ARTÍCULO: El debate entre la razón y la fe en el reino de las palabras

Viajemos al pasado.

Del siglo IV al XII, el modelo filosófico en el que se movía el mundo era el platónico. La doctrina cristiana se construía con los escritos de Platón, algunos textos primitivos cristianos y escasos fragmentos de la filosofía perdida hasta entonces de Aristóteles. Un poco más tarde el mundo accedió a las interpretaciones que hacían los filósofos árabes, (Averroes, Avicena, y otros) de los libros aristotélicos y los fundamentos culturales y antropológicos de la época se vieron alterados. Los encargados de sustentar el modelo ético religioso en Europa habían sido tradicionalmente los monjes benedictinos, pero en el siglo XIII aparecieron con extraordinaria pujanza las órdenes mendicantes, franciscanos y dominicos, predicando un revolucionario modo de entender el mundo: la pobreza. Es entonces cuando Tomás de Aquino, dominico, decide tender los puentes entre el modelo vigente hasta entonces y ese nuevo modo de vivir la vida basado en la filosofía cristiano aristotélica. Nace así la Escolástica.
Durante el siglo XIV cambia la imagen del mundo al paso con que se disuelve la cultura medieval dominante: aparecen las ciudades, se multiplican las Artes y progresa el intento de conectar la fe cristiana con las nuevas corrientes filosóficas. Y por encima de todo ello, crece y se agiganta como paisaje de fondo el problema real,las relaciones entre la Iglesia y los Estados. El Papa o el Rey, esa es la cuestión.
Es en esas circunstancias cuando aparece un fraile franciscano, Guillermo de Occam, que predica una doctrina enfrentada al orden cristiano-aristotélico que había dictado el monje dominico un siglo antes. No era un asunto menor, como lo demuestra el hecho de que aún hoy, pasados seis siglos, la doctrina de la iglesia católica sigue siendo, en gran parte, la misma que se predicaba entonces sobre multitud de aspectos. ¿Cuál era el verdadero pleito y la razón del debate que presentaba fray Guillermo?
_ Tomás de Aquino( siglo XIII) había escrito: la razón(el mundo civil) tiene su campo; la fe tiene el suyo propio. Y hay un pequeño espacio en el que solo manda la fe. La Iglesia, pues, a lo suyo,y el Estado a lo que le es propio; pero hay ciertos ámbitos en los que la Iglesia tiene derecho a intervenir en las cuestiones del Estado. O lo que era lo mismo: el Papa se hallaba a un lado, el Rey al otro y, cuando algo estaba en la frontera de ambos mundos, el que mandaba era el Papa.
_ Fray Guillermo de Occam (siglo XIV), sustentaba: La razón está en un lado y la fe en el otro. Cierto.La Iglesia aquí y el Estado allá. Vale. El Papa en su sitio, el Rey en el suyo propio. Y ambos poderes no tienen nada que ver. Donde se conoce por la Fe no debe intervenir la Razón. Porque solo hay un mundo, el que vemos y tocamos. ¿Y Dios?, ¿dónde queda Dios?, le preguntaban: de Dios no vamos a hablar porque es omnipotente, y quien todo lo puede forma parte de la Fe. Puesto que los conocimientos del hombre, el ámbito de la razón, provienen de dos acciones: ver el mundo en que vivimos, tocarlo, sentirlo, y ponerle nombre a las cosas que vemos y tocamos, ese ámbito del mundo no tiene nada que ver con la Fe. Poner nombres a las cosas y conocer con palabras, es cosa de la Razón.
La palabra rosa era la que utilizaban los tratadistas medievales para sus disquisiciones sobre el origen de las cosas a creer -Fe- y los conceptos- Razón. Y Guillermo de Occam defendía que rosa era solo un concepto y que pertenecía, por tanto al mundo de la razón. Si cuando la rosa se marchita, decía, solo queda su nombre, es evidente que es el nombre lo que nos lleva al concepto universal de qué es una rosa. La rosa se marchitará, la palabra rosa, no. Ya lo había escrito Boecio : “nada hay más fugaz que la forma exterior, que se marchita y se altera, como las flores del campo cuando llega el otoño”.
No resulta, pues, extraño que la institución de la iglesia y la omnipresente fuerza de la burocracia eclesial persiguieran con denuedo aquella nueva visión de la teología cristiana. Porque entonces, decían los más extremos, ¿en los conceptos no está Dios? Guillermo de Occam fue excomulgado y a punto estuvo de dar con sus huesos en la cárcel e incluso de morir acusado de herejía.

Y ahora sigamos en el reino de las palabras pero viajemos a nuestro tiempo más reciente:
Diciembre de 1980. Umberto Eco, catedrático, ensayista, literato, sabio especialista en semiótica y en filosofía medieval, publica en Italia su primera novela, El Nombre de la Rosa. Un monumento literario para quien gusta de leer historias tan bien documentadas que al terminar de disfrutarlas mejoran sus conocimientos a través de las palabras. Léanse a este respecto las primeras páginas del Prólogo del libro en las que el supuesto narrador, el monje Adso, refiere claramente el increible follón en que se hallaban envueltos en el final de Medievo los aspirantes a emperador, los reyezuelos de los ducados, predicadores y papas apócrifos y los estados pontificios.
Eco, padre literario de Fray Guillermo de Baskerville, franciscano, protagonista y trasunto literario de Fray Guillermo de Occam, pone en boca de Adso, el aprendiz de fraile: “ Así era mi maestro. No solo sabía leer en el gran libro de la naturaleza, sino que también en el modo en que los monjes leían los libros de la escritura, y pensaban a través de ellos”.
Refiere un Adso viejo al final de la novela de Umberto Eco:
“ Hace frío en el scriptorium y me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto que ya no sé de qué habla: Stat rosa prístina nomine, nomina nuda tenemus”.

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ARTÍCULO: Bancos, de aquellos polvos vienen estos lodos

Buen momento para acercarse al panorama bancario español.
Inmerso aún en una de sus crisis recientes, la banca española trata de asentarse en el más acusado liberalismo económico, sustituyendo los antiguos ideales espirituales y morales, propios de nuestro católico pasado, por una gestión más centrada en la riqueza material, más acorde y cercana a una mentalidad anglosajona, calvinista y luterana.
Con la perspectiva de los últimos 50 años se puede afirmar, sin temor a equivocarnos y a la vista de que son los poderes financieros los que de verdad rigen el mundo en estos tiempos, que la batalla más tardía y especial de nuestra democracia se ha jugado, y aún se juega, en los centros de poder de los bancos grandes y pequeños y en las cajas de ahorros. Todo ello sucede tras haberse aprovechado muchos de ellos durante décadas del adormecimiento social posterior a los efectos de la dictadura y al omnímodo poder proteccionista y autárquico, de una pequeña nómina de familias cuyos patriarcas dominaban la economía española a su gusto e interés.
Así, hoy en día, tras haber dejado atrás la prematura muerte de alguno de tales gestores, la entrada en la cárcel de otros y hasta el suicidio de alguno de ellos, el paisaje bancario actual se parece tan poco al de aquellos años como lo hace nuestro actual régimen político al vivido por el país durante los 40 años de sumisión a un dictador.
La banca española, que cumple ahora 232 años de historia, nació bajo los ideales de la Ilustración. La primera institución que pude considerarse como tal, el Banco de San Carlos, se fundó en 1782 con la gestión de Cabarrús, el decidido apoyo de Carlos III y del conde de Floridablanca y la figura del pintor Francisco de Goya entre sus accionistas. Unos años más tarde se vio obligado a desaparecer tras la sospechosa financiación de algunas empresas relacionadas especialmente con el abastecimiento del ejército.
A esta primera incursión en el mundo bancario le siguieron en los años siguientes el Banco de San Fernando y sus primeras incursiones industriales, el Banco de Isabel II (1844), bajo los auspicios del Marqués de Salamanca, y el Nuevo Banco de San Fernando (1848). Sería este nuevo banco, resultado de la primera fusión habida en España de los dos bancos anteriormente citados, el que daría lugar, en 1856, a una nueva entidad llamada Banco de España.
La extensión posterior de establecimientos bancarios trajo a la luz el Banco de Cádiz, el Banco de Barcelona, o el Banco de Santander, por el lado de la financiación de diversas aventuras empresariales, y la banca Urquijo o el Banco de Bilbao, con vocación más industrial. Todos ellos emitían billetes hasta 1874, cuando el ministro Echegaray concedió esa misión únicamente a la banca central. de todo aquello, solo el de Banco de Santander y el de Bilbao han llegado hasta nuestros días.
El nacimiento del nuevo siglo XX y la llegada de capitales de ultramar tras la pérdida de las colonias, trajo una oleada de nuevos bancos, muchos de ellos conocidos hasta tiempos bien recientes (Banco Hispano Americano, Banco de Vizcaya, Banco Español de Crédito, Banco Central…), que se verían favorecidos por la neutralidad española durante la Gran Guerra (1914-1918). Y así hasta el advenimiento de la Guerra Civil, período caótico para capitales y bancos, como lo demuestran las consecuencias emanadas del papel jugado por los diferentes banqueros apoyando a uno u otro de los bandos contendientes. Ya he comentado antes los nefastos resultados de la autarquía y el aislamiento posterior; añadir solamente las dificultades del Estado para ejercer el control monetario frente a la resistencia de la banca a ceder su protagonismo ante un Banco de España al que juzgaban débil y escasamente profesional.
Solo a partir de los años sesenta del pasado siglo el Banco de España empezará a ejercer su papel central, en especial tras su nacionalización y la decisión, 1962, de controlar y supervisar las medidas del resto de los bancos. Los nombres de Mariano Navarro, Mariano Rubio, Carlos Solchaga, Miguel Boyer o Julián Arévalo, nos son más cercanos y familiares en su gestión en relación con el banco nacional.
Después llegaron las primeras fusiones bancarias, siempre como respuesta a las diversas crisis económicas habidas a partir de 1990. La historia escrita por los Adolfo Suarez, López de Letona, los Pactos de la Moncloa, Sánchez Asiaín, Pedro Toledo y Abril Martorell, es el mejor reflejo de las tensiones sufridas por nuestro país en los cruciales años de la Transición; una época difícil en la que la búsqueda de la estabilidad política junto a la máxima rentabilidad, ha dejado también en la cuneta una creciente nómina de gestores heridos entre los que cabría destacar los nombres de Mariano Rubio, en una segunda etapa, Mario Conde y la intervención de Banesto o, más recientemente, los Alcocer y la Banca Catalana, hasta llegar a la mayor patochada jurídica en el caso del indulto de Alfredo Sáenz, el que se suponía que había sido elegido para devolver la moralidad al mismo Banesto que M. Conde hundió.
El 15 de enero de 1999 se consuma la mayor fusión llevada a cabo hasta los recientes acontecimientos bancarios que nos ha traído la crisis actual. Ese día se fusionaron el Banco Santander y el viejo Central Hispano: “si se quiere salir en la foto hay que moverse”, afirmó el banquero Botín, recientemente fallecido, en aquella ocasión. Él lo sabía muy bien, porque desde aquel momento, y en especial tras la aparición del euro, el astuto y listo banquero santanderino no hizo otra cosa que crecer hasta situar a su institución en un puesto elevado en el panorama bancario mundial.
De los acontecimientos de estos últimos cuatro años poco hay que hablar, en parte porque son suficientemente conocidos por todos, en parte también porque sin una mayor perspectiva histórica es harto complicado explicar lo ocurrido sin caer en meras elucubraciones sobre lo acontecido y su moralidad. Lo que sí podemos afirmar hoy es la desaparición completa de aquella España que contraponía los valores espirituales con los materiales, que despreciaba el dinero como un valor en sí mismo y que rebajaba la categoría humana de quienes se dedicaban a ganarlo mediante la usura y el préstamo. El precio del honor ya no se lleva, la vergüenza social por el mal uso del dinero de los demás, lo que tanto temía, y teme aún, el banquero honrado, ha tiempo que ha perdido importancia entre muchos de los directivos de nuestra banca actual. Ahí está el largo alcance de los últimos descubrimientos en Cajas de Ahorros y algunos bancos para demostrarlo.En materia bancaria, de los polvos de antes vienen los lodos de ahora.

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ARTÍCULO: Catarros y resfriados, esos males menores

Se nos ha ido el verano y estamos ya en pleno otoño, la antesala del invierno, pájaros y aves han emigrado a tierras cálidas y los microbios, esos pequeños bichitos que amenazan nuestra salud, elevan el consumo de los pañuelos de bolsillo. Como dice un viejo chiste, el estornudo es tan antiguo como el hombre más primitivo.
Eminentes protagonistas de la historia abandonaron este mundo por culpa de un resfriado o de un catarro común, reyes y nobles, presidentes norteamericanos, filósofos de alcurnia y otros hombres ilustrados, científicos de diversas ramas que en sus investigaciones combinaban la acción del frío y el aire libre.
Los remedios contra esos males son tan antiguos como una de sus manifestaciones, los mocos; no en vano el mismo Hipócrates, el de los humores, sostenía que la nariz era el desagüe del cerebro y existía también la creencia común a lo largo de la Edad Media, hasta casi el siglo XVII, de que los efectos externos del resfriado eran una emanación líquida del cuerpo que salía hacia fuera como si de lluvia se tratara. Los médicos del siglo XVI, los estudiantes de medicina medievales y los monjes de los monasterios, los más eficaces transmisores de la cultura de la época, hablaban de una Teoría del Catarro con agudas disquisiciones acerca de las tiritonas, la mucosidad, la fiebre o la flema coagulada.
Aunque pudiera parecer una afección menor, el catarro común es aún hoy en día una enfermedad incurable; bien poco se ha avanzado desde los vinos de Ona que se anunciaban hace años en los periódicos, un tónico maravilloso preparado por un charlatán, autoproclamado médico, que vendía su superchería bajo la firme promesa de curar infecciones y artritis, la reuma y los catarros. Se dice que el archiconocido ketchup empezó su andadura comercial vendiéndose por los pueblos como un producto más para milagros y curas.
Larga es la nómina de remedios ensayados por el hombre a lo largo de la historia contra tal afección: adelgazamientos, sangrados, curas de sueño, emplastos, gárgaras, estiércol de caballo mezclado con vino blanco o el muy extendido y famoso de la leche con miel. Nada tan llamativo, sin embargo, como la creencia universal de que dormir con la ventana abierta no solo era una práctica sana sino que fortalecía los pulmones y prevenía las afecciones respiratorias.
Catarros, resfriados, enfermedades antiguas que han de referirse al fracaso relativo de la medicina en su prevención y curación, dolencias que, al igual que las pestes, el cólera, la sífilis o la tuberculosis, se han logrado erradicar o disminuir no tanto por la existencia de una medicación definitiva como por el incremento de la higiene, la limpieza y la mejora en la salubridad. En la cura del catarro, como en las epidemias mencionadas, han progresado más las medidas de prevención y diagnóstico que la incidencia y las soluciones a través de la medicación.

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ARTÍCULO: El francotirador de Stalingrado ( ficción)

A principios de febrero de 2014 la anciana Irina Petrova subió a la colina Mamaiev, a las afueras de Stalingrado, como había hecho desde hacía más de setenta años. En aquel lugar se erige una estatua colosal de una mujer que blande una espada y llama a sus hijos a luchar. El monumento conmemora la defensa heroica que sus ciudadanos hicieron de la ciudad en el gélido invierno de 1942. Irina Petrova recordaba así a Vasili Ignatiev, el primer amor de su juventud, junto al que combatió desde las ruinas de la población contra los inmisericordes ataques del ejército alemán.
Si los alemanes conquistaban la ciudad y conseguían dominar la orilla derecha del río, Rusia quedaría partida en dos. Adolf Hitler identificaba la victoria sobre Stalingrado con la derrota de Stalin, su gran enemigo ahora, como antes había sido su mejor aliado. La ciudad era entonces un enclave importante de 600.000 habitantes, con una industria notable que fabricaba motores y derivados de la madera; una bella población, por otra parte, con buenas casas de piedra, que se extendía a lo largo por las orillas del Volga. Las fuerzas soviéticas , que resistían a duras penas en campo abierto, tuvieron que retroceder hasta Stalingrado con la esperanza de aguantar el ataque con la protección del río y en las trincheras de las afueras de la ciudad.
La batalla de Stalingrado, la más cruenta del conflicto, constituyó el punto de inflexión sobre la decisión final de la contienda mundial. Los alemanes habían ganado hasta entonces todas las batallas; a partir de su derrota en la ciudad del Volga, Hitler las perdería todas.
El ejército alemán atacó lleno de confianza, pero ya en aquellos momentos, el jefe del Iº Ejército Blindado Alemán, el general Kleist, escribía en su Diario: “Frente a nosotros ningún enemigo; detrás, ningún suministro”. Falto de petróleo para sus panzersy cañones y de víveres para sus cientos de miles de hombres, necesitaba sobrepasar el enclave de Stalingrado para dirigirse a la conquista de los pozos petrolíferos del Cáucaso y las reservas de cereales de aquella región.
Hacia el 23 de agosto, mientras el general Chuikov, enviado por Stalin había ordenado defender cada metro de terreno y amenazaba con ejecutar de inmediato al ciudadano que se rindiese o abandonase la batalla, comenzaron los bombardeos aéreos alemanes combinados con el ensordecedor ruido de la cañonería y el tableteo de las ametralladoras. Unos días después, bajo la tempestad provocada por 2000 toneladas de bombas, Stalingrado estaba en llamas y sus calles anegadas por los escombros de los edificios reventados y cubiertas de cadáveres. Se luchaba casa por casa, ruina a ruina, de tejado a tejado.
Vasili Ignatiev era un francotirador. Sus escasos 20 años no le impedían su febril entrega a la causa de su pueblo ni sus actos de heroísmo. Se jugaba la vida culebreando bajo la metralla. Se arrastraba para desenrrollar las bobinas de cable que producían las explosiones y tenía una vista privilegiada y una puntería infalible al disparar el fusil. Irina Petrova formabuua parte de un grupo de jóvenes mujeres que sorteaban el fuego cruzado de los alemanes para llevar a los francotiradores comida y munición.
El amor entre ellos surgió como un flechazo. Los momentos cumbres llegaban en las noches, cuando la luz de la luna alumbraba las crestas de los montes cercanos y la magia del silencio, apenas rota, les brindaba la ocasión de intercambiar confidencias. Se amaban acurrucados en el fondo húmedo de alguna zanja para que ni sus voces apagadas ni el brillo de sus cigarros delataran su posición.
En los primeros días de febrero, mientras el mariscal Von Paulus, hundido moralmente por la resistencia de la ciudad, el frío reinante y la falta de alimentos, tomaba la decisión de rendirse y capitular, una bala perdida acabó con la vida de Vasili Ignatiev, uno más de los 40.000 rusos que perdieron la vida en la sangrienta batalla por el dominio de la ciudad.

H.W. Balwin, corresponsal del New York Times, escribiría poco después : ” Stalingrado representó el mejor ejemplo de la inhumanidad del hombre para con el hombre, el sitio de una carnicería espantosa, un sacrificio deliberado e innecesario de vidas humanas, el lugar del fiero patriotismo y de las abrasadoras lealtades, una ciudad que vivirá para siempre, como Troya, en las lágrimas y leyendas de los pueblos”.

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ARTÍCULO: El Centenario de la Gran Guerra.

( Recomiendo leer previamente el Artículo publicado en este mismo blog el 7 de junio de 2014 con el título : Apuntes sobre la guerra en la literatura y en la ciencia ).

La primera guerra mundial, llamada en su origen la Gran Guerra, representa como ninguna otra el cúmulo de desgracias y locuras ocurridas antes y después del fatídico mes de julio de 1914. El asesinato en Sarajevo del archiduque de Austria y de Hungría, sobrino del káiser alemán, fue el suceso que desató su arranque, cuando Alemania respaldó la acción bélica de represalia iniciada por Austria en los Balcanes. Sin Bismarck ya al frente del país alemán, con un Guillermo II, emperador ya viejo y algo trastornado, con el afán de venganza por parte de los austrohúngaros, y con unos generales alemanes que soñaban con jugar a las guerras para ganar nuevos honores tras su segura victoria, cobró nuevas fuerzas la corriente cultural enraizada desde hacía siglos en Alemania, deseosa de reeditar las hazañas del Sacro Imperio Germánico. Los jóvenes austrohúngaros y alemanes, herederos directos de un siglo de cultura basada en el idealismo y la utopía mesiánica, en el heroísmo romántico y en los sueños de grandeza, pensaban en las pasadas contiendas , luchas de hombre contra hombre, a pie o a caballo, con pequeños cañones, fusiles, pistolas, sables y espadas y auguraban que la guerra sería corta. Toda nación, decían, necesitaba una gran guerra para convertirse en un gran pueblo.
Sus generales, entretanto, seguros de poder pasar por encima de los ejércitos ruso y francés, aliados por entonces, desdeñaban la entrada de terceros países en la contienda, singularmente Gran Bretaña. Se dice que el viejo káiser, primo por cierto del rey británico y amigos ambos de la infancia, exclamó despectivamente cuando le mencionaron esa duda: “ Bah, los barcos no tienen ruedas”.
Unos días más tarde del 28 de julio de 1914, inicio de la guerra, cuando los alemanes invadieron Bélgica, aliado de Gran Bretaña, incendiando pueblos enteros, devastando las ciudades, fusilando a sangre fría, aprisionando rehenes y asesinando a civiles inocentes de toda clase y condición, los británicos se subieron a los trenes, concentraron en sus puertos barcos grandes y pequeños de toda clase y condición, y el 4 de agosto entraron en la contienda ( los lectores que hayan visto la estupenda serie de la BBC inglesa, Arriba y abajo, recordarán los capítulos en los que se recoge el fervor patriótico de sus personajes, no exento de romanticismo, por el papel de su país en la defensa solidaria de las vidas de sus aliados ante la barbarie de las tropas alemanas en su camino hacia Francia. Daremos a los alemanes una lección que no podrán olvidar, es la consigna que se extrae de las imágenes de la gente cuando acude a alistarse).
El valenciano V. Blasco Ibáñez, como ya he reflejado en otro comentario, escribía en 1914 en el prólogo de Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, su famosa novela: “ Los oía hablar con entusiasmo de la guerra preventiva y celebrar con una copa de champaña en la mano la posibilidad, cada vez más cierta, de que Alemania declarase la guerra sin reparar en pretextos.
Y Stefan Zweig, cuatro años más tarde, terminada la guerra en 1918 refleja: “Si hoy nos preguntáramos por qué Europa fue a la guerra en 1914, no hallaríamos ni un fundamento razonable, ni un solo motivo. De repente todos los estados se sintieron fuertes, olvidando que los demás sentían lo mismo: todos querían más y todos querían algo de los demás. Y lo peor fue que nos engañó la sensación que más valorábamos todos: nuestro optimismo común”.
Una guerra, en suma, a la que historiadores, filósofos y escritores expertos, han dado en apodarla con diversas acepciones: popular, inevitable, falsa, romántica, excesiva, estúpida, son algunos de los adjetivos que se le han adjudicado a una guerra que empezó a gestarse en los irredentos sueños y ambiciones de la milicia alemana y en los vaticinios de una sociedad engañada que auguraba una cadena de victorias fulgurantes bajo los cálidos efluvios del anisete y el champagne.
La primera parte de la guerra, la batalla por las fronteras, se decantó fácilmente a favor de Alemania. En el Marne, en el Somme, los soldados avanzaban a la antigua usanza, entre atabales y tambores, banderas, penachos, canciones patrióticas y ojos llenos de miradas emocionadas y llenos de ardor. Pero a las exitosas y rápidas invasiones iniciales le sucedió a partir de septiembre la estabilización del frente en la línea del Marne. La guerra ya no sería corta tras convertirse en una kilométrica línea de trincheras y alambradas, una gran cicatriz que rompía el verde de los campos.
Algo parecido ocurriría en el mar. Al poderío naval británico por el número de barcos se oponía la mejor dotación técnica en armamento y control de tiro de la marina alemana. la batalla de Jutlandia, 250 barcos de toda clase y condición, supondría un empate técnico: Alemania perdió 2551 marineros y ganó el crédito táctico necesario para empezar a desarrollar los navíos sibmarinos; por Gran Bretaña murieron 6094 hombres pero quedó acreditada su fortaleza estratégica. 8.645 vidas en total se perdieron en la principal batalla naval de la Gran Guerra sin que ninguno de los contendientes derrotara definitivamente al enemigo.
Al tórrido verano de 1914 le sucedió un otoño y un invierno de fríos y fangos en la hondonada de las trincheras, agujeros inmundos llenos de paja empapada para taponar los hoyos y rodeados de cascotes y piedras que parecían trozos de hielo sepultados por la nieve. De trinchera en trinchera, con al agua hasta la cintura, la guerra se estabilizó durante varios meses entre la línea del Marne y el Mar del Norte. Como escribió con acierto el periodista y reportero español Gómez Carrillo: “La guerra, vista de cerca, no es bella, no. Es horrible.”
En la Gran Guerra se consagraron nuevas tácticas militares y diversas armas nuevas, terribles la mayoría de ellas, de eficacia mortífera a distancia. Ametralladoras, gases venenosos y máscaras antigás, submarinos y aviación de defensa, ataque y reconocimiento, aniquilaban a miles de hombres sin que estos pudieran defenderse cuerpo a cuerpo. La falta de suministros y de equipos sanitarios y el empleo de tales armas, desconocidas hasta entonces, precisaron una organización tan novedosa y compleja que los estados mayores de los contendientes no podían ofrecer. Bien puede decirse que, en ambos aspectos, armas y estrategias, la guerra del 14 fue el primer escenario para lo que vendría después.
4 años más tarde los campos de Europa presentaban el aspecto de una inmensa carnicería. Los que volvían de la contienda (admirablemente reflejado en Arriba y abajo, la mencionada serie de la BBC inglesa) multiplicaban los relatos de inútil heroísmo en medio del horror vivido; la guerra había sido tan cruel, sin los viejos códigos de honor ni las tradicionales reservas éticas hasta entonces conocidas, que abundaban entre ellos la depresión y el hundimiento, creían escuchar constantemente la siega de las ametralladoras, contemplar la mortandad en grupos que provocaban los carros o respirar las nubes de gas venenoso con el que se moría lentamente en medio de estertores agudos. Lo único que anhelaban los soldados combatientes en los meses previos a la paz de aquel 1918, era que la guerra se acabara pronto, que nadie iba a ganarla porque todos la habían perdido.
Existe una incuestionable conexión entre las dos grandes guerras mundiales vividas durante el siglo XX: la paz envenenada del Tratado de Versalles, al final de la contienda sería, a la postre, el detonant
e que llevaría a Alemania a comenzar la segunda guerra mundial. No en vano llegó a exclamar el general Foch tras la firma del tratado: “Esto no es una paz, sino un armisticio para veinte años más”.
Y el periodista español E. Gómez Carrillo, refiriéndose a que los firmantes declaraban que el resultado de esa guerra debía de imposibilitar las siguientes, dejó escrito: “Uno se pregunta cuántas veces la misma frase debe de haber sido pronunciada a través de los siglos. Cada lucha de reyes y emperadores fue la última. Cada guerra mató la guerra”.

(Para la confección de este Comentario se han utilizado textos de Luis Meana, Max Hastings, Guillermo Altares y Revista Frontera).
(Si te agradó el escrito pincha en Me Gusta)

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ARTÍCULO:EL “ORIENTE DE ASTURIAS”, ¿UNA HISTORIA DE INSENSIBILIDAD?

Hace solo dos meses que EL ORIENTE DE ASTURIAS, un periódico regional de la comarca oriental asturiana, ha iniciado los trámites pertinentes para su cierre. Nacido en la lejana fecha de 1868, el decano de la prensa asturiana y uno de los más antiguos, si no el que más, a nivel nacional, ha parado las prensas de su impresión en papel y el característico sonido de los ordenadores para su edición digital. 150 años de prensa local, cercana, entrañable, se van al garete en medio de la reconocida y flagrante insensibilidad de las autoridades y órganos culturales locales, del Principado asturiano y de ámbito nacional.
Un periódico sencillo, “Revista semanal de intereses Morales, Materiales, Noticias y Anuncios”, como reza la línea bajo su cabecera, pregonero de los prados, poseedor en sus estantes de una información centenaria, un ejemplo perfecto del periodismo de antes, romántico, ciudadano y amigable, no encuentra la pequeña ayuda necesaria para persistir en su empeño en medio del cierre estival de organismos públicos e instituciones.
Hay que haber nacido en 1868 y haber sobrevivido a la Restauración, la pérdida de las colonias, la guerra de África, la dictadura corta, la República, la revolución del 34, la guerra incivil, la gran guerra y la segunda guerra mundial, la dictadura larga y su posterior agonía, la llegada de la democracia a nuestro país, sus controversias y amenazas, hay que haber narrado los avatares y la vida durante todos esos años de miles de asturianos de la comarca oriental, hay que haber sabido resistir en el mundo periodístico mientras ven desaparecer a Región, El Carbayón, La Voz de Asturias, El Noroeste, Avance o La Tarde , para darle el justo valor a un pequeño periódico que siempre estuvo ahí, cumpliendo con su misión: informar, avisar, celebrar, denunciar, propagar pedagogía ciudadana y servir de ligazón y comunicación a los miles de paisanos asturianos de varias generaciones que se han servido de sus páginas para conectar con su región.
Hubo un tiempo en Asturias en el que muchos de sus hijos tuvieron que emigrar: grandes regiones de Cuba, México, Argentina, Venezuela o Chile no serían hoy lo que son si no fuera debido, en parte, al esfuerzo y la laboriosidad de miles de asturianos que crearon riqueza, se mezclaron con sus pobladores, fundaron negocios y , en muchos casos, familias cuyos descendientes se hallan hoy perfectamente integrados en los países allende el mar que los vieron nacer. Muchos murieron allí y allá reposan sus restos, otros volvieron acá, a veces con escasas rentas, otros con un pingüe capital. El Oriente de Asturias era la conexión de aquellos emigrados con los paisajes y familias que dejaban atrás; el pequeño periódico ha sido, hasta su reciente cierre, el puente necesario para que aquellos siguieran ligados por la información común. Una labor hercúlea que el pequeño equipo redactor solo podía hacer merced a las noticias que le llegaban de un lado y otro del océano para su difusión.
Los casi 150 años, número a número, mes a mes, año a año, que se conservan en su cuidada hemeroteca y sus antiguas máquinas, centenaria alguna de ellas, deben, por otra parte, tener algún valor para algún instituto, facultad universitaria o empresa editorial relacionada con la cultura o el periodismo, a escala regional o nacional.
El instinto de conservación, el último en desaparecer, del equipo del Oriente de Asturias, les mantiene estos días en la melancólica espera de un dictamen del organismo competente en materia cultural del Principado o del arranque de un mecenas, un patrón o alguna institución, que ayude con su aporte y apoyo a sufragar el gasto que conlleva la publicación de su diario semanal. A buen seguro que si alguna persona física, jurídica o institucional, se pusiera a examinar la situación con buena voluntad, sensibilidad y afán cultural, hallaría algún modo conveniente de ayudar a que un periódico centenario e histórico, como el que nos ocupa, pudiera continuar prestando su labor.

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ARTÍCULO: Un paseo por la moda.

Hasta tiempos no demasiado lejanos la historia de la moda se hacía desde la secuencia y la evolución de sus contenidos. Durante la Edad Media, sin ir más lejos, las leyes suntuarias servían al mecanismo de control político y económico al servicio de las élites. La vestimenta se movía en un mundo de apariencias y etiquetas formulistas. Todavía en 1675, Luis XIV fundaba el gremio de modistas, con cuatro categorías, a saber, modistas de trajes, de niños, de lencería y de accesorios. París era, ya entonces, una de las cunas, si no la única, de la moda. Un viajero escribe en 1772 lo siguiente:
“Estar en París sin ver las modas es cerrar los ojos. Las plazas, las calles, las tiendas, los equipajes, los vestidos, las personas, todo es moda. Un traje de quince días se considera viejo por las gentes del bel air. Ellas están deseosas de telas nuevas, de encuadernaciones inéditas, de amigos del día. Mientras una moda surge, la capital se vuelve loca y nadie sale si no está engalanado con los nuevos adornos”
El 29 de octubre de 1793 la Convención Nacional francesa declaró el principio universal de libertad indumentaria, tan opuesto al reglamentismo impuesto por Luis XVI.
Luego llegó el Romanticismo que acabaría por convertirse en la expresión cultural de la Revolución. Aunque el idealismo romántico interpretaba la condición femenina como la de un ser frágil, delicado e inaccesible, reservado a algunas clases sociales , acabar con lo viejo y vivir en libertad significaban diseñar estilos inconformistas y distinguir los trajes oficiales, los de ornamentación y etiqueta , de las vestimentas urbanas más cercanas al pragmatismo burgués de otro tipo de mujer. El mundo sensible del vestido era sustituido por el universo de la estética y la libertad e innovación venían a reemplazar a las normas de etiqueta y la inflexibilidad de las reglas. Ahora mi mundo, parecían querer decirnos, se expresa también en las vestimentas.
Pero ya en el siglo XVIII, y en especial a partir del XIX, cada cultura individual y social empezó a poner el acento en los significados del fenómeno Moda desde el punto de vista económico y social. Durante muchos años la moda fue uno de los resultados de la separación de clases y servía al deseo de las élites de formar un círculo social cerrado y separado de los demás. Claro es que tal derecho era tenido como una injusticia desde el punto de vista de quienes no podían acceder a esa clase social. Tal era la paradoja de la moda, la perversión de su esencia, lanzaba mensajes para espíritus elevados y bolsillos llenos, hombres y mujeres de edad madura que aspiraban a alcanzar con el cuidado del cuerpo la eterna juventud. Todos sabían que para apropiarse de las modas había que ser rico, y que para ser rico, por lo general, había que ser viejo. Ello era tanto así que los modistos y firmas que anunciaban constantemente la novedad de sus diseños, no se dirigían a los jóvenes de aquel tiempo, sino a los mayores y a los viejos, cada vez más abundantes, cada vez más dispuestos si no a retrasar su edad sí a vivir alejados de la próxima finalización de su tiempo vital.
En pleno siglo XIX, en fin, aparece Baudelaire y crea un nuevo dandismo con su modo de vivir bohemio, intelectual y artístico, y sus escritos o. Y lo que resultaría más importante, la moda entra a formar parte de la visión filosófica sobre la evolución de la sociedad.
Para articular la lectura de la filosofía de la moda es necesario conceder a la moda una cierta autonomía como forma cultural. Las togas de lino de los estoicos, las sedas a lo Pompadour, las poleras blancas de Foucault, los trajes de Jean P. Sartre, los trajes talares monacales, el minimalismo negro o las camisas de seda de Bernard Henry Levy, poseen un significado parecido al de la moda deconstructivista de los años 80 y 90 del siglo pasado que embebía las ideas del filósofo Derrida para llevarlas al plano de la moda y el vestir.
La moda para Simmel es una forma cultural que no depende de un individuo sino de una industria específica diseñada para crear una cultura cambiante bajo el apellido de modernidad. La paradoja del individualismo, sin embargo, nos lleva a pensar más en la uniformidad que en la diferenciación. Hoy en día es difícil encontrar a alguien que, de una u otra manera, no aparezca uniformado; todos formamos parte de algún grupo o subcultura que requiere unas ciertas señas de identidad. Si el dandismo del siglo XIX encontraba en el vestir un modo de afirmación de la propia personalidad, hoy la moda es más un esquema de normalización dentro de un nicho social; ahí está para demostrarlo, la aparición del traje en serie, sobrio, austero, cerrado, oscuro, centrado exclusivamente en la funcionalidad del trabajo.
Schopenhauer, filósofo del pesimismo, será, desde otro punto de vista, quien situará la idea de la fugacidad junto a la propensión al cambio. Partiendo de su base filosófica acerca de lo efímero, la finitud de la moda llevará al convencimiento de que toda moda nace muerta como tal, de que el diseño de nuestra indumentaria resulta pasajero y breve, de que tardamos poco tiempo en hartarnos de ella porque nos proporciona solamente un alivio momentáneo.
Podemos pensar, pues, en los diferentes estilos o tendencias de la moda como expresiones de determinadas ideas filosófico-sociales, significados que reposan por detrás de su apariencia de mundanidad. Desde ese punto de vista, la alta costura, el pret a porter, los jeans o el uniforme traje de trabajo, no son otra cosa que manifestaciones de un modo de pensar o resultados concretos de la mentalidad subyacente en cada época sobre el cuerpo humano y su manifestación.
Se acepta comúnmente que el nacimiento de la moda, como mecanismo, se produce a mediados del siglo XIX de la mano de Charles F. Worth, iniciador de la utilización de modelos para mostrar las prendas y del sistema de la Alta Costura basado en la creación de bocetos únicos, realizados con antelación, presentados al posible cliente en salones lujosos preparados ad hoc, elegidos por este y confeccionados a medida y gusto del comprador. Worth suponía, por tanto, un sistema de trabajo independiente, creativo e innovador, pero también el afán por la creación de algo único e irrepetible y la búsqueda en las tendencias del arte para su realización.
La Alta Costura tuvo su lógica continuidad en la reproducción seriada de los modelos únicos para el público en general. Algo que se denominará pret a porter, una forma distinta que rompe con la unicidad, una ropa confeccionada para todos los días sin perder por ello un sello de distinción e identificación. Poiret fue el primer diseñador de éxito que trató de vestir a las gentes de una época, no solo a las élites, cambiando así los valores académicos de la costura tradicional, renovando los tejidos utilizados y editando catálogos para dar publicidad.
En el pret a porter juega más el gusto personal para diferenciarse de los demás que su carácter único y su irrepetibilidad. Poco después aparecería C. Chanel, suficientemente versátil para mezclar la alta costura y la cultura popular, el traje masculino y la moda femenina, la ropa de trabajo y la del ocio, los estilos rural y urbano, la indumentaria deportiva y el vestido de noche y de soirée. Su amistad con los genios de las vanguardias de la época, Diaguilev, Strawinsky, Cocteau, Picasso, le sirvió tanto de inspiración como de una vía para acrecentar la relación entre la moda y las corrientes artísticas a la mode.
El uniforme de trabajo, el vestido o el traje urbano cede paso a partir de mediados del siglo XX a un nuevo concepto que se populariza rápidamente de la mano de Levi Strauss, su primer impulsor reconocido. Me refiero a los jeans. Diseñados originalmente para el trabajo rural, la uniformidad del “vaquero”, como lo denominamos nosotros, pasa por el culto a la juventud, a la seducción y a la belleza; no expresa tanto la elegancia cuanto una diferente actitud ante la vida, una especie de anarquía que diferencia al que lo lleva, pero que halla su mayor expresión, he ahí la paradoja, en la repetición de esa diferencia, al revés de la unicidad irrepetible que proponía la Alta Costura.
Tres son los exponentes más reconocidos de la moda hoy en día, las modelos que desfilan por las pasarelas, los diseñadores con firma y su contrario, el retail, y el mundo del espectáculo, especialmente el musical:
Cuando David Bowie canta Fashion, George Michael Freedom 90, Madonna interpreta Vogue o Kate Moss, icono pop de la moda, se lanza a interpretar Some velvet morning con su rara voz, están uniendo los destinos de esa burbuja cultural que aglutina en un solo concepto a las pasarelas, las modelos, el diseño y la personalización en el vestir. Nada tiene de extraño que la modelo Claudia Shiffer se lance a diseñar prendas de cachemira o monturas de gafas, que Kate Moss pruebe suerte en el diseño de vestidos de noche, blusas con transparencias, ropa casual o los microshorts, o que Heidi Klum cree moda pre-mamá o infantil. Por último los diseñadores más famosos al servicio de marcas de lujo, o la llamada moda de autor, el desafío del retail, las tiendas taller, y otras versiones diferentes del vestir actual, que tratan de resolver los dilemas de una industria plural que factura cantidades multimillonarias pero que ha de reinventarse cada día para jugar en la disputa de lo que en realidad los mantiene vivos, el cliente consumidor.

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