cuatro hechos que más han contribuido a la aparición de la delicada situación que vive ahora la Comunidad han sido:

A. La primera Guerra del Golfo, que desnudó la impotencia diplomática y militar de Francia y Alemania poniendo a los países de la UE frente a un gran dilema: dejarse satelizar por los Estados Unidos o sumar todas las fuerzas posibles en la Unión Europea. La primera opción se vió como inviable dado que EE.UU está perdiendo la supremacía económica mundial. La segunda propició la puesta en marcha de las dos conferencias intergubernamentales (Unión Económica y Monetaria y la Unión Política), que serviría para elaborar una nueva Constitución Europea.
B. El Tratado de Maastricht, en el que se establecieron los tres Pilares (económico, político y de seguridad) pero que no fue capaz de sacar adelante un cuarto pilar importante, la política social.
C. El fracaso de la puesta en marcha de una Constitución Europea, con lo que ha significado de desilusión para algunos, de demostración de las incapacidades de la UE, para los demás.
D. La crisis actual que amenaza a Europa con retos insospechados y su conexión con la Globalización. El capitalismo global es un nuevo dictador férreo y descarnado. Una cruda situación que conduce a que el eslogan MÁS EUROPA tenga cada día menos adeptos. Cuatro hechos que llevan a que los ciudadanos vean amenazada la construcción europea y cale en ellos un deseo, fuerte y potente, de que las cosas cambien pronto y de que lo hagan para bien.
La UE la forman hoy veintiocho naciones, un amplio conjunto de pueblos soberanos que se han ido incorporando a la Comunidad lo que les ha dado vida y un indudable progreso económico y social. Solo hay que repasar la nómina de los Estados, para percibir que la mayoría de ellos le deben a esa institución de derecho internacional los años de mayor nivel de vida de que han disfrutado hasta la actualidad. Sin embargo, hoy también resulta evidente que la UE, que hasta no hace muchos años se comía el mundo, parece ahora perder pie. Ese mundo ha cambiado y se transforma mucho más deprisa de lo que se había previsto, así que hay muchos datos en el horizonte que parecen indicar que en muy pocos años la Comunidad puede pasar de ser un gigante económico a un enano político y social.
El problema es que una vez reunidos los 28 Estados, conseguidas muchas metas de desarrollo económico y financiero, la Comunidad carece de espinazo político. Por un lado están sus dirigentes, un grupo de dignatarios que parece dividirse en dos: los gobernantes que pretenden unir pueblos sin que las naciones hayan desaparecido y los que, con la vista puesta en el corto plazo, sueñan con mantener el poder interno y no muestran demasiado interés en recorrer el camino que lleva a las naciones a buscar sus puntos de unión.
Quizá sea esa la razón de que la Unión trate a los ciudadanos europeos dificultándoles todo pensamiento independiente, toda iniciativa, toda desviación de las rutinas instituidas por las normativas, las directivas y los procedimientos marcados por ella misma. La Comunidad solo podrá continuar, piensan, si, dirigida por ellos, logra que los ciudadanos se comporten como máquinas. A partir de esa visión, los ciudadanos europeos observan con perplejidad y miedo, con enfado e intranquilidad, que los resultados de su gestión quedan, invariablemente, por debajo de sus expectativas, y que las decisiones comunitarias, y en ocasiones su inacción, aumentan sus sentimientos de impaciencia y frustración. Lo que durante los años pasados era euforia y orgullo, en algunos países por los logros conseguidos, en otros por haber alcanzado la integración, se está convirtiendo en estos días en euroescepticismo, cuando no en una clara y nítida denigración.

En la UE, por otra parte, trabajan 50.000 funcionarios, 7000 de ellos en Bruselas, de los que cerca de tres mil son intérpretes y traductores; en el Parlamento hay 750 diputados y existen dobles sedes para algunos organismos…lógico que los ciudadanos europeos, anclados en el desconocimiento del funcionamiento de sus instituciones comunes, asistan estupefactos a tal despliegue de efectivos. ¿Cuánto nos cuesta ese entramado?, se preguntan, ¿realmente es necesario?
Explicar la debilidad ciudadana europea mediante la referencia al carácter corrupto de las instituciones comunitarias nos sugiere una pregunta: ¿por qué, entonces, los ciudadanos tienen tanto apego a esas instituciones? Obviamente, la respuesta se encuentra en el animal humano. Pocos hombres son conscientes de que sus vidas, la propia esencia de su carácter, sus capacidades y sus audacias, son tan sólo la expresión de la fe que han depositado en la seguridad de su entorno. Mientras el estado del bienestar les mantiene a salvo, su valor, su compostura, su confianza en sí mismos, sus emociones y sus principios, permanecen en un segundo plano permitiendo que sean otros los gestores de una responsabilidad que no aceptan por sí mismos. Prefieren creer ciegamente en la irresistible fuerza de sus instituciones comunitarias, en la moral de sus dirigentes, en el poder de sus gobiernos y en las opiniones vertidas por sus representantes. Esto parece un hecho obvio para quienes viven dentro del mito: bajo el paraguas de la gran institución comunitaria el progreso propio y de cada país será inevitable. Fuera de ella, en cambio, hace frío, hay vacío. Sin embargo, cuando llega la amenaza externa, cuando las crisis azotan los mercados, cuando las condiciones de vida rebajan sus niveles de vida hasta extremos en ocasiones inconcebibles, los ciudadanos de Europa dejan de mirar al mito comunitario del que han dependido y vuelven los ojos al Estado propio soberano del que nunca, opinan ahora, debieron de alejarse. Acostumbrados a no ejercer su libertad individual para actuar con madurez frente a su futuro, se cuelgan ora de la soberanía nacional, los de los países pobres, ora del reforzamiento de la comunidad trasnacional, los de los países ricos, los mismos que están al frente y dominan esas mismas instituciones. (CONTINUARÁ).

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