ARTÍCULO : ANTE LAS ELECCIONES EUROPEAS ( I de IV )

La nación es una comunidad que para ser viable requiere de unos mínimos elementos identitarios que le sirvan de base: una lengua común, una religión común, un origen étnico compartido o una historia también común. Desde ese punto de vista, es fácil reconocer que el continente europeo no solo carece de ello, sino que, todo lo contrario, lo que abunda es la diversidad. Europa es una Babel, un extraordinario mosaico de idiomas, pero esa diversidad lingüística, tan incómoda a veces, constituye para muchos el primer patrimonio cultural europeo. Mientras se aplican recetas liberales en el campo económico o en el financiero, mientras en los aspectos políticos juegan más los intereses, la geopolítica y la conformación de bloques de decisión entre países, es ese ámbito precisamente, el de la cultura, el que suele ser más rígidamente protegido por las culturas nacionales. Las culturas nacionales siguen, en general y más allá de aprender inglés, recabando porciones ínfimas de inversión en los presupuestos comunitarios. Este tipo de comportamientos revela una curiosa paradoja: si quiere alcanzar la meta de una auténtica Unión, lo que la Comunidad exige y necesita de manera perentoria es una transformación espiritual y cultural, no meramente económica y política. Junto a la conservación indudable del patrimonio cultural de cada país miembro, lo que debería de hacerse, y no se hace, es hablar de una Europa cultural. El espacio europeo sin fronteras solo existirá de verdad el día en que los ciudadanos europeos, a la par que conservan su propia identidad, compartan una cultura común que les permita participar con conocimiento y responsabilidad en una realidad política y económica más amplia.
El desarrollo y la modernidad de los países comunitarios tienen un precio: a mayor crecimiento, más riesgo global, más consumo y más exigencia, más tecnología, más desplazamientos y movilidad. También más aspectos deficientes, carencias o insuficiencias que, si no se aprecian en los momentos álgidos, nunca faltan cuando aparecen los problemas. Y si las instituciones de la UE no regulan los procesos o actúan con lentitud, se desmerecerá gran parte de lo hecho.
La actual crisis económica ha venido a demostrarlo: es muy alta la velocidad de los cambios en nuestro mundo global y muy lenta la capacidad de adaptación de la UE a los nuevos escenarios. Por eso, en la misma medida en la que el estilo de vida de los ciudadanos, su hábitat, su cultura y sus derechos sociales se vean amenazados, empezarán a aparecer conflictos que solo una eficaz y rápida política comunitaria será capaz de cortar. Si los tiempos de reacción son lentos, crecerá rápidamente el descontento. Para que en los 28 países miembros nazca una cultura civil de la responsabilidad hacen falta, previamente, liderazgos visionarios, como los que fundaron la UE, y un “aparato” en Bruselas distinto y más justo que las eurocracias que la dirigen en la actualidad.
La prosperidad es una condición que va íntimamente unida a la idea de la libertad. Europa es la región del mundo donde la interdependencia de los valores de modernidad, libertad y justicia ha sido tanto menos llevada a cabo como más fuertemente proclamada. Toda casa interiormente dividida está destinada a perecer; para que la casa común de Europa pueda acoger y mantener en igualdad de condiciones a los países que la integran, es preciso que se convierta en algo más que el mercado, la moneda común, el banco central o un sistema fiscal único. A las alturas del siglo XXI en que vivimos se precisa una Europa que lo sea, a la vez, de la economía de mercado, de los derechos políticos, de una cultura cada vez más común y de la redistribución social.

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ARTÍCULO: La Colección Guggenheim, un ejemplo de mecenazgo.

 

Nueva York, Venecia, Berlín o Bilbao, son hoy día sinónimo de arte. De arte con mayúsculas, moderno y contemporáneo, de lo no objetivo a la objetividad, de lo materialista a lo espiritual. Pero hace algo más de un siglo, los mecenas Guggenheim eran una de las muchas familias de emigrantes que llegaban al nuevo mundo en busca de un porvenir.

Unos años más tarde, aunque convertidos ya en una de los grupos más ricos y poderosos de EE.UU, les faltaba la fama y la popularidad. Los Guggenheim, dueños de una cadena de minas de cobre en tres continentes, no gozaban del reconocimiento mundial ni del prestigio y la aceptación social en su propio país. Se movían, ciertamente, entre los grandes magnates norteamericanos, viajaban por todo el mundo y aparecían en cualquier parte donde la ostentación y el glamour ocuparan un lugar; pero nadie les reconocía más valor que el estatus de nuevos ricos. Y como suele suceder en toda sociedad muy cerrada y opulenta, en Norteamérica no era lo mismo la historia de unos nuevos potentados  que la acrisolada tradición de un clan rico. Es por ello que la historia de la actual colección de arte Guggenheim, es un revoltijo de sucesos, rocambolescos algunos, otros llenos de intuición, que se hilan y entretejen en medio de algunos de los principales acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX.

Era, pues, cuestión de tiempo, que el que en esa sociedad, conservadora y clasista, se convirtiera en piedra de escándalo la aparición de una mujer que, tras la desaparición de su padre en el naufragio del Titanic, tejía su propia historia huyendo de las rivalidades en el seno de su propia familia y abrazando una relación estrafalaria con las corrientes culturales más progresistas de la nación. Fugitiva de la respetabilidad de la clase alta neoyorkina, Peggy Guggenheim hallaría en Europa lo que en EE.UU se le negaba, pero los virajes de su vida en el continente europeo la convertirían enseguida en una rutilante estrella de la bohemia cultural. El apellido Guggenheim pasó así a ser una notable referencia en el mundo del arte y del coleccionismo.

Si Peggy elevó su apellido a las revistas de moda, los tabloides y las páginas de ecos sociales de todo el mundo, hubo otra mujer, la baronesa alemana Hilla Rebay, que fue la responsable intelectual de que Solomon R. Guggenheim e Irene Rothschild, su esposa, iniciaran también su propia colección de arte en 1927. Educados ambos conforme a una generosa tradición filantrópica, se convirtieron a partir de entonces en unos entusiastas mecenas de las artes.

Pintora de mediano éxito, amiga de Jean Arp, figura clave del dadaísmo, y obsesionada por la estética, Hilla Rebay abrazó con firmeza el nuevo credo artístico contenido en un libro, “De lo espiritual en el arte”, que el pintor Vassily Kandinski trataba de trasladar a su obra. Epítome de la época heroica de la modernidad en EE.UU, la baronesa les propuso a los mecenas la apertura de una nueva línea en su colección de arte; de ese modo aparecieron en ella figuras como Moholy Nagy, Ferdinand Leger, Delaunay, Marc Chagall y el propio Kandinski entre otros. En la primavera de 1929, Hilla llevó a los Guggenheim en un viaje a Europa visitando, entre otros, el estudio de V. Kandinsky en Dessau y la sede de la Bauhaus diseñada por Walter Gropius. A la vuelta de ese viaje, los mecenas montaron su nueva colección de arte en un amplio apartamento de su propiedad en el Plaza Hotel de Nueva York.

Fue así como, en unos pocos años, con el fuerte temperamento estético de una mujer, Hilla, inclinada la otra, Peggy, a mostrarse indulgente en sus adquisiciones, gastadora aquella del dinero ajeno, atrevida la otra en el manejo de su propia, y menor, fortuna, ambas  crearon, inspiraron y pusieron en marcha una de las más importantes colecciones de arte moderno de las que podemos disfrutar. Así asociaron también, de manera indudable, el apellido Guggenheim al apasionante mundo del arte.

La colección de Solomon R. Guggenheim crecería con tal potencia en los años siguientes que a partir de  1959 se pondría en pie, de la mano del arquitecto Frank Lloyd Wright, la sede actual del Solomon Guggenheim Museum, en el cruce de la 5ª Avenida con la calle 87 de Nueva York.

¿Qué sucedía entretanto con Peggy Guggenheim en Europa?

Aficionada a las embriagadoras reuniones de la bohemia parisina, apasionada y dueña de una vivacidad juvenil, su vida turbulenta y poco rectilínea discurría en relación con las vanguardias artísticas europeas, a pesar de que  sus posibilidades financieras no eran tan altas como las del resto de su familia. Aun así, sus donaciones fueron múltiples y los artistas que la rodeaban se beneficiaban no poco de su apoyo, desde la novelista Djuna Barnes( Memorias de Africa), la poetisa y musa Mina Loy, el poeta André Bretón  o el pintor Max Ernst, con el que llegaría a contraer matrimonio. Frente a la obsesión de la baronesa  Hilla por cierto tipo de estética, Peggy era una mujer pasional que contaba más, en sus decisiones respecto al arte, con sus propias experiencias, sus gustos y su intuición, que con los dictados  de las ramas estéticas dominantes en aquel vasto momento de cultura marginal.  Tras haber abierto su propia galería en Londres, en 1938, con ayuda de sus amigos M. Duchamp y S. Beckett, la primera exposición estuvo dedicada a V. Kandinsky y la segunda al surrealista Jean Cocteau. Su primera colección apareció reunida y fue expuesta por primera vez en 1940, en el Museo de Grenoble. Poco tiempo después despachó la colección a Nueva York, buscando refugio ante el avance de la guerra mundial, no sin  antes dedicar unos días frenéticos a la compra de obras maestras en París en los días anteriores a la llegada del ejército alemán. Pronto abriría su galería neoyorkina, la mítica Art of this Century, donde expusieron por primera vez J. Pollock, Marc Rotko o Robert Motherwell, pintores que pronto habrían de convertirse en las figuras claves de la llamada Escuela de Nueva York.

Peggy Guggenheim y Hilla Rebay nunca se entendieron ni se llevaron bien, por lo que trabajando ambas por el bien del mismo apellido no lograron consolidar las dos colecciones en una misma línea. La directora del Museo del arte no objetivo, como lo denominaba Hilla, llegaría a acusar a la directora de la Galería de explotar con fines innobles el prestigio logrado en el mundo del arte  por el apellido Guggenheim. Sin embargo, la permanencia y la conservación de la excelencia, elementos claves de cualquier museo, quedaron garantizadas a partir de la vinculación de ambas instituciones a partir de 1976. Aunque sigue siendo una entidad autónoma y separada geográficamente, la colección Peggy Guggenheim de Venecia, forma parte integral de la Fundación Solomon P. Guggenheim por donación directa de la propia Peggy tiempo antes de su muerte , acaecida en 1979; por acuerdo expreso entre las dos partes, la colección Peggy se mantiene en su sede original, el Palacio Venier del Leone, siglo XVIII, habiendo aportado a la Colección tanto obras debidas al interés de su inicial propietaria por los pintores surrealistas como obras singulares de artistas como Giacometti o Mario Marini.

La sede del Museo en Nueva York, por su parte, es uno de los edificios emblemáticos de la arquitectura del siglo XX y su imagen es reconocida mundialmente. Espiral invertida, de volumen ascendente, que el arquitecto quiso que los visitantes recorrieran de arriba hacia abajo siguiendo la rampa continua que se enrosca en torno a un patio interior iluminado por un gran lucernario, es como un gran caracol o un zigurat babilónico.

¿Qué podemos ver en la Colección Guggenheim?

Obras excelentes de maestros indiscutibles como Van Gogh, Braque, Malevich, Kandinsky, Klee, Mondrian, Brancusi, o piezas de los polémicos Joseph Beuys, Calder, Dubuffet  o Mario Merz. Es el resultado de un proceso de decantación histórica que ha permitido, al cabo de medio siglo, reunir seis colecciones en una sola. Así es como se presenta hoy lo que se denomina la Colección Guggenheim. Se nutre también de una serie de pintores que han legado sus obras a la Colección, por ejemplo Justin K.Thannhauser , un marchante y coleccionista alemán especializado en el arte impresionista y postimpresionista francés, cuyo legado permitió al museo contar con obras importantes de Cezanne, Gaughin, Picasso, Dreier y Modigliani, entre otros. La potencia y volumen de la colección son tales que en 1987 forzaron una nueva ampliación de su sede en N. York, además de haber puesto en marcha el proyecto de una nueva sede en Salzburgo, equidistante entre Venecia y el Tirol, que para la incansable viajera que fue Peggy Guggenheim, era una de las regiones más bellas de la tierra.

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ARTÍCULO: Las historias y la realidad

Nadie ha desmentido nunca la extraordinaria fuerza de los cuentos, breves páginas que aluden a la vida no de manera directa, sino contando pequeñas historias de las que el lector, el espectador o el narrador, extraen una moraleja o un trozo de visión de la realidad. Pequeños relatos que no van tan dirigidos al intelecto, de ahí su éxito en el mundo infantil, como al niño que habita dentro de todos nosotros.
Esta reflexión viene al caso cuando quienes detentan un poder, sea del tipo que sea, tratan de controlar la presentación de historias para crear una contra-realidad que explique o pervierta la otra explicación auténticamente real. La publicidad, el marketing, los gabinetes de comunicación al servicio de las marcas y del poder, los creadores de opinión, conocen bien las ventajas de presentar a sus auditorios esas historias prefabricadas. Cuando eres tan afortunado de poder vivir en un mundo imaginario, parecen aconsejarte en su burda manipulación, enfundarte en una historia atractiva te invita a creer en la magia de cualquier banalidad y permite que la tan a menudo triste realidad deje de existir.
“Cada mañana- escribe W. Benjamín ya en 1931- nos instruye sobre las novedades del mundo. Pero, a pesar de ello, somos pobres en historias memorables. Esto se debe a que ya no nos llega acontecimiento alguno que no esté cargado de explicaciones; casi nada de lo que sucede se convierte en narración, casi todo se transforma en información. El arte de narrar radica precisamente en referir una historia libre de explicaciones”.
¿Qué ha ocurrido para que en el mundo de hoy le hayamos dado la vuelta a ese modo de pensar?, ¿por qué los medios de comunicación y los responsables de la publicidad de las empresas y organizaciones, prefieren contar una historia con visos de certeza en vez de, pura y simplemente, transmitirnos la información? ¿por qué contar historias se utiliza como instrumento de control de las opiniones y deseos o de adorno de la realidad con mentiras y engaños para formatear las mentes del oyente, el televidente o el lector?, ¿por qué se vende como autenticidad lo que solamente esconde una nueva técnica de movilización?
La obsesión por escandalizar, por persuadir o por llamar la atención, ha llevado al marketing a creer más en tratar de entretener a la gente que en informar sobre el asunto o producto que pretenden “vender”. Lo espectacular, lo que capta la atención, la fabricación de historias llamativas produce mejores resultados que la mera información.
Hay un nuevo arte de contar historias que se ha puesto al servicio de la removilización emocional, de la recuperación del compromiso con la marca, el logotipo, la filosofía de una asociación o el credo del partido político. Todo relato, todo eslogan, todo pequeño cuento en manos de quienes sustentan algún tipo de poder, transforma la presentación de algo en una travesía, un camino, un entorno, dirigidos a inventar nuevas certidumbres que conviertan algo banal en un relato edificante y ejemplar, en algo digno de valorar, de seguir, de aplaudir o de comprar.
La gente no sopesa ideas, no compra productos, sino las historias con que se les reviste mediante una nueva narración. Cuando la inestabilidad de los seguidores o los clientes muestra la fragilidad de una marca, las empresas y organizaciones acuden a un nuevo modelo, una nueva técnica de marketing que tiene como misión no tanto crear eslóganes o mensajes publicitarios sino contar una historia inventada con visos de realidad.
Desgraciadamente les funciona; la falta de sentido crítico, de la capacidad de analizar los mensajes, de una formación adulta y del necesario aprendizaje en edades tempranas de diferentes modos de discriminar y de elegir, nos ha llevado al panorama actual, cuando se pervierte la Historia con invenciones novelescas, se magnifica el valor de un producto cualquiera con una historia de médicos, de un idilio soñado o cualquier otra historia similar o se trata de “vender” la maravillosa gestión de un candidato aludiendo a sus compromisos con la raza humana o a sus gestos de solidaridad. Distinguir en tales casos la realidad verdadera de la pura invención, es tarea harto difícil para quien pretende guiarse por la racionalidad.

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ARTÍCULO: En la muerte de Lou Reed

Lou Reed nació en Brooklyn en 1942, hijo de un matrimonio conservador de clase media que muy pronto empezaría a alarmarse ante las acusadas tendencias bisexuales de su vástago. Se crió en Freeport, una pequeña ciudad de Rhode Island de la que, en palabras de Lou, “no hay más que un detalle positivo a destacar: la odias y sabes que antes o después tendrás que irte de ella”. Se iniciaba así el itinerario de una vida compleja en la que Lou Reed perdería la cordura varias veces, por diferentes motivos, para volver a recuperarla un tiempo después.
A los 17 años fue sometido a un tratamiento psiquiátrico con tres sesiones de electroshock por semana, la práctica más recomendada por entonces para curar la homosexualidad. “Soy un ejemplo perfecto- diría más adelante- de que esa clase de terapias no funcionan”. No sirvió para lograr el efecto buscado pero sí, en cambio, para que Lou Reed perdiera la memoria y pasara mucho tiempo como si fuera un vegetal. “Kill your sons”, una de sus canciones, aludiría más tarde amargamente a aquella situación.
Afortunadamente para él y para el universo rock, el cantante se recuperó de aquello y en 1961 empezó a estudiar Literatura en la Universidad de Syracusa, circunstancia que le llevaría a descubrir lo que el cantante declaraba como su verdadera vocación, la de escritor. Por entonces se aficionó al rock y a los rhythm blues, pero también al free jazz y a la música experimental. Quería fundir sus dos pasiones escribiendo la gran novela americana en un disco musical. Con esa misma actitud, fundó en 1964 el mítico grupo The Velvet Underground, en el que Reed asumía el papel de guitarrista, vocalista y letrista, junto a J. Cale y Sterling Morrison y con el apoyo expreso y la ayuda del gran artista Andy Warhol. Con la desaparición de esta banda, seis años más tarde, Lou Reed volvió a entrar, sin embargo, en uno más de los períodos erráticos de su vida: se tomó un año sabático, se dedicó a la pintura y hasta trabajó como mecanógrafo en una empresa de contabilidad de su padre. Decidido a inmolarse tanto física como profesionalmente, Reed aumentó su consumo de drogas y lanzó una serie de desastres comerciales que le mantuvieron en un círculo vicioso durante un tiempo. Intercaló, no obstante, algún nuevo disco en solitario y diversas colaboraciones, sin alcanzar en ningún caso el éxito comercial esperado. Son los años en que se agudiza su coqueteo con las drogas, un tiempo en el que las letras de sus canciones muestran, un precursor nuevamente, temáticas prohibidas hasta entonces en la música popular: amor entre drogadictos, el suicidio, el mundo de los chaperos o de los travestis, entre otros. Son los años del álbum Berlin y de algún éxito incipiente como Walk in the wild side o Perfect day. Sus letras tocaban temas de la literatura de Alan Ginsberg, Jean Genet o la nueva novela americana.
“Para alguien como yo, si no puedo escribir, nada tiene sentido. Escribir es mi todo, mi vida, y que de pronto te lo quiten…o ni siquiera eso, porque si alguien viene y te lo quita siempre puedes ir a recuperarlo, pero lo que me pasó a mí era peor, era la sensación de que se había evaporado a mi alrededor. No había nada, no quedaba nada. Y seis meses después, aún más, cero.”
“Magic and Loss”, un disco de esa época sobre la mortalidad, trata de los fantasmas y de las sombras que se proyectan sobre los vivos y refleja el dolor de Lou Reed por la pérdida de dos amigos en el mismo año, con once meses de distancia. “Dos de mis mejores amigos, de los más queridos. Además, la muerte es uno de los grandes temas para un escritor, hay que enfrentarse a él tarde o temprano y yo decidí hacerlo ahora”: Una mujer fallece lentamente en un sillón de color rojo con un neceser en la mano, una urna con cenizas se vierte descuidadamente y se esparce por un mar oscuro y negro como el carbón; o se celebra el funeral de un conocido que se habría partido de la risa en caso de haber podido estar entre los presentes en la ceremonia. “Para entender esa música- escribe Lou- hay que tener cierta experiencia, cierta madurez, hay que entender la vida.” “Ahora me conozco a mí mismo. Sé cómo trabajo. Sé que mi talento nunca me va a traicionar. He conseguido alcanzar un equilibrio en el talento, he hablado con esa parte de mí…O sería más exacto decir que esa parte de mí, la inspiración, el talento, me ha hablado de mí. La vida merece vivirse incluso si en ella hay dolor.”
Aficionado a vestir con cuero negro y a aprovechar la imaginería sadomasoquista en sus actuaciones, Reed se acerca a los años 80 con una música errante en la que alterna indudables éxitos con discos calificados de broma pesada por la industria musical comercial. Pero al principio de los años 80 deja las drogas, rehace su vida en serio y traza una lista de temas tabú que le servirá para constreñir cualquier conversación con la prensa a una única cuestión, su obra reciente. Graba entonces The Blue Mask, se casa con una diseñadora y edita durante una década una serie de éxitos en los que canta temas con una gran carga crítica contra los responsables políticos y personajes públicos del momento. Fue una época excepcional en una carrera errática y alejada casi siempre de las grandes promociones comerciales: en el año 2004 la remezcla de “Satellite of Love”, le colocará en una de las primeras posiciones en las listas inglesas.
Divorciado de su primera esposa, se volvió a casar en el año 2008 con la polifacética artista Laurie Anderson, quien permanecerá con él hasta el final de su vida, acompañándole en su búsqueda de nuevas vías para su creatividad. Como resultado de ello, en 2011 se une a la banda Metallica para grabar “Lulú”, un albúm de estudio inspirado en una obra de teatro sobre la vida real de una bailarina que fue víctima de agresión sexual.
A nadie puede caberle la menor duda de que fue un pequeño milagro que Lou Reed viviera hasta los setenta años; sus legendarios excesos, su relación con el “caballo” y las anfetaminas y las experiencias de su vida personal, han sido más y más grandes que las que la inmensa mayoría del género humano suelen experimentar a lo largo de su vida. Todo el mundo estaba al tanto de sus adicciones, su novia travesti, sus excentricidades y su alcoholismo. Se pasó la mayor parte de los sesenta y los setenta en un estado de aturdimiento químico y comprobando los límites a los que podía llegar su sistema nervioso.
En mayo de 2013 fue sometido a una operación de trasplante de hígado.
“¡Qué otoño tan maravilloso!(escribió su mujer durante la convalecencia). Todo reluciente y dorado y toda esa increíble suave luz. El agua rodeándonos. Lou y yo pasamos tiempo aquí. Este es nuestro hogar espiritual. La semana pasada le prometí a Lou que le sacaría del hospital y volveríamos a casa, a Springs. ¡Y lo conseguimos! Lou era un maestro de tai chi y pasó sus últimos días aquí feliz”
El 27 de octubre del mismo año falleció en Southampton (Nueva York).

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ARTÍCULO : El trabajador de hoy ( y II)

¿Cuáles son las consecuencias de lo expuesto hasta ahora en la primera parte de este post?
¿Qué le ocurre al trabajador?
¿Qué le está ocurriendo a las empresas con sus actuales estrategias, la flexibilidad, la movilidad, el cambio en los reglamentos, la ausencia de estabilidad en el empleo, la falta de vinculación auténtica del trabajador?

El trabajador ve elevarse sus cuotas de ansiedad: miedo a quedar obsoleto, a perder capacidad, a resultar fatalmente prescindible. A muchos les sobreviene el conflicto de la edad, paradoja sutil: cuando sus conocimientos y experiencia fortalecen sus criterios, cuando la madurez en su trabajo le supone un punto a favor, cuando la sociedad asiste al envejecimiento demográfico ( lo que cuestiona el sostenimiento futuro del bienestar social ), la amenaza de los cambios y las consecuencias laborales de las políticas de flexibilidad le exigen un nivel de tolerancia similar, a veces más elevado, que el que pueden ofrecer , y ofrecen, los trabajadores de menor edad.
Junto a ello aparece una nueva ética en el trabajo. Si la antigua se fundaba en el uso autodisciplinado del propio tiempo laboral, la nueva trae un nuevo slogan, una especie de mantra capaz de solucionar por si solo los problemas de la productividad: el trabajo en equipo. Un nuevo modo de trabajar basado en la cooperación, en la escucha de los otros y en la capacidad de adaptación a los modos, credos y estilos marcados desde la dirección. Para muchos veteranos, su aceptación de la filosofía del trabajo en equipo no es otra cosa que un eufemismo sutil que consiste en la sustitución del trabajo individual por las prácticas en grupo, una manera de funcionar a la que han de adherirse superficialmente si quieren sobrevivir. Su desempeño laboral se fundamenta menos en la autoridad que daban el conocimiento, la experiencia o la antigüedad, y pasa a estar dominado por la posición que cada uno ocupa en el equipo, en el ser un buen chico, sumiso y adaptativo, y en el puro y simple poder. Y es este entorno novedoso de la adaptación a la pérdida del sentido individual y a vivir bajo la norma estricta del poder sin autoridad, lo que puede traer aparejado el desgaste del carácter y de la personalidad del trabajador. Es sabido que las crisis infunden en las personas una falta de confianza que incrementa sus temores y provoca su infelicidad. Si las empresas fueran sensibles al aumento de la ansiedad entre su fuerza laboral, deberían de preocuparse, pararse y reflexionar.
La crisis que nos amenaza es una oportunidad única para aprender a trabajar mejor, no solo para trabajar más. Incluso para descubrir otros modos de vivir. Cuando las cosas van mal la confianza deja de ser algo deseable para pasar a convertirse en algo fundamental. Si organizaciones y empresas, quienes detentan el poder en ellas, muestran a los trabajadores la necesidad de su participación, si toman decisiones que ayuden a reducir la humana sensación del desamparo, el miedo a la vulnerabilidad, si alcanzan a vislumbrar los perniciosos efectos para el desenvolvimiento futuro de la ansiedad de sus colaboradores ante las incertidumbres, estarán fomentando la confianza en sus estructuras, en el porvenir del negocio y en las capacidades propias y de los demás.
Solo así, a mi entender, el trabajador será capaz de enfrentarse a los desafíos que enumerábamos en el inicio de esta exposición (I): seguir siendo él mismo en un mundo que cambia, dar la talla requerida por la nueva situación y hallar un modo sincero de compaginar sus principios con su imprescindible e inevitable adaptación.

( Para completar el cuadro, en relación con la idea de la confianza, puedes releer el artículo Sobre la corrupción I publicado en este blog el 17 /5/2013 )

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ARTÍCULO: El trabajador de hoy ( I )

El trabajador de hoy se enfrenta a varios desafíos: seguir siendo él mismo en medio de un mundo que se halla en cambio constante, dar la talla en el uso de los nuevos instrumentos (tecnologías, habilidades, conocimientos) que requiere la nueva situación y, además, buscar el modo de conservar sus propios principios, logrando al tiempo adaptarse a lo nuevo sin caer en la pérdida de valores que, inexorablemente, avanza en la sociedad.

Al trabajador de hoy se le pide, entre otras cosas, un comportamiento ágil, estar siempre abierto al cambio y  dispuesto a todas horas. El trabajador de hoy asume un riesgo tras otro, acepta lo que le viene y no debe protestar demasiado cuando, por un motivo o por otro, le cambian las condiciones, la tarea o los reglamentos. Lo llaman FLEXIBILIDAD. Ser tan moldeable y dócil que asuma múltiples cambios con evidente comprensión. Quedarse quieto es quedar en fuera de juego, valorar la estabilidad por encima de todo es ir a contracorriente, no bailar al nuevo ritmo, sinónimo de fracasar.Si a la empresa le da facilidades este nuevo modo de proceder (las necesarias, dicen, para sobrevivir), al trabajador llega a provocarle importantes dosis de ansiedad. Si como decía el romano Horacio, el carácter del hombre depende de las relaciones que establece con el mundo exterior,  la necesidad de ser flexible y el trepidante ritmo actual de cambios de orientación impactan en su carácter y en su sosiego interior.

La aparición sucesiva de las nuevas tecnologías, de las arquitecturas financieras y del mercado global, contribuyen a implantar nuevas maneras de organizar la vida, el tiempo de trabajo y el tiempo personal. También ha incrementado el viejo sueño empresarial, lograr un rendimiento rápido con el coste más eficaz. Es así como las empresas, los cuadros directivos, los mandos, responsables y trabajadores, cambian la visión del mundo y de su trabajo a largo plazo por la continua sucesión de objetivos y tareas cortoplacistas que les exige lo que a todos parece la panacea de las soluciones: la flexibilidad.

Para hacerle frente a ese cambio de modelo empresarial, el trabajador se ve inclinado a cambiar aquellos valores en los que siempre creyó. Es así como la lealtad, el esfuerzo, la voluntad de servicio, la defensa, como si fueran propios, de los objetivos del patrón, suelen ser sustituidos por la dedicación superficial, el trabajo a cortas miras, el desapego emocional y la desafección. Cuando el trabajador se siente ignorado, cuando la transformación superficial de su carácter y actitudes es el único medio a su alcance para adaptarse a nuevas exigencias o a estilos nuevos de dirección, parecer más que ser, es cuando se le ocurren esas respuestas nuevas  que  tan poco ayudan a superar los retos que se trata de vencer. El despido interior, la teatralidad, la negación del sobre-esfuerzo como iniciativa personal, la hipocresía laboral en suma, la indiferencia y la ausencia de un compromiso auténtico con el objetivo empresarial, se convierten en  nuevas armas en manos  del trabajador para defenderse de la ansiedad.

Si no hay un destino compartido entre el trabajador y su empresa u organización, desaparece el vínculo que conlleva la confianza y el trabajador ajusta su carácter y sus comportamientos no a lo que precisa su empresa, sino a lo que necesita él para continuar en activo en el mundo laboral.

( Continuará)

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ARTÍCULO: La dieta mediterránea ( El cuerpo y la alimentación).

AHORA QUE ESTAMOS EN ENERO Y LA FIESTAS YA HAN PASADO:

La antigua palabra griega diaita, de la que deriva dieta, significa estilo de vida equilibrada. Eso es, exactamente, la Dieta Mediterránea. Mucho más que una pauta nutricional, no es ya solo un alimento, sino una cultura viva y ampliamente compartida. Abraza a todos los pueblos de la cuenca mediterránea y ha sido transmitida de generación en generación desde hace muchos siglos. Está íntimamente vinculada al estilo de vida de los pueblos mediterráneos a lo largo de su historia.
Gracias a la general aceptación de las prácticas culinarias como una ciencia y un arte, una manifestación de sociabilidad y una filosofía de vida, nuestros chefs y cocineros, nuestras madres de familia, inventan recetas nuevas, modos de presentación, comunidad de sabores, maridajes, nombres nuevos y hallazgos que extienden el concepto más allá de las fronteras marcadas por nuestro mar común. La naturaleza de las riberas del mar Mediterráneo está ahí, es el gran proveedor, solo falta respetarla y saber extraer de ella las mil y una posibilidades que atesora.
En los años 50, los doctores Ancel y Margaret Keys de la School of Public Health de la Universidad de Minnesota (EE.UU.), comenzaron a observar la alimentación de las poblaciones limítrofes, y establecieron que los habitantes de los países bañados por el Mediterráneo presentaban una menor prevalencia de enfermedades cardiovasculares y enfermedades crónicas, y tenían una mayor esperanza de vida que otras poblaciones del resto del mundo, sobre todo en los países del norte de Europa y América.
Qué productos componen la base de la dieta mediterránea: los pescados y lácteos, la fruta, las hortalizas, los cereales, en primera fila. Después, en un segundo plano, vienen la miel y las aves. Más allá el vacuno, el cordero y el cerdo, con prudencia y respeto, por lo del colesterol.
El pan, la pasta, el queso, el vino y el aceite de oliva componen una primera fila, de sencillo consumo, poco hay que tratarlos, y fácil fabricación. Vienen directamente de la huerta y del campo, del mar, ríos y lagos o de la ubre de ovejas, cabras y vacas. Añádele las legumbres, el arroz, la berenjena o la alcachofa, tan diurética ella, los huevos, el tomate en sus diversas variedades, las patatas, los ajos y la cebolla, la insospechada variedad de hierbas aromáticas, los embutidos de cerdo, en pequeña proporción, lo procedente de la caza, y ya tenemos conformada la famosa dieta mediterránea, un logro que, como puede apreciarse, no consiste solo en tener los ingredientes, sino en una ancestral sabiduría al combinarlos. Con un criterio alimentario, pero también con el ánimo dietético, el cuidado médico y el afán artístico del modo de presentarlo.
Si un viajero del tiempo, del siglo XIX, sin necesidad de irnos más lejos, recalara en un país mediterráneo, no terminaría de entender cómo, donde en su tiempo los libros de recetas traían, como mucho, dos, tres , cuatro a lo sumo, modos de preparar unas sencillas almejas, un sabroso guiso de carne o una variedad de pescado, el amante de la buena comida halla hoy en día en la cocina familiar o en los actuales fogones de cualquier restaurante o casa de comidas, decenas de recetas de arroces, formas nuevas de pasta, preparaciones a cientos de tratar los pescados, los moluscos o los crustáceos.
Las costas mediterráneas, clima suave y afable, las aguas de nuestro mar, amigo benefactor y calmo, han favorecido la aparición de innumerables combinaciones de sus productos naturales. Los viajeros lo saben, los buenos turistas también, con los mismos ingredientes, italianos, franceses, griegos, turcos, albaneses, israelíes, jordanos, sirios, libios, eslovenos y croatas, tunecinos, árabes, libaneses, y, por supuesto, españoles, producen combinaciones tan singulares y sabrosas, que hasta la industria turística de todos esos países propone a sus visitantes el turismo gastronómico.
Podemos hacer la prueba: abrimos una mesa larga, sobreponemos un mantel y extendemos sobre ella varios guisos de arroz, potes y ollas de legumbres, fuentes con habichuelas, judías, berenjenas, calabacines, puerros, zanahorias, patatas en sus variedades, tomates y ensaladas varias, carnes de cordero y cerdo, cabra, conejo y de caza, aves , espetos de sardinas, asados de lubina, de xargo, de dorada, zarzuelas y parrilladas, dátiles de mar, pulpitos, salazones, calamares, cien variedades de quesos, y añadimos a nuestro gusto dulces turcos y magrebinos, bogavantes, centollas y gambas, naranjas, peras, higos, manzanas, melocotones, ciruelas, fresas, cerezas, frutos silvestres… La mesa se nos hace pequeña y aún quedan en nuestra lista cientos de maravillas. Si agregamos las especias, los complementos culinarios, ajo, cebolla y demás, vino, aceite y derivados, aparecerán a nuestros asombrados ojos miles de combinaciones sugestivas y sabrosas, ingeniosas, atractivas, escasamente dañinas y ricas para el paladar.
Y de pronto descubrimos la riqueza que poseemos, la cultura que heredamos, la huella que nos han dejado los anteriores siglos de la civilización a la que pertenecemos los países que compartimos nuestro mar Mediterráneo. Si sabemos por la ciencia médica que el abuso de un producto nos lleva a la enfermedad y que su combinación, en cambio, nos proporciona las defensas, las vitaminas y los refuerzos que nos proporcionan salud, lo inteligente, sensato, razonable y lógico es sacarle partido a esa dieta tan rica, tan plural y tan variada, que tenemos la fortuna de poder disfrutar. Algo debe de tener cuando la gastronomía mundial se ha acercado a ella con respeto y veneración.
La dieta mediterránea, en fin, cuenta con la vitola de ser de de las más ricas y completas del mundo, lo que nos debe llevar a su descubrimiento, de las más variadas, lo que nos conduce a no aburrirnos, y de las más sabrosas, lo que nos invita a festejarla.
Y ahora hazte un favor: Elige bien el momento, saca un pequeño platillo de la alacena y llénalo con olivas o un puñado de frutos secos, ponte una copa de vino y coloca en el tocadiscos Mediterráneo, de Joan Manuel Serrat…Fascinante, ¿no? Aprovéchalo para pensar en tu propia alimentación.

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