ARTÍCULO: Sobre la corrupción. I.

Vivimos tiempos turbulentos y  situaciones novedosas que exigen adaptaciones rápidas a la cambiante realidad. Crisis ambientales, económicas o políticas, conflictos intergeneracionales, nacionalistas o sociales y episodios de violencia física y verbal, nos revelan la delicadeza del momento actual y nos llevan a preguntarnos cuál, cómo, cuándo, hallaremos la solución.

Pero los procesos de adaptación, individuales, grupales o comunitarios, suelen ser complejos, muy poco transparentes y muy difíciles de predecir. Llegan nuevos modelos de organización del mundo, del tiempo y de nuestras vidas que si, por una parte, exigen el consenso y la coordinación, por otra rechazan la imposición, las corrupciones de todo tipo, el control autoritario y  todo tipo de manifestación espuria de poder.

Una de las posibles claves del éxito en tales casos es la confianza, piedra angular de todo proceso de comunicación entre personas, pueblos, países e instituciones.

Son tantas las situaciones típicas de la vida diaria que se basan en la confianza mutua, que sin ella no podrían funcionar las relaciones entre las personas, la colaboración entre organismos, la solución de los conflictos y la cooperación necesaria para salvar los obstáculos que toda relación humana suele conllevar. La cooperación, la colaboración, los pactos y su  cumplimiento, forman parte de esa clase de aspectos que se dan por sobreentendidos en cualquier cultura y país.

Por confianza se entiende que nadie va a abusar de lo pactado en buena fe. Se confía en la lealtad de los demás. Se responde a la confianza que unos ponen en otros, en los que mandan o dirigen, en las propias capacidades, en el aporte común, en los que saben de algo, en la experiencia profesional… Lo fructífero es entrar a formar parte de un todo en el que cada miembro o grupo social  encuentra su sitio y el respeto a su individualidad.

A nivel personal, la confianza se materializa en las relaciones de todo tipo entre las personas y se ve reforzada, una y otra vez, por las experiencias positivas acumuladas en cada situación anterior. A nivel social, político o institucional, la confianza crece en el diálogo y en el juego mutuo de cesiones y logros al que da lugar un proceso exitoso de comunicación, negociación y colaboración. La confianza se alcanza en un primer nivel cuando ya existe un objetivo común; se puede lograr en un segundo, un tercer o cuarto nivel, cuando las partes se reúnen previamente para alcanzar entre todos la definición de ese objetivo final. Y es que la confianza es como un lubricante sin el que chirrían las ruedas del consenso y de la colaboración, pero también es un punto de partida común que genera un horizonte de alternativas para llegar más allá.

Se necesita confiar en que nadie va a aprovecharse abusivamente de las aportaciones propias o de las de los demás, pues las indudables ventajas que traería su existencia podrían verse mermadas por cualquier tipo de impedimento que obstaculizara la cooperación. Los rumores, las mentiras y el engaño, el silencio cómplice, las promesas incumplidas y la indiscreción cobran carta de naturaleza, deterioran la confianza, primero, y la comunicación después.  A la lenta y gradual construcción de la confianza se opone su rápida destructibilidad: una única decepción basta a veces para arruinarla en una persona, un país o una institución. La erosión de la confianza, entonces, se va haciendo mayor, la comunicación se recubre de tretas tácticas y aparecen los obstáculos para la construcción en común. Como dice un viejo dicho, el árbol tarda mucho tiempo en crecer, pero basta un solo tajo para derribarlo de una vez.

La confianza no se impone; ni se pide ni se reparte. No es algo que se concede o da, sino algo que hay que sentir. Cuando se pide confianza es porque ya se ha perdido, porque se aprecia la desconfianza en el otro o dentro de uno mismo; esto es así porque en realidad no existe la confianza, existen las pruebas de que se confía o de que se puede confiar. Se trata de un proceso a largo plazo que requiere reencuentros positivos entre los interlocutores, así como la repetición de hechos que construyan, fomenten y hagan crecer las soluciones comunes y la colaboración.

¿Cuáles son los factores que favorecen la confianza? Enumeraremos solo algunos: la comunicación, el contacto personal, los valores compartidos, el objetivo común, la visión conjunta de un camino hacia el futuro, la predisposición a escuchar las ideas de los demás, la actitud amable y conciliadora en los momentos de discusión, compartir el conocimiento, estimular la participación…Y es que pocas veces como en la época que nos toca vivir será más cierto el viejo dicho: “Donde no abunda la confianza, la gente solo hace lo mínimo; donde la confianza fluye, hace lo que es capaz de hacer”.

¿Y los que la destruyen? ¿Cómo se llega a perder?

Se pierde cuando las más altas instituciones y las personas con responsabilidades públicas no solo no dan ejemplo sino que obran al dictado de sus ideologías partidarias y no del bien general; cuando los políticos de izquierda tiran la piedra y esconden la mano ocultando que tras sus arremetidas en la calle lo único que les interesa, pura y simplemente, es volver al poder; cuando los políticos de derechas arremeten contra la evolución de la sociedad tapando a quienes bajo su manto se dedican a la deshonestidad. La confianza se erosiona cuando los sindicatos, bajo el eufemismo general de “por los trabajadores”,  lo que en realidad hacen es mirar por sus burocracias, por sus cuotas de poder, y no por el trabajador en particular; cuando el empresario demuestra, con sus decisiones y sus actos, que el recurso humano de su empresa ocupa el último lugar entre sus preocupaciones; cuando el trabajador aprieta más allá de lo razonable con sus irresponsables actos a aquel que le da trabajo y de paso perjudica el trabajo de los demás. La confianza desaparece cuando la venalidad aparece en la mayoría de los estratos de la sociedad, cuando jueces y legisladores, directivos y empleados, consejeros y asesores, maestros, secretarios sindicales, políticos, parlamentarios, policías, banqueros y las personas pertenecientes a las más altas instituciones, justifican lo injustificable, delinquen en su beneficio, arriman el ascua a su ideología, mienten con cobardía, se saltan las leyes o las apuran al límite y demuestran con su conducta que lo del bien común no es su primer mandamiento sino el disfrute omnímodo, amoral y malvado de los bienes y la responsabilidad que la sociedad pone en sus manos.  Cuando las virtudes públicas brillan por su ausencia, la confianza retrocede. Solo la virtud privada de los ciudadanos de bien, esa de la que se aprovechan los demás, es la que mantiene en pie unos mínimos gramos de confianza social.

Ese, y no otro, el origen de la CORRUPCIÓN, así con mayúsculas, esa de la que penden las corruptelas, económicas, judiciales, sociales, que diariamente asaltan nuestra mirada y levantan nuestra indignación.

(Nota: Este es el primer artículo de una serie de cinco dedicados a la corrupción. El contenido va en progresión a lo largo de ellos, así que conviene que el lector tenga en mente los anteriores según vayan apareciendo los siguientes).

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ARTÍCULO: Las Palabras y el Tiempo

En estos días se cumple un año de la publicación de mi primera novela, El Telar del Tiempo.Para celebrarlo he querido escribir unas palabras sobre uno de los elementos que constituyen su trasfondo. Me refiero al Tiempo. No solo aparece en el título sino que forma parte de la visión sobre la felicidad que el escritor coloca sobre la protagonista del libro: LA FELICIDAD CONSISTE EN ESTAR CONFORME CON EL ESPACIO QUE OCUPAMOS, EL TIEMPO DE QUE DISPONEMOS Y LAS PERSONAS DE QUE DISFRUTAMOS A NUESTRO ALREDEDOR.

¿Qué es, pues, el tiempo?, dice San Agustín, ¿quién podrá explicarlo fácil y brevemente?, ¿quién podrá comprenderlo con el pensamiento para poder hablar luego de él? ¡No obstante, qué cosa más familiar y conocida es!

Es por ello que cada cultura ha tenido una concepción del tiempo que explicara a los coetáneos la esencia de lo temporal:

  • Los egipcios tenían un calendario, certificaban las horas y los días, usaban el concepto de instante, y medían los veinticuatro intervalos horarios del día con relojes de sol y con un recipiente con agua que llamaban clepsidra.
  • Para la mentalidad hindú, más allá de lo cambiante,  más allá de las edades y las civilizaciones, había algo permanente que era el verdadero ser; lo cambiante estaba sometido al paso del tiempo, pero lo imperecedero, el ser interior en el hombre, estaba anclado en un mundo eterno o más bien atemporal.
  • Para los griegos el tiempo era una constante en sus disquisiciones filosóficas. Si Platón separaba el tiempo como flujo de la eterna inmovilidad, Heráclito lo aliaba con la angustia de no poderlo retener o Aristóteles separaba el otium (tiempo libre), del neg-otium(tiempo de ocupación), distribuyendo la vida entre ambas orillas a fin de que el hombre pudiera hacer un uso equilibrado del tiempo.
  • Los romanos dividían también el tiempo en «ocio» y «negocio». El tiempo era la materia con la que se tejía la plasmación del ser interior. Tener tiempo no era tan sólo disponer de él para la holganza, sino disponerlo equilibradamente para la propia formación.
  • La doctrina cristiana, en fin, al apoyarse en el aristotelismo relacionando el tiempo con un movimiento que tendría un final, ligó la noción del tiempo a la concepción del fin del mundo y, por ende, a la de la muerte en esta  vida y a la eternidad.

Para Newton el tiempo era una realidad en sí misma. Para Kant una representación necesaria de la experiencia, para Hegel era el ser, un espíritu que se despliega. Para S. Freud algo que solo tiene sentido si existe una Narración. Un eterno retorno, para Nietzsche. Para el historiador,  la memoria reactualizada. Para el político  algo que tiene que manejar.

Sea la clepsidra de Cronos, la minúscula arenilla del reloj de va y viene o el pequeñuelo átomo que avanza inaccesible por el paseo de nuestra vida, la concepción del Tiempo ha importado siempre al hombre desde su propio nacimiento, porque solo hay una verdad: que los hombres nos esforzamos por llenar el tiempo, o por matarlo también, pero es el tiempo el que al final termina con todos nosotros. El tiempo devora al hombre, es una de las pocas verdades que ha sustentado toda civilización.

Hay un tiempo mítico, un tiempo atemporal apreciado por las religiones con el nombre de eternidad. Hay un tiempo lineal y un tiempo cíclico, un itinerario vital, un tiempo que se repite una y otra vez (las estaciones, p.ej), el tiempo de la vida, con un principio y un fin. Hay un tiempo de cambio, del deterioro y del desgaste, del transcurrir, de la sucesión de las cosas y de los acontecimientos.Hay un tiempo del ritmo, la música, la poesía, el corazón, las fases, las etapas…Hay un tiempo social: citas, agendas, la urgencia, aperturas, cierres, duración, calendarios, antes, después, ahora, esperar, ayer, hoy mañana…

El Tiempo fija el pasado, y aparecen la nostalgia, los recuerdos, las memorias y la ausencia. El Tiempo ocupa el presente, el telón de fondo de cada momento, la necesidad de llenarlo de significados, el aburrimiento vacío o el aburrimiento saludable(que diría W. Benjamin), lleno de imaginación, creatividad y pensamientos. El Tiempo crea el futuro, las ilusiones y expectativas, los deseos, el ansia de eternidad, la esperanza, los augurios, la infinitud, que no se acaba nunca y que hay algo más allá.

Este autor lo tiene claro, lo saben quienes han leído mi libro: el Tiempo es el telar en el que se desenvuelve la Vida.

Y cierro estas reflexiones con una antigua leyenda oriental sobre el tiempo más enigmático de todos, el tiempo del sueño: Lao Tsé soñó una vez que era una mariposa y, al despertar, no sabía si era Lao Tsé que había soñado ser mariposa, o una mariposa que había soñado ser Lao Tsé.

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Y ahora, recordando el pasado ( Mayo de 2012, mes de la publicación de El Telar del Tiempo), celebro el presente (Mayo, 2013) y me dispongo  a pensar en el futuro, en la reflexión que escribiré, espero y deseo, en Mayo de 2014.

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ARTÍCULO: La literatura rosa, hoy ( y II).

( CONTINUACION).

No ha cambiado el mensaje, ha cambiado el modo de acercarse a él. Y lo que resulta cierto, antes y ahora, es que tanto esas series como la novela rosa de siempre, la novela sentimental, se dirigen de modo preferente al público femenino. Primero fueron las señoritas chic, las de la alta burguesía, el último reducto de un romanticismo trasnochado, las principales usuarias de ese tipo de lecturas. Unos años más tarde, tras las dos guerras mundiales y nuestra guerra civil, se generalizó su consumo. Eran los tiempos de los grandes autores del género, Carmen de Icaza, Concha Linares, entre otros, pero también hubo escritores de reconocido renombre que no dudaron en beber en las fuentes del sentimentalismo para crear argumentos llenos de emocionalidad, Ahí están Rosalía de Castro, Gabriel Miró, Concha Espina, entre otros, o, más recientemente, Gonzalo Torrente Ballester, para ilustrar esta afirmación. La especial psicología de los tiempos difíciles infunde en el ser humano el deseo de emigrar a esos mundos novelescos en los que las truculencias pasionales, los vicios y perversiones, el engaño y la decepción, se convierten en manos de los autores en útiles herramientas para fidelizar al lector.

Las novelas rosa pertenecen al género del folletín, un tipo de literatura de antigua raigambre en España en el que el protagonista principal es el amor. Como ejemplo paradigmático podemos echar un vistazo a las novelas y folletines cuyo telón de fondo era la llamada trama nupcial,  un recurso temático de la literatura romántica del siglo XIX que se centraba en una serie de personajes cuyo objetivo último era llegar a
unirse en matrimonio. Importaban menos las tribulaciones de los personajes, los obstáculos aparecidos en la trama hasta llegar al casorio, y más las dudas mantenidas hasta las últimas páginas en las que , por fin, se desvelaba quien se casaba y con quién.
Un tipo de literatura en el que el compromiso del lector es claro: no me creo nada de lo escrito, pero me encanta conocer esos amores prohibidos, vivirlos con los personajes, el lujo, la pasión, los celos…Me sacan de mis problemas diarios y del aburrimiento. Un género muy importante en la historia editorial de nuestro país, cuando durante varias décadas, y excepto los más cercanos a la intelectualidad, los hombres leían las novelas-folletín de vaqueros y cowboys, los chicos tebeos, y las mujeres, adultas o adolescentes, mataban sus ratos de ocio entre las páginas de aquellas novelitas rosa de salida semanal o quincenal.

Claro es que el mundo intelectual, el lector experto, el aficionado al hecho cultural, han menospreciado tradicionalmente la moralina religiosa, el mundo galante y las gotas de pseudoerotismo que destila la novela sentimental. Nada diferente de las acerbas críticas que hoy en día se repiten sobre el papel adormecedor de las conciencias que tiene la televisión o su falta de escrúpulos al poner en antena, con todo lujo de detalles (eróticos, pasionales, truculentos, lujosos o criminales), espacios que nutren la programación de las cadenas a través de tertulias, series de ficción y programas informativos preparados ad hoc. Sin embargo, cuando uno se asoma a los más de 3000 títulos publicados a lo largo de su vida por Corín Tellado, nuestra indiscutible reina de la novela rosa y sentimental, cuando se dice de ella que es “la autora española más universal”, solo por detrás de Cervantes, es fácil concluir que un hecho tal  coloca a la novela de amor en un lugar que merecería, al menos, un acercamiento sereno y desprejuiciado a las razones de su éxito editorial. Quizá así, tratando de entenderlo mejor y no tanto de criticarlo, se podrían extraer valiosas conclusiones que poder aplicar al decaído momento de la lectura en nuestro país. Algún día habrá que estudiar la deuda contraída por los folletines televisivos con el género de la novela rosa, tan despreciada habitualmente por todo el que gusta de tildarse a sí mismo de   intelectual.

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ARTÍCULO: La literatura rosa, hoy ( I ).

Toma el metro cualquier día laborable, preferiblemente en la mañana, observa a los viajeros, fíjate en lo que hacen y llegarás conmigo a la misma conclusión: las mujeres leen más que los hombres. Es un hecho obvio y un dato estadístico fácilmente comprobable. Sean libros, revistas, e-books o cualquier otro instrumento tecnológico, cada día hay más gente que aprovecha de esa manera los intermedios y las pausas de su actividad habitual. La creciente falta de tiempo de ocio, por un lado, y el exceso de tareas u obligaciones, por otro, hacen de los trayectos en medios de locomoción y de los tiempos de espera, un sucedáneo oportuno para la lectura. Y eso no es de desdeñar en un país en el que se lee poco, en general.

Somos un caso extraño: en el tercer país del mundo donde más títulos se publican al cabo del año-  88.349 en 2012- el número de lectores es significativamente menor que en los países de nuestro entorno. Y eso que las casas editoriales y los organismos públicos relacionados con el libro, han ido afinando los niveles de lectura en base a criterios variados, edad, nivel cultural, ocupación, estrato social. La literatura, en fin, va aprendiendo a adaptarse a ese tipo de argumentos. Novelas de género, cómics, libros de autoayuda, de ciencia –ficción,  ensayos, novela negra, poesía, literatura de viajes, libros infantiles, juveniles, para mayores, novela erótica, libros de cine, de deportes, cuentos, biografías y autobiografías, de la naturaleza, de expediciones varias, folletines, son algunos de los nichos editoriales que se han ido perfilando en pos y en busca de los yacimientos de lectores que existen en la sociedad.

Lejos quedan los años 1840 – 1860, cuando  se produce en España el auge de las novelas por entregas, publicaciones periódicas que fidelizaban al lector a base de suministrarle paso a paso novelones tremebundos llenos de peripecias heroicas con abundantes toques de sensualidad.  Lejos queda también aquel tiempo oscuro (desde la dictadura de Primo de Rivera hasta el final del franquismo, con la sola excepción de los años de la República) en el que los folletines rosa eran vehículo adecuado para vivir otras vidas, galantes y pasionales, que no estaban al alcance de la mayoría de la población. Lo cierto es que   en el ser humano, debemos aceptarlo así, anida una especie de fascinación por todo lo sentimental. Los amores imposibles, las pasiones desgarradoras, los celos, el amor y el lujo, siguen siendo en nuestros días fuente de lágrimas, de identificación con los protagonistas y de suspiros de felicidad. Y si no, ¿a qué se debe el éxito arrollador de tantas series de color rosa de la televisión?

Merece también destacarse en el hábito lector, el papel que han jugado las revistas periódicas (Blanco y Negro, 1891, a la cabeza) en el mantenimiento de una fidelidad lectora hacia las novelas rosa por entregas.  Herederas de los folletines del siglo XIX, las revistas acercaban con su cadencia habitual no solo el progreso de unas historias que mantenían en vilo al público durante largos períodos de tiempo, sino también el único medio de que una gran masa de lectores se acercara a la tinta impresa con verdadero afán. Digamos que la cuota de lectura de aquellos folletines rosa por entregas que aparecían en las revistas, no distaba demasiado de las cuotas de pantalla que mantienen en la actualidad la Pasión de Gavilanes o Amar en tiempos revueltos, por citar solo algunas de las de mayor seguimiento. En medio queda el papel de los seriales de radio, antecedente y puente de unión entre las novelas de papel y las pantallas de la televisión.

(Continuará)

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Artículo: El sueño

No lo vas a creer, pero anoche soñé que hablaba con uno de mis personajes.

Estoy escribiendo una novela. Su título, provisional desde luego, es Los Valles Negros. Estamos en la segunda parte y el personaje en cuestión llega en tren a Madrid:

_ Bueno, y ahora qué- va y me pregunta.

_ Tú sabrás- le contesto.

_ Cómo que yo sabré, serás tú, tú eres mi creador.

_ No amigo mío, no; yo soy el autor, es cierto, el creador de la ficción, pero solo tú eres el responsable de tu propia realidad. Yo te he hecho libre,es verdad, así que dependen de tí los pasos que vayas a dar, hacia dónde vas a ir o cómo vas a actuar.

_ ¡Eso es una bobada, menuda tontería!- replica airado-, tú has sido el que me ha traído a Madrid…Siempre de acá para allá, así que es tu responsabilidad, yo me limito a vivir.

_ ¿Mía, estás seguro de eso? ¿No ha sido tu libertad quien ha marcado tus decisiones desde que echaste a andar? ¿Qué es lo que te ocurre ahora, que no estás en tu ambiente, que no conoces a nadie, que tienes que reinventarte si quieres seguir viviendo?

_ ¡Bah!- me contesta con un gesto de desdén.

_Yo, desde luego, no voy a decidir por ti- insisto- que luego llego a un callejón sin salida en la narración y me toca volver para atrás.

_ ¿Te lo haces facilón, eh?- me ataca- así también escribo yo.

Yo paso de responderle, como si no le hubiera oído. Y unos segundos después:

_ Anda, deja ya de quejarte y ponte en acción- le digo.

_ Pero a mí nadie me conoce- me contesta el muy ladino.

_ Que tunante estás hecho. A tí es al único a quien conoce el lector. Tú eres quien le hace sentir, aceptar o no tus decisiones, mostrar su extrañeza o su disconformidad. Yo solo soy el transcriptor, así que déjate de rodeos, que tenemos que continuar…

_ Humm…

Entonces me desperté. Y me anegó de repente una extraña sensación. Pero qué estoy haciendo, me preguntaba, ¡pedirle a mi personaje que sea él quien haga mi labor! Luego lo pensé despacio y me sentí afortunado.  Me levanté de la cama, me senté ante mis cuadernos y comencé a escribir; media hora más tarde había terminado la secuencia en cuestión. Me la leí en voz alta y reconocí su voz. Ésto está bien, me dije. Y ahí lo dejé.

Ahora estoy a la espera de que una nueva noche y otro sueño me vuelvan a indicar el camino a seguir. Me duermo con impaciencia, pero un día sucederá.

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REFLEXIÓN: Atributos de la novelística, según Ernesto Sábato.

En 1963, Ernesto Sábato ( 1911/2011), escritor prolífico cuya trayectoria intelectual y política inunda los últimos setenta años de la cultura argentina, enuncia en su ensayo El escritor y sus fantasmas  * los atributos esenciales de la novelística. La novela, escribe, es una historia ficticia de seres parcialmente inventados que muestra unos personajes en una época determinada que suelen ser portavoces de ideas y de estados psicológicos. Este es un resumen de  las características que describe:

- Descenso al yo.

- El tiempo interior( que va en contra del cosmológico).

- El subconsciente.

- La ilogicidad.

- El mundo existe desde los personajes, desde su yo.

- El otro (los diferentes yo).

- La soledad y la comunicación.

- El sentido sagrado del cuerpo. El sexo va detrás del intento fallido de la unión de las almas.

- El conocimiento, los sentimientos y las emociones forman parte y son la realidad.

Y remata: “No se debe escribir un tema si no acosa, persigue y presiona, meses o años, desde las regiones más misteriosas del ser”. Entre la novela y la vida hay la misma diferencia que entre el sueño y la vigilia.

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ARTÍCULO: La nueva barbarie

El orden, el sistema estable, la coherencia de los acontecimientos, tan valiosos que eran antes, están hoy día en decadencia. Lo que prevalece ahora es lo efímero y la parcialidad; lo superficial en vez de la profundidad, la diversión en vez del esfuerzo, los viajes y las escapadas en vez de la inmersión profunda en el acontecer. Estas nuevas tendencias saquean de uno en uno los valores de otrora sin ser nosotros conscientes de su obstinada invasión: fast food, reality shows, demagógicos debates políticos, tertulianos del corazón, el aljibe de internet, la continua aparición de gadgets  tecnológicos, las modas de temporada, el glamour…El éxtasis consumista y la mediocridad sustituyen a la paciencia, la espectacularidad a la belleza, la técnica al conocimiento profundo y a la inspiración, el efectismo frente a la verdad.

Emergen nuevos bárbaros, nos dice Alessandro Baricco en su libro Los bárbaros, ensayo sobre la mutación, un mundo en el que todo se populariza y se democratiza, poniendo en peligro el sosiego de la experiencia vital tras la imparable amenaza de la masificación.

Hay una revolución tecnológica que rompe la noción del tiempo y del espacio; internet, twitter, facebook, ipad, ebooks y tablets, transforman las metodologías y modifican el concepto de saber. El conocimiento de las cosas se basa en el continuado acceso y en el rápido envío y movimiento de saberes, noticias, videos, imágenes e información a través de novedosos artilugios.

Hay, también, una revolución linguística, tan rápida y cambiante que modifica los procesos de la comunicación humana, de la información y de la transmisión del conocimiento.

Y lo que se deteriora es la educación y la formación profunda basada en el análisis discriminativo y en la reflexión. Ahora priman los saberes técnicos y la rápida utilidad de tales conocimientos. José Luis Sampedro lo ha descrito, desaparecen los saberes blandos, ahogados y arrinconados por los  saberes duros.

La vida del hombre futuro camina hacia la domesticación, hacia el máximo rendimiento, las mejoras estadísticas, el tiempo pautado y la productividad; priman la eficacia, la disciplina y el rasero de la igualdad. Asistimos, sin duda, al advenimiento de nuevas formas de vivir, a la llegada de una novedosa, moderna y elegante barbarie. 

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