ARTÍCULO: El Centenario de la Gran Guerra.

( Recomiendo leer previamente el Artículo publicado en este mismo blog el 7 de junio de 2014 con el título : Apuntes sobre la guerra en la literatura y en la ciencia ).

La primera guerra mundial, llamada en su origen la Gran Guerra, representa como ninguna otra el cúmulo de desgracias y locuras ocurridas antes y después del fatídico mes de julio de 1914. El asesinato en Sarajevo del archiduque de Austria y de Hungría, sobrino del káiser alemán, fue el suceso que desató su arranque, cuando Alemania respaldó la acción bélica de represalia iniciada por Austria en los Balcanes. Sin Bismarck ya al frente del país alemán, con un Guillermo II, emperador ya viejo y algo trastornado, con el afán de venganza por parte de los austrohúngaros, y con unos generales alemanes que soñaban con jugar a las guerras para ganar nuevos honores tras su segura victoria, cobró nuevas fuerzas la corriente cultural enraizada desde hacía siglos en Alemania, deseosa de reeditar las hazañas del Sacro Imperio Germánico. Los jóvenes austrohúngaros y alemanes, herederos directos de un siglo de cultura basada en el idealismo y la utopía mesiánica, en el heroísmo romántico y en los sueños de grandeza, pensaban en las pasadas contiendas , luchas de hombre contra hombre, a pie o a caballo, con pequeños cañones, fusiles, pistolas, sables y espadas y auguraban que la guerra sería corta. Toda nación, decían, necesitaba una gran guerra para convertirse en un gran pueblo.
Sus generales, entretanto, seguros de poder pasar por encima de los ejércitos ruso y francés, aliados por entonces, desdeñaban la entrada de terceros países en la contienda, singularmente Gran Bretaña. Se dice que el viejo káiser, primo por cierto del rey británico y amigos ambos de la infancia, exclamó despectivamente cuando le mencionaron esa duda: “ Bah, los barcos no tienen ruedas”.
Unos días más tarde del 28 de julio de 1914, inicio de la guerra, cuando los alemanes invadieron Bélgica, aliado de Gran Bretaña, incendiando pueblos enteros, devastando las ciudades, fusilando a sangre fría, aprisionando rehenes y asesinando a civiles inocentes de toda clase y condición, los británicos se subieron a los trenes, concentraron en sus puertos barcos grandes y pequeños de toda clase y condición, y el 4 de agosto entraron en la contienda ( los lectores que hayan visto la estupenda serie de la BBC inglesa, Arriba y abajo, recordarán los capítulos en los que se recoge el fervor patriótico de sus personajes, no exento de romanticismo, por el papel de su país en la defensa solidaria de las vidas de sus aliados ante la barbarie de las tropas alemanas en su camino hacia Francia. Daremos a los alemanes una lección que no podrán olvidar, es la consigna que se extrae de las imágenes de la gente cuando acude a alistarse).
El valenciano V. Blasco Ibáñez, como ya he reflejado en otro comentario, escribía en 1914 en el prólogo de Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, su famosa novela: “ Los oía hablar con entusiasmo de la guerra preventiva y celebrar con una copa de champaña en la mano la posibilidad, cada vez más cierta, de que Alemania declarase la guerra sin reparar en pretextos.
Y Stefan Zweig, cuatro años más tarde, terminada la guerra en 1918 refleja: “Si hoy nos preguntáramos por qué Europa fue a la guerra en 1914, no hallaríamos ni un fundamento razonable, ni un solo motivo. De repente todos los estados se sintieron fuertes, olvidando que los demás sentían lo mismo: todos querían más y todos querían algo de los demás. Y lo peor fue que nos engañó la sensación que más valorábamos todos: nuestro optimismo común”.
Una guerra, en suma, a la que historiadores, filósofos y escritores expertos, han dado en apodarla con diversas acepciones: popular, inevitable, falsa, romántica, excesiva, estúpida, son algunos de los adjetivos que se le han adjudicado a una guerra que empezó a gestarse en los irredentos sueños y ambiciones de la milicia alemana y en los vaticinios de una sociedad engañada que auguraba una cadena de victorias fulgurantes bajo los cálidos efluvios del anisete y el champagne.
La primera parte de la guerra, la batalla por las fronteras, se decantó fácilmente a favor de Alemania. En el Marne, en el Somme, los soldados avanzaban a la antigua usanza, entre atabales y tambores, banderas, penachos, canciones patrióticas y ojos llenos de miradas emocionadas y llenos de ardor. Pero a las exitosas y rápidas invasiones iniciales le sucedió a partir de septiembre la estabilización del frente en la línea del Marne. La guerra ya no sería corta tras convertirse en una kilométrica línea de trincheras y alambradas, una gran cicatriz que rompía el verde de los campos.
Algo parecido ocurriría en el mar. Al poderío naval británico por el número de barcos se oponía la mejor dotación técnica en armamento y control de tiro de la marina alemana. la batalla de Jutlandia, 250 barcos de toda clase y condición, supondría un empate técnico: Alemania perdió 2551 marineros y ganó el crédito táctico necesario para empezar a desarrollar los navíos sibmarinos; por Gran Bretaña murieron 6094 hombres pero quedó acreditada su fortaleza estratégica. 8.645 vidas en total se perdieron en la principal batalla naval de la Gran Guerra sin que ninguno de los contendientes derrotara definitivamente al enemigo.
Al tórrido verano de 1914 le sucedió un otoño y un invierno de fríos y fangos en la hondonada de las trincheras, agujeros inmundos llenos de paja empapada para taponar los hoyos y rodeados de cascotes y piedras que parecían trozos de hielo sepultados por la nieve. De trinchera en trinchera, con al agua hasta la cintura, la guerra se estabilizó durante varios meses entre la línea del Marne y el Mar del Norte. Como escribió con acierto el periodista y reportero español Gómez Carrillo: “La guerra, vista de cerca, no es bella, no. Es horrible.”
En la Gran Guerra se consagraron nuevas tácticas militares y diversas armas nuevas, terribles la mayoría de ellas, de eficacia mortífera a distancia. Ametralladoras, gases venenosos y máscaras antigás, submarinos y aviación de defensa, ataque y reconocimiento, aniquilaban a miles de hombres sin que estos pudieran defenderse cuerpo a cuerpo. La falta de suministros y de equipos sanitarios y el empleo de tales armas, desconocidas hasta entonces, precisaron una organización tan novedosa y compleja que los estados mayores de los contendientes no podían ofrecer. Bien puede decirse que, en ambos aspectos, armas y estrategias, la guerra del 14 fue el primer escenario para lo que vendría después.
4 años más tarde los campos de Europa presentaban el aspecto de una inmensa carnicería. Los que volvían de la contienda (admirablemente reflejado en Arriba y abajo, la mencionada serie de la BBC inglesa) multiplicaban los relatos de inútil heroísmo en medio del horror vivido; la guerra había sido tan cruel, sin los viejos códigos de honor ni las tradicionales reservas éticas hasta entonces conocidas, que abundaban entre ellos la depresión y el hundimiento, creían escuchar constantemente la siega de las ametralladoras, contemplar la mortandad en grupos que provocaban los carros o respirar las nubes de gas venenoso con el que se moría lentamente en medio de estertores agudos. Lo único que anhelaban los soldados combatientes en los meses previos a la paz de aquel 1918, era que la guerra se acabara pronto, que nadie iba a ganarla porque todos la habían perdido.
Existe una incuestionable conexión entre las dos grandes guerras mundiales vividas durante el siglo XX: la paz envenenada del Tratado de Versalles, al final de la contienda sería, a la postre, el detonant
e que llevaría a Alemania a comenzar la segunda guerra mundial. No en vano llegó a exclamar el general Foch tras la firma del tratado: “Esto no es una paz, sino un armisticio para veinte años más”.
Y el periodista español E. Gómez Carrillo, refiriéndose a que los firmantes declaraban que el resultado de esa guerra debía de imposibilitar las siguientes, dejó escrito: “Uno se pregunta cuántas veces la misma frase debe de haber sido pronunciada a través de los siglos. Cada lucha de reyes y emperadores fue la última. Cada guerra mató la guerra”.

(Para la confección de este Comentario se han utilizado textos de Luis Meana, Max Hastings, Guillermo Altares y Revista Frontera).
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ARTÍCULO:EL “ORIENTE DE ASTURIAS”, ¿UNA HISTORIA DE INSENSIBILIDAD?

Hace solo dos meses que EL ORIENTE DE ASTURIAS, un periódico regional de la comarca oriental asturiana, ha iniciado los trámites pertinentes para su cierre. Nacido en la lejana fecha de 1868, el decano de la prensa asturiana y uno de los más antiguos, si no el que más, a nivel nacional, ha parado las prensas de su impresión en papel y el característico sonido de los ordenadores para su edición digital. 150 años de prensa local, cercana, entrañable, se van al garete en medio de la reconocida y flagrante insensibilidad de las autoridades y órganos culturales locales, del Principado asturiano y de ámbito nacional.
Un periódico sencillo, “Revista semanal de intereses Morales, Materiales, Noticias y Anuncios”, como reza la línea bajo su cabecera, pregonero de los prados, poseedor en sus estantes de una información centenaria, un ejemplo perfecto del periodismo de antes, romántico, ciudadano y amigable, no encuentra la pequeña ayuda necesaria para persistir en su empeño en medio del cierre estival de organismos públicos e instituciones.
Hay que haber nacido en 1868 y haber sobrevivido a la Restauración, la pérdida de las colonias, la guerra de África, la dictadura corta, la República, la revolución del 34, la guerra incivil, la gran guerra y la segunda guerra mundial, la dictadura larga y su posterior agonía, la llegada de la democracia a nuestro país, sus controversias y amenazas, hay que haber narrado los avatares y la vida durante todos esos años de miles de asturianos de la comarca oriental, hay que haber sabido resistir en el mundo periodístico mientras ven desaparecer a Región, El Carbayón, La Voz de Asturias, El Noroeste, Avance o La Tarde , para darle el justo valor a un pequeño periódico que siempre estuvo ahí, cumpliendo con su misión: informar, avisar, celebrar, denunciar, propagar pedagogía ciudadana y servir de ligazón y comunicación a los miles de paisanos asturianos de varias generaciones que se han servido de sus páginas para conectar con su región.
Hubo un tiempo en Asturias en el que muchos de sus hijos tuvieron que emigrar: grandes regiones de Cuba, México, Argentina, Venezuela o Chile no serían hoy lo que son si no fuera debido, en parte, al esfuerzo y la laboriosidad de miles de asturianos que crearon riqueza, se mezclaron con sus pobladores, fundaron negocios y , en muchos casos, familias cuyos descendientes se hallan hoy perfectamente integrados en los países allende el mar que los vieron nacer. Muchos murieron allí y allá reposan sus restos, otros volvieron acá, a veces con escasas rentas, otros con un pingüe capital. El Oriente de Asturias era la conexión de aquellos emigrados con los paisajes y familias que dejaban atrás; el pequeño periódico ha sido, hasta su reciente cierre, el puente necesario para que aquellos siguieran ligados por la información común. Una labor hercúlea que el pequeño equipo redactor solo podía hacer merced a las noticias que le llegaban de un lado y otro del océano para su difusión.
Los casi 150 años, número a número, mes a mes, año a año, que se conservan en su cuidada hemeroteca y sus antiguas máquinas, centenaria alguna de ellas, deben, por otra parte, tener algún valor para algún instituto, facultad universitaria o empresa editorial relacionada con la cultura o el periodismo, a escala regional o nacional.
El instinto de conservación, el último en desaparecer, del equipo del Oriente de Asturias, les mantiene estos días en la melancólica espera de un dictamen del organismo competente en materia cultural del Principado o del arranque de un mecenas, un patrón o alguna institución, que ayude con su aporte y apoyo a sufragar el gasto que conlleva la publicación de su diario semanal. A buen seguro que si alguna persona física, jurídica o institucional, se pusiera a examinar la situación con buena voluntad, sensibilidad y afán cultural, hallaría algún modo conveniente de ayudar a que un periódico centenario e histórico, como el que nos ocupa, pudiera continuar prestando su labor.

(Si se usa este contenido, no olvidar mencionar la fuente. Gracias.)

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ARTÍCULO: Un paseo por la moda.

Hasta tiempos no demasiado lejanos la historia de la moda se hacía desde la secuencia y la evolución de sus contenidos. Durante la Edad Media, sin ir más lejos, las leyes suntuarias servían al mecanismo de control político y económico al servicio de las élites. La vestimenta se movía en un mundo de apariencias y etiquetas formulistas. Todavía en 1675, Luis XIV fundaba el gremio de modistas, con cuatro categorías, a saber, modistas de trajes, de niños, de lencería y de accesorios. París era, ya entonces, una de las cunas, si no la única, de la moda. Un viajero escribe en 1772 lo siguiente:
“Estar en París sin ver las modas es cerrar los ojos. Las plazas, las calles, las tiendas, los equipajes, los vestidos, las personas, todo es moda. Un traje de quince días se considera viejo por las gentes del bel air. Ellas están deseosas de telas nuevas, de encuadernaciones inéditas, de amigos del día. Mientras una moda surge, la capital se vuelve loca y nadie sale si no está engalanado con los nuevos adornos”
El 29 de octubre de 1793 la Convención Nacional francesa declaró el principio universal de libertad indumentaria, tan opuesto al reglamentismo impuesto por Luis XVI.
Luego llegó el Romanticismo que acabaría por convertirse en la expresión cultural de la Revolución. Aunque el idealismo romántico interpretaba la condición femenina como la de un ser frágil, delicado e inaccesible, reservado a algunas clases sociales , acabar con lo viejo y vivir en libertad significaban diseñar estilos inconformistas y distinguir los trajes oficiales, los de ornamentación y etiqueta , de las vestimentas urbanas más cercanas al pragmatismo burgués de otro tipo de mujer. El mundo sensible del vestido era sustituido por el universo de la estética y la libertad e innovación venían a reemplazar a las normas de etiqueta y la inflexibilidad de las reglas. Ahora mi mundo, parecían querer decirnos, se expresa también en las vestimentas.
Pero ya en el siglo XVIII, y en especial a partir del XIX, cada cultura individual y social empezó a poner el acento en los significados del fenómeno Moda desde el punto de vista económico y social. Durante muchos años la moda fue uno de los resultados de la separación de clases y servía al deseo de las élites de formar un círculo social cerrado y separado de los demás. Claro es que tal derecho era tenido como una injusticia desde el punto de vista de quienes no podían acceder a esa clase social. Tal era la paradoja de la moda, la perversión de su esencia, lanzaba mensajes para espíritus elevados y bolsillos llenos, hombres y mujeres de edad madura que aspiraban a alcanzar con el cuidado del cuerpo la eterna juventud. Todos sabían que para apropiarse de las modas había que ser rico, y que para ser rico, por lo general, había que ser viejo. Ello era tanto así que los modistos y firmas que anunciaban constantemente la novedad de sus diseños, no se dirigían a los jóvenes de aquel tiempo, sino a los mayores y a los viejos, cada vez más abundantes, cada vez más dispuestos si no a retrasar su edad sí a vivir alejados de la próxima finalización de su tiempo vital.
En pleno siglo XIX, en fin, aparece Baudelaire y crea un nuevo dandismo con su modo de vivir bohemio, intelectual y artístico, y sus escritos o. Y lo que resultaría más importante, la moda entra a formar parte de la visión filosófica sobre la evolución de la sociedad.
Para articular la lectura de la filosofía de la moda es necesario conceder a la moda una cierta autonomía como forma cultural. Las togas de lino de los estoicos, las sedas a lo Pompadour, las poleras blancas de Foucault, los trajes de Jean P. Sartre, los trajes talares monacales, el minimalismo negro o las camisas de seda de Bernard Henry Levy, poseen un significado parecido al de la moda deconstructivista de los años 80 y 90 del siglo pasado que embebía las ideas del filósofo Derrida para llevarlas al plano de la moda y el vestir.
La moda para Simmel es una forma cultural que no depende de un individuo sino de una industria específica diseñada para crear una cultura cambiante bajo el apellido de modernidad. La paradoja del individualismo, sin embargo, nos lleva a pensar más en la uniformidad que en la diferenciación. Hoy en día es difícil encontrar a alguien que, de una u otra manera, no aparezca uniformado; todos formamos parte de algún grupo o subcultura que requiere unas ciertas señas de identidad. Si el dandismo del siglo XIX encontraba en el vestir un modo de afirmación de la propia personalidad, hoy la moda es más un esquema de normalización dentro de un nicho social; ahí está para demostrarlo, la aparición del traje en serie, sobrio, austero, cerrado, oscuro, centrado exclusivamente en la funcionalidad del trabajo.
Schopenhauer, filósofo del pesimismo, será, desde otro punto de vista, quien situará la idea de la fugacidad junto a la propensión al cambio. Partiendo de su base filosófica acerca de lo efímero, la finitud de la moda llevará al convencimiento de que toda moda nace muerta como tal, de que el diseño de nuestra indumentaria resulta pasajero y breve, de que tardamos poco tiempo en hartarnos de ella porque nos proporciona solamente un alivio momentáneo.
Podemos pensar, pues, en los diferentes estilos o tendencias de la moda como expresiones de determinadas ideas filosófico-sociales, significados que reposan por detrás de su apariencia de mundanidad. Desde ese punto de vista, la alta costura, el pret a porter, los jeans o el uniforme traje de trabajo, no son otra cosa que manifestaciones de un modo de pensar o resultados concretos de la mentalidad subyacente en cada época sobre el cuerpo humano y su manifestación.
Se acepta comúnmente que el nacimiento de la moda, como mecanismo, se produce a mediados del siglo XIX de la mano de Charles F. Worth, iniciador de la utilización de modelos para mostrar las prendas y del sistema de la Alta Costura basado en la creación de bocetos únicos, realizados con antelación, presentados al posible cliente en salones lujosos preparados ad hoc, elegidos por este y confeccionados a medida y gusto del comprador. Worth suponía, por tanto, un sistema de trabajo independiente, creativo e innovador, pero también el afán por la creación de algo único e irrepetible y la búsqueda en las tendencias del arte para su realización.
La Alta Costura tuvo su lógica continuidad en la reproducción seriada de los modelos únicos para el público en general. Algo que se denominará pret a porter, una forma distinta que rompe con la unicidad, una ropa confeccionada para todos los días sin perder por ello un sello de distinción e identificación. Poiret fue el primer diseñador de éxito que trató de vestir a las gentes de una época, no solo a las élites, cambiando así los valores académicos de la costura tradicional, renovando los tejidos utilizados y editando catálogos para dar publicidad.
En el pret a porter juega más el gusto personal para diferenciarse de los demás que su carácter único y su irrepetibilidad. Poco después aparecería C. Chanel, suficientemente versátil para mezclar la alta costura y la cultura popular, el traje masculino y la moda femenina, la ropa de trabajo y la del ocio, los estilos rural y urbano, la indumentaria deportiva y el vestido de noche y de soirée. Su amistad con los genios de las vanguardias de la época, Diaguilev, Strawinsky, Cocteau, Picasso, le sirvió tanto de inspiración como de una vía para acrecentar la relación entre la moda y las corrientes artísticas a la mode.
El uniforme de trabajo, el vestido o el traje urbano cede paso a partir de mediados del siglo XX a un nuevo concepto que se populariza rápidamente de la mano de Levi Strauss, su primer impulsor reconocido. Me refiero a los jeans. Diseñados originalmente para el trabajo rural, la uniformidad del “vaquero”, como lo denominamos nosotros, pasa por el culto a la juventud, a la seducción y a la belleza; no expresa tanto la elegancia cuanto una diferente actitud ante la vida, una especie de anarquía que diferencia al que lo lleva, pero que halla su mayor expresión, he ahí la paradoja, en la repetición de esa diferencia, al revés de la unicidad irrepetible que proponía la Alta Costura.
Tres son los exponentes más reconocidos de la moda hoy en día, las modelos que desfilan por las pasarelas, los diseñadores con firma y su contrario, el retail, y el mundo del espectáculo, especialmente el musical:
Cuando David Bowie canta Fashion, George Michael Freedom 90, Madonna interpreta Vogue o Kate Moss, icono pop de la moda, se lanza a interpretar Some velvet morning con su rara voz, están uniendo los destinos de esa burbuja cultural que aglutina en un solo concepto a las pasarelas, las modelos, el diseño y la personalización en el vestir. Nada tiene de extraño que la modelo Claudia Shiffer se lance a diseñar prendas de cachemira o monturas de gafas, que Kate Moss pruebe suerte en el diseño de vestidos de noche, blusas con transparencias, ropa casual o los microshorts, o que Heidi Klum cree moda pre-mamá o infantil. Por último los diseñadores más famosos al servicio de marcas de lujo, o la llamada moda de autor, el desafío del retail, las tiendas taller, y otras versiones diferentes del vestir actual, que tratan de resolver los dilemas de una industria plural que factura cantidades multimillonarias pero que ha de reinventarse cada día para jugar en la disputa de lo que en realidad los mantiene vivos, el cliente consumidor.

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ARTÍCULO: La mujer barbuda y otros frikis

La reciente aparición del cantante ganador/a del último certamen de Eurovisión celebrado en Dinamarca, una drag queen, vestida de mujer, voz de mujer, acicalado rostro de mujer, cabellera larga y larga barba de varón, ha vuelto a poner en danza toda la imaginería de las mujeres velludas y barbudas que durante siglos han dominado parte de la cultura del mundo civilizado occidental. La mujer barbuda y la gente pilosa son restos de un pasado en el que el cuerpo femenino no había sido asaltado aún, en proporciones tan elevadas, por la industria cosmética.
Aún recuerdo mi sorpresa, hace más de treinta años, cuando, al doblar una esquina en un agradable paseo por una zona rural, tropecé con el inconfundible rostro de una mujer de mediana edad adornado, sin lugar a dudas, con un bigote nutrido, negro, cuidado, sobre el labio superior. La impresión fue tan viva en aquel preciso instante que sigue fijada en mi memoria a pesar del tiempo transcurrido.
La ausencia de barba es un rasgo que distingue a la mujer del hombre desde muchos siglos atrás y que resiste hoy en día con carácter general gracias a la poderosa industria cosmética y al afán cultural de nuestro tiempo acerca del rostro y cuerpo lampiños de la mujer.
El hirsutismo es la aparición en la mujer de pelo en ciertas áreas corporales que dependen de la testosterona, la hormona masculina, sin que ello signifique en cambio, ningún otro fenómeno o grado de virilización.
Existen ecos y leyendas desde tiempos antiguos de mujeres barbudas. Tal es el caso de una Venus barbuda adorada como deidad en Chipre, la barba, real o postiza, de la reina Hatshepsut en Egipto, las Santas Barbudas, Marías Magdalenas que recorren toda la Edad Media, o el caso de Juan de Mandeville, que en 1524 presenta en su Libro de las maravillas del mundo u na serie de personajes, femeninos varios de ellos, que tienen los pies como pezuñas de caballo o hasta cinco o seis brazos, todo el cuerpo velludo, rabo como los animales o largas barbas.
La mujer velluda, la mujer barbuda, el hombre elefante, el hombre-simio, la mujer gato, la mujer pantera, el hombre lobo, recorren los escenarios durante los siglos 17 y siguientes. El siglo paradigmático, sin embargo, en el caso de las mujeres barbudas y su asociación al bestialismo ha sido el XIX, un tiempo en el que la asociación de la teoría de los humores de Galeno e Hipócrates con los titubeantes comienzos de la medicina científica, dio lugar a la aparición de tales personajes en los circos de todo el mundo como su principal atracción. Las crónicas y semanarios de aquellas épocas aparecían en prensa junto a los reclamos publicitarios de tales espectáculos. El gentío se agolpaba en las graderías para observar lo nunca visto y era rotundo el éxito de tales presentaciones en las más grandes compañías circenses que recorrían el mundo. No se debe obviar tampoco en lo relativo a este tema la influencia que tuvo en la sociedad de la época la obra de C. Darwin, El origen del hombre, 1871; la conexión de su teoría de la evolución humana con la popular idea del eslabón perdido que unía en el mismo paquete la evolución de los monos con la antigua existencia de los sátiros y el frecuente caso de seres humanos con rasgos animaloides. De pronto se hicieron célebres seres que recorrían el mundo en teatros y espectáculos cubiertos de pelo negro y largo de los pies a la cabeza y con un rostro similar al de los gorilas.
Llamativo también el caso de Julia Pastrana, la mexicana llamada la mujer pilosa y barbuda, o la mujer más fea del mundo, cuyo hirsutismo era de tal grado y la composición del rostro tan simiesco, que la gente se agolpaba para verla sin fijarse, en cambio, en que estaba dotada de un cuerpo bien formado que llegaría a ser madre, apreciaba la lectura y era inteligente y rápida en el diálogo y la comprensión. Era, sin lugar a dudas, una persona normal, guapa a su manera, ama de casa y madre de familia, aunque se ganaran la vida en los espectáculos circenses a favor de unos espectadores tan amigos de exagerar todo lo extraordinario como de exhibir sin pudor alguno su papanatismo.
El rostro femenino velludo se ha asociado habitualmente a lo transexual o a lo bestial. El caso de la mujer barbuda emparentada con lo bestial pertenece al género de la ficción, al mundo de la leyenda, al espectáculo sorprendente, a la crédula incredulidad. La pilosidad excesiva repartida por todo el cuerpo – hipertricosis- atraía tanto público como el hirsutismo, mujeres barbudas con un desarreglo hormonal leve que afectaba al pelo de las mejillas y sobre el labio superior.
Durante muchos años y a lo largo de varios siglos, casos como los de los renombrados Circus T. Barnum, Circo Queer, Circo Amok o los espectáculos privados en las mansiones aristocráticas de ricos y potentados, fueron el vehículo preferido por las mujeres barbudas y sus mentores para ganarse la vida y asegurar el futuro.
El público se choteaba de su aspecto animal y exigía a voz en grito que demostraran su humanidad, lo que llegó a obligar a muchas de ellas a cantar y bailar, a dialogar con el público o a presentarse en escena como Dios las trajo al mundo. La que quisiera aparentar sencillez, llevar vida normal, se veía obligada por el patrón del espectáculo a explotar su encanto como monstruo e, incluso, el atractivo sexual que despertaba en las mentes calenturientas.
El mundo del arte no ha sido tampoco ajeno a tales representaciones. De la presencia en la Corte Real de mujeres barbudas junto a los enanos, bufones y otros personajes estrafalarios, dan buena cuenta, entre muchas otras obras, pintores como Sanchez Cotán (Brígida del Río, la barbuda de Peñaranda- 1590) o José Ribera (Retrato de Magdalena Ventura-1631- o La mujer barbuda,) en el Museo del Prado de Madrid, las dos primeras o en el Hospital de Tavera de Toledo la última. También en el trabajo de los ilustradores, como las estampas de Darwin como hombre simio procedentes de las publicaciones de época como la revista Hornet.

A pesar del paso del tiempo, aunque el mundo actual se ha abierto más que antes a los fenómenos relacionados con la diversidad, el reciente caso de la ganadora de Eurovisión, Conchita Wurst, se ha visto asociado más a la psicología freak(friki) que a la tendencia de respeto a la individualidad implantada en nuestra sociedad. No en vano la denominación de freak se acuñó hace ya muchos años para denominar a seres raros, extraños y estrafalarios, pero al mismo tiempo cercanos a cualquier cuerpo humano reconocido como normal.
Conchita Wurst es una “drag” de cuerpo sensual y barba frondosa, un varón transformista de 25 años que se trasviste de mujer y se pone barba postiza para ejercer su talento en el mundo de la canción. Tom Neuwirth, el artista detrás de la mujer barbuda, comenta a este respecto: “La persona privada, Tom Neuwirth y la figura artística, Conchita Wurst, se respetan. Tienen sus historias particulares pero traen un mensaje esencial de tolerancia y en contra de la discriminación”.
Thomas, nacido en 1988, graduado de la escuela de modas Graz School en 2011 y que comparte el mismo cuerpo con Conchita Wurst,( una especie de alter ego que en español se traduce como Conchita Salchicha), se define a sí mismo como un ser con “dos corazones que laten en su pecho”. Esta dualidad ha sido para Thomas un estilo de vida que le ha permitido liberarse de los prejuicios y “crear un precepto de tolerancia y aceptación que no se basa en las apariencias”. Su “gancho” en el escenario es su frondosa barba que luce con orgullo vestido de mujer. “Todas las personas deberían vivir sus vidas como lo deseen, siempre y cuando no le hagan daño a nadie”, afirma Conchita tras su rostro perfectamente maquillado y listo para el show.
Nada hay nuevo bajo el sol, reza el Eclesiastés, por eso resulta sorprendente ver tanto debate acerca de los géneros como existe hoy en día en la sociedad, en el arte, la cultura, la ciencia e, incluso, en la religión; los términos andrógino, transgénero, drag , bisexual, friki, transexual y tantos otros, recorren las páginas de los diarios y revistas, los programas de radio, las redes sociales y la web, los ciclos de conferencias, el cine y la televisión. Si tal hecho gozara de un examen exento de los prejuicios anclados en la tradición quizá llegáramos a descubrir que la mayor parte de las veces la solución a tanta contienda está en la comprensión honesta y sincera del mismo devenir de la humanidad.

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ARTÍCULO: Lo que va de ayer al hoy, hacer turismo o viajar.

Han pasado los tiempos en los que el vocablo viajero sonaba a romanticismo y llamar a alguien turista parecía peyorativo. Hoy día, las cosas han cambiado sin embargo; viajero suena hoy a corto plazo, a rapidez, a necesidad, mientras que el vocablo turismo es sinónimo de tiempo libre y ocio, de descanso y placer, de libertad de movimientos. Cuando Europa descubrió la necesidad de las vacaciones se descubrieron también los diversos climas, las diferentes tipologías veraniegas y el disfrute recreativo, deportivo, cultural o agitado. El inusitado avance de las comunicaciones y de las tecnologías de todo signo en los últimos cincuenta años, han despertado a ese fenómeno de masas que llamamos turismo, un sector económico en alza continua y un modo de propagar el conocimiento de los pueblos del mundo eliminando diferencias para acercarse a los demás.
Antiguamente se veraneaba, pero solo lo hacían las élites privilegiadas. Eran los tiempos en que la aristocracia inglesa ponía en el mapa la llamada Costa Azul (término sacado, por cierto, de un poema hoy día olvidado). En 1872 cerca de 160.000 turistas jugaban a la ruleta en el Gran Casino de Montecarlo. En 1900 hubo en Niza, Cannes y Montecarlo más de 20.000 turistas durante el invierno. El cementerio de Niza está lleno de tumbas de aristócratas rusos y de jóvenes acomodados que morían allí de tuberculosis; el protestante de Cannes, por su parte, alberga los restos de miles de jóvenes ingleses, enfermos también de tuberculosis, que llamados por la atracción de la costa prefirieron terminar sus días junto a la humedad del mar que en alguno de los famosos balnearios de montaña de Alemania o del Tirol.
Hasta el siglo XIX se viajaba en barco, a caballo, en carroza o diligencia, bajo amenazas continuas (físicas, naufragios, baches, barro, o humanas, bandoleros, salteadores, piratas o rufianes). El placer de viajar residía en el propio viaje, en la travesía, porque el viajero podía centrar su atención en las pequeñas cosas que veía desde la borda del barco o las ventanillas de un coche de caballos o, no mucho después, del tren. Las escenas del exterior, un libro, el periódico, la visión de otros viajeros, los carteles, las estaciones, las ciudades, constituían el principal deleite del viajero. Viajar era soñar, las ventanas de barcos, trenes y otros medios formaban una agradable sucesión de cuadros de paisajes con marco y el humo de las calderas parecía un soplo espiritual, una hermosa fuente de poesía. En España la moda era Biarritz, la reina de las playas y la playa de los reyes, seguida poco después por San Sebastián, donde la reina Isabel II lanzó la moda de bañarse en la segunda mitad del siglo XIX. Libros, fotografías y películas nos muestran los ritos del baño, la división de sexos, los camisones de baño, las carretas de bueyes que acercaban a los bañistas a la orilla del mar y la figura del bañero, un hombre corpulento que cargaba a las espaldas a los bañistas y los introducía en el mar.
La aparición del término turista data de la época del romanticismo inglés, aunque fue Stendhal el que lo popularizó, en 1838, tras escribir uno de sus libros de viajes bajo el título de Memorias de un turista. A España llega treinta años más tarde, cuando Gustavo Adolfo Bécquer describe a uno de los personajes de Cartas desde mi celda como un touriste, hombre raro y extraño, que se viste de manera inusual y viaja rodeado de paraguas, bastón, manta escocesa a cuadros y otros cachivaches.
Cuando Mariano José de Larra escribía: “Cada cual sabía que había otros pueblos en el mundo, a fuerza de fe, pero viajar por instrucción y por necesidad, ir a París, sobre todo, eso ya suponía ser un hombre superior, extraordinario, osado y valiente en todo”, no podía imaginar siquiera el conglomerado de opciones que tour-operadores, agencias de viajes, mayoristas y minoristas, o de grupo a gran escala, empresas aeronáuticas, ferrocarriles, navieras o de transporte terrestre, son capaces de poner en marcha para disposición de cuantos, grandes y chicos, creen que en el mundo existen todavía paraísos. Sol, mar, placer, gastronomía, cultura, deportes, aventuras, experiencias de diverso cuño, se venden sin ningún tapujo, acercan costumbres, y mentalidades, alteran paisajes y transforman el trabajo del hombre desde los sectores más primarios a los llamados de servicios. El turismo pone en marcha una poderosísima industria capaz de modificar la estructura social y económica de un país.
Es así como el viajero de antaño, aventurero, rico, sibarita, que apenas incidía en el mundo, le ha sucedido en nuestros días el turista de masas, que no viaja a la aventura sino a ver, sentir o disfrutar lo que previamente ha leído o visto en los medios de comunicación o de lo que ha oído hablar a quienes a su alrededor ya lo han podido experimentar. Pero hay una diferencia que parece sustancial: los viajeros de antaño gustaban de fundirse con las costumbres del lugar, sufrían sus inclemencias, vivían su modo de vivir y su alimentación; el turista de hoy, sin embargo, busca, en su mayoría, conocer lo distinto sin renunciar al nivel de sosiego al que está acostumbrado, el hotel, la seguridad en viaje, la comida occidental o un medio de transporte fiable y puntual. Las fantasías del hombre constituyen la materia prima con la que trabaja el turismo de hoy; si el viajero de antaño buscaba lo desconocido, en el turismo actual hay una poderosa industria que fabrica lugares, infraestructuras, ambientes, a los que poder atraer al turista para ofrecerle por una semana o dos una vida distinta de la suya habitual.
Pero no se preocupen quienes conservan aún la mentalidad de antaño, la del viajero en busca de descubrir lo exótico en los viajes de hoy: ante la previsible depreciación futura del turismo de masas (al fin y al cabo, nuestro planeta es finito), los más pudientes y atrevidos pueden ir afilando, si así les place, sus ansias por inaugurar un nuevo sueño viajero que ya se hace posible como una atractiva novedad: si hace cien años eran las nubes del humo las que dibujaban los sueños que podían hacerse realidad, hoy hay un nuevo sueño, más enigmático y grande, el turismo sideral.
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ARTÍCULO: Apuntes sobre la guerra en la literatura y la ciencia.

(EN RECUERDO DE LOS CIEN AÑOS DEL INICIO DE LA GRAN GUERRA(1914/1918) Y DE LOS SETENTA DEL DESEMBARCO DE NORMANDÍA ( 2ª Guerra Mundial) QUE ACABAMOS DE CELEBRAR).

En julio de 1914 noté los primeros indicios de la próxima guerra viniendo de B. Aires a las costas de Francia en el vapor alemán König Friedrich August, escribe el valenciano Vicente Blasco Ibáñez en el Prólogo al Lector de su famosa novela ”Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis”. Y añade: Los oí hablar con entusiasmo de la guerra preventiva y celebrar con una copa de champaña en la mano la posibilidad, cada vez más cierta, de que Alemania declarase la guerra sin reparar en pretextos.
El 28 de julio de 1914 se inicia en Centroeuropa un conflicto bélico mundial, la llamada Gran Guerra, desatado por los intereses imperialistas de la mayoría de los contendientes y el afán de guerrear propio de los altos militares que asesoraban al viejo emperador del Imperio Austro-Húngaro, al káiser alemán y al Zar ruso. En 1932, permanentes aún en el recuerdo las dimensiones de aquel conflicto, La Liga de Naciones propone al eminente científico Albert Einstein la realización de un intercambio de ideas con cualquier otro científico de su elección. El tema lo elige usted, es la única instrucción.
El 30 de julio de ese mismo año, Einstein escribe su carta desde una localidad de los Cárpatos, en las cercanías de Postdam. El tema elegido es “Los estragos de la guerra”. El interlocutor elegido, Sigmund Freud. Sé que en sus escritos- le anima Einstein al vienés- podemos hallar respuestas (…) sería para todos un gran servicio que usted explicara el problema de la paz mundial a la luz de sus descubrimientos más recientes….
Siendo inmune a las inclinaciones nacionalistas- escribe Einstein-, veo personalmente una manera simple de tratar el aspecto superficial( o sea, administrativo) del problema: la creación, con un consenso internacional, de un cuerpo legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto que surgiere entre las naciones.
Pero enseguida advierte que el primer problema es el del poder. El afán de poder de los gobernantes, aclara entonces, lleva aparejados los intereses mercenarios, económicos y políticos, de otros grupos de presión:
El derecho y el poder van inevitablemente de la mano(…) Me veo llevado de tal modo a mi primer axioma: el logro de la seguridad internacional implica la renuncia incondicional de todas las naciones a su libertad de acción, vale decir, en soberanía. Y está claro, fuera de toda duda, que ningún otro camino puede conducir a tal seguridad.
Cómo es posible que esta pequeña camarilla someta al juicio de sus ambiciones la voluntad de la mayoría… ¿Cómo es que estos procedimientos logran despertar en los hombres tan salvaje entusiasmo hasta llevarlos a sacrificar su vida?

Freud se da por aludido y contesta desde Viena en septiembre de ese mismo año, 1932. Tras advertir su inicial sorpresa por el tema propuesto y entender que no se trata de ofrecer soluciones prácticas, sino de reflejar un posible abordaje desde el punto de vista psicológico de tan controvertida cuestión, escribe:
Los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en principio mediante la violencia. Desde la pequeña horda primitiva apegada al uso de la fuerza muscular, el paso por el uso de instrumentos y armas, hasta la superioridad mental que ocupará el lugar de la fuerza bruta, el propósito último de la lucha ha seguido siempre el mismo camino, la desaparición o la paralización del antagonista.
Vicente Blasco Ibáñez, por su parte, continúa en su prólogo al lector:
Esta novela la escribí en París cuando los alemanes estaban a unas docenas de kilómetros de la capital y bastaba tomar un automóvil de alquiler en la plaza de la Ópera para hallarse en menos de una hora a pocos metros de sus trincheras, oyendo sus conversaciones a través del suelo siempre que cesaba el traqueteo de fusiles y ametralladoras, restableciéndose el silencio sobre los desolados campos de muerte. La guerra parecía atraernos y aglomerarnos a los habitantes de la ciudad (se refiere a París).
Y añade en otro lugar: Nuestra vida tenía algo de campamento. Los niños jugaban en la calle lo mismo que en un villorrio, toda clase de ruidos e incomodidades eran tolerados. ¡Quién iba a quejarse como en los tiempos normales, cuando la única preocupación era saber si el enemigo había avanzado o retrocedido, y al cerrar la noche todos mirábamos inquietos la negrura del cielo cortada por las mangas luminosas de los reflectores, preguntándonos si dormiríamos en paz o si las escuadrillas aéreas, con sus proyectiles, vendrían a interrumpir nuestro sueño. Pero el ambiente heroico de la guerra influía en nosotros, y durante cuatro años vivimos todos en París de un modo que nos asombra ahora recordarlo- remata el autor valenciano, en la cresta de su fama en aquel tiempo.
Sigmund Freud, entretanto, prosigue desglosando su respuesta a la petición de su amigo A. Einstein:
Sabemos que este régimen- continúa Freud- se modificó en el curso del desarrollo, que cierto camino llevó de la violencia al derecho. Pero, qué camino. Uno solo, creo yo…que la mayor fortaleza de uno podrá ser compensada por la unión de varios débiles… vemos que el Derecho es el poder de una comunidad. Ha de ser la comunidad quien organice la vida, una comunidad de intereses que vendrá delimitada por la comunidad de sentimientos y lealtades entre quienes la integran.
Y añade:
Sin embargo, un vistazo a la historia humana nos muestra una serie incesante de conflictos(…)que casi siempre se deciden mediante la confrontación de fuerzas en la guerra. La consecuencia última de estos procesos históricos, según el psicoanalista vienés, ha sido que la humanidad permutara numerosas guerras pequeñas e incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más devastadoras. Aplicado esto a nuestro presente- continúa Freud en su contestación – se llega al mismo resultado que usted obtuvo por un camino más corto(…) La prevención solo es posible, aclara, si los hombres acuerdan la institución de una instancia central encargada de entender en todos los conflictos de intereses.
Pero remata su pesimismo con la siguiente frase: parece, pues, que el intento de sustituir un poder objetivo por el poder de las ideas está hoy condenado al fracaso.
Esto dice S. Freud en 1932. Una visión llena de desesperanza como la que traslucía, dieciocho años antes, el prolífico novelista valenciano cuando escribe los proféticos párrafos finales de “Los cuatro jinetes del apocalipsis”:
Deseaba salir del mundo cuanto antes. No le inspiraba curiosidad el final de esta guerra que tanto le había preocupado. Fuese cual fuese su terminación, acabaría mal. Aunque la Bestia quedase mutilada, volvería a resurgir años después, como eterna compañera de los hombres.

Y cerramos estas líneas con dos apuntes más, el del psicoanalista vienés, en primer lugar:
(…) por eso, nos vemos precisados a sublevarnos ante la guerra, lisa y llanamente no la soportamos más. La nuestra no es una mera repulsa intelectual y afectiva: es en nosotros, los pacifistas, una intolerancia constitucional (…) ¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros se vuelvan también pacifistas? No es posible decirlo, pero caso no sea una esperanza utópica que el influjo de esos dos factores, el de la actitud cultural y el de la justificada angustia ante los efectos de una guerra futura, haya de poner fin a la guerra en una época no lejana (…) Entretanto, tenemos derecho a decirnos: todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra.
Y por fin el literato, que cierra su novela certificando el sentimiento humano de la desmoralización:
(…) resonaba a lo lejos el galope de los cuatro jinetes apocalípticos atropellando a los humanos. Vio un mocetón brutal, membrudo, con la espada de la guerra; al arquero de sonrisa repugnante con las flechas de la peste; al avaro calvo con la balanza del hambre; al cadáver galopante con la hoz de la muerte. Los reconoció como las únicas divinidades familiares y terribles que hacían sentir su presencia al hombre. Todo lo demás resultaba un ensueño. Los cuatro jinetes eran la realidad.

(Desde entonces acá, ochenta y dos años después – 1932/2014- y sin ánimo de ser exhaustivos, hemos conocido y vivimos un rosario de guerras, mundiales, nacionales, entre países vecinos, tribales, fronterizas, de intervención, coloniales, insurreccionales, revolucionarias, independentistas, religiosas, civiles, dinásticas, por no hablar de la llamada guerra fría, etc. O, si se quiere, utilicemos esta otra lista de adjetivos aplicables a la guerra: abierta, a muerte, de trincheras, aérea, a sangre y fuego, asoladora, campal, continental, de anexión, de asimilación, de campaña, de devastación, de emancipación, de exterminio, de guerrillas, de honor, de descontentos, de patrullas, de partidarios, de potencia a potencia, de propaganda, de raza, de reconquista, de recuperación, de represión, fratricida, intestina, marítima, santa, sistemática, subterránea, vandálica, nuclear, biológica, química, bacteriológica, informática o electrónica, del comercio… Sabe Dios lo que nos deparará el futuro tras el avance de la ciencia y la tecnología de guerra, cada vez más sofisticada, más mortífera, más indetectable al ojo humano, de un mayor alcance global).


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ARTÍCULO ( y también REFLEXIÓN) : Nuestros políticos

Echa una mirada a nuestros políticos actuales: ¿Te suena la música? ¿ De qué tiempo hablamos?

“La política, en su recio y verdadero sentido, es el arte de gobernar a los pueblos, de dictar buenas leyes, de fomentar las fuentes de riqueza. Esto o cosa parecida puede leerse en los buenos tratados de derecho político pero, por lo visto, nuestros políticos al uso lo han olvidado, o no lo han aprendido o no quieren practicarlo; alguna de estas tres cosas debe de haberles ocurrido. A muchos, seguramente la segunda, porque es notorio que la ignorancia es patrimonio de bastantes políticos de oficio, peste de la Administración y lepra del presupuesto. A otros muchos, es seguro que les ocurre la tercera, es decir, que no quieren practicar la buena política, porque es indudable que conocen el bien pero siguen el mal, porque saben cuál es la conveniencia de la nación y atienden la suya propia. Lo menos corriente es que nuestros políticos hayan olvidado lo que sabían, por lo general Dios los ha dotado de buena memoria; lo que les falta es buena voluntad para estudiar las necesidades del país y energía honrada para atenderlas.
La política al uso, la política en España, no es la que definen los tratadistas, es todo lo contrario. Más que gobernar al pueblo, atiende a gobernar al político, a dictarse leyes en su provecho y a fomentar sus intereses. Es el triunfo feroz del individualismo sobre la colectividad, bien entendido que no se reconoce en tal individualismo más entidad que la del político de oficio. La nación es nada, las leyes un mito, la moral una fórmula vana, la equidad un sueño de almas cándidas cuando todo ello está en lucha con los intereses del político. Éste es ante todo, está sobre todo, lo puede todo y lo dispone todo según su voluntad. Casi siempre el político comienza en el diputado, éste es obra del cacique, y el cacique depende , a su vez, del ministro o del ministrable. Es una organización oligárquica completa, toda una conspiración contra la nación, contra las leyes o contra el derecho del débil, cuando la nación, el derecho y las leyes estorban al político.”

Apareció en “EL PUEBLO, SEMANARIO DEMOCRÁTICO”, periódico regional asturiano, el 6 DE MAYO DE 1905. 109 años después,¿ ha cambiado algo ahora que a los políticos se les llena la boca de la necesidad de cambiar?

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