DOBLE REFLEXIÓN

MATAR AL RUISEÑOR.
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“En un país del Extremo Oriente, un discípulo que ha encontrado una excelente oportunidad de hacer carrera en la casta dominante, se acerca a su maestro para dárselo a conocer y que le aconseje ante su nueva situación. El maestro oriental escucha paciente y complacido la encendida exposición del discípulo. Mientras este describe su brillante porvenir, el maestro no deja de asentir suavemente. Cuando el discípulo termina, el maestro queda pensativo unos instantes y le pregunta a continuación:
_ Y…¿qué harás cuando te digan que debes matar al ruiseñor?
El discípulo levanta la cabeza sorprendido, no entiende la pregunta. No obstante por respeto a su maestro comienza a indagar el sentido de sus palabras.
_ Pero…¿quién me pedirá que mate al ruiseñor? Y en caso de que alguien lo hiciese, ¿por qué querría matar al ruiseñor?
Y el maestro responde:
_ Ellos, los que tienen la fuerza, querrán matar al ruiseñor, porque el ruiseñor no canta en invierno.
Y añade a continuación:
_ Frente a esto caben dos posturas. Puedes responder:¡Nunca mataré al ruiseñor!; en ese caso no debes olvidar que ellos tienen el poder y dejarás de pertenecer a su grupo porque no les sirves. También puedes pensar en tu interior que para qué sirve el ruiseñor en invierno. Si no canta, podríamos prescindir de la carga que supone, aunque nos pasemos sin sus cantos de verano.
Y en ese momento, cuando hayas matado al ruiseñor, habrás conseguido dos cosas al mismo tiempo, termina el maestro, integrarte más en la casta dominante y empezar a matar tu conciencia.
( Extraído de un cursillo impartido por el Dr. Karsten Trebesch)

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DECÁLOGO PARA SENTIRSE BIEN
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Tratar de percibir CLARAMENTE la realidad, sin prisas ni urgencias.
* Percibir la realidad por uno mismo, no a través de modelos, estereotipos o tópicos.
* Buscar siempre la simplicidad y hacer las cosas de la manera más natural.
* Lograr tener un criterio autónomo, sin dejarse llevar por el contagio o los medios de comunicación.
* Aceptarse a uno mismo y aceptar a los demás.
* Aprender a lidiar con la soledad.
* Desarrollar un sentido personal del humor, base de una cierta filosofía de la vida.
* Tratar de ser creativo/innovador en algún aspecto de la realidad.
* Disponer de un código moral y humanístico ante cualquier situación.
* Sentir plenamente que se pertenece a la Humanidad, base del humanitarismo y de la solidaridad.

(Se ruega mencionar el origen si se utiliza este contenido)

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ARTÍCULO: EUROPA Y LA UNION EUROPEA

Denominadas primero Mercado Común, más tarde Comunidades Europeas, después Comunidad Europea y ahora Unión Europea (UE), su construcción es un relato de éxito en el que los antiguos enemigos se convierten en amigos, un relato que está en crisis hoy día; lo que ahora se percibe en el proyecto de la construcción europea es congoja y ansiedad.
El proceso de construcción, bien puede decirse ahora, primero fue un sueño, después una aventura, más tarde parecía un éxito…Hoy suena a fracaso. Del europeísmo se pasó al europapanatismo, para caer en un puro escepticismo tras el que han vuelto a renacer algunos viejos fantasmas, el más temible por ahora las nuevas señales de fascismo. Y es que nos la vendieron como la culminación de la libertad y de la democracia, olvidando que también Europa había sido la cuna del nazismo, la casa del fascismo y el nido del estalinismo. Sin embargo del proyecto de Europa Unida también han salido cosas tan importantes como la defensa del consumidor, el proyecto social europeo, políticas científicas comunes, Erasmus, criterios para el medio ambiente y otras; si no se hubiera hecho Europa, por tanto, habría que hacerla.
Pero lo que no se puede hacer es dejar de ver las cosas que no son positivas, dejar de lado las dificultades como si no tuvieran importancia, porque, hoy por hoy, nos encontramos con más diferencias que similitudes. Europa no es un tapiz sino un mosaico. Visto de lejos parece estar perfecto, pero de cerca se ven los costurones y las teselas entre sus 28 países actuales. Hay que darle tiempo al tiempo en un mundo de urgencias y de acuciantes búsquedas de logros y resultados cortos.
Un ejemplo nos lo da el euro en la época de crisis en la que nos hallamos. Surgido como un instrumento político, la cesión alemana para que los demás países aceptaran su propuesta de anexión de la Alemania del Este tras la caída del Muro de Berlín, el euro, en lugar del marco, trajo a la UE la unión monetaria. Y todo cuanto parecía maravilloso en la época de bonanza, se ha convertido en obstáculos en cuanto la crisis económica asomó por el horizonte. Porque lo que subyace en el fondo es que de las cuatro libertades clásicas, capitales, personas, servicios y mercancías, es la de los capitales la que se lleva la palma, la de las grandes empresas que funcionan en la UE incluso con algo parecido a los paraísos fiscales.
Los dos problemas más graves, sin embargo, son el de la identidad europea y el de la calidad democrática.
El ciudadano de Europa vive el ser europeo como una característica más pero, por el momento al menos, no como su identidad. Esa la sigue dando el estado-nación al que pertenece. Nada más hay que apreciar los problemas de identidad internos, a menor escala, en algunos territorios de diversas naciones de la UE, para darnos cuenta de la dificultad que entraña la aparición de una identidad común. De hecho, mirada la situación desde este punto de vista, la construcción europea no se hace en contra de la existencia de los estados-nación, sino todo lo contrario, para fortalecerlos ante sus propias crisis nacionales internas.
Respecto al segundo asunto, el de la calidad democrática, se dice que hoy día hay déficit democrático, que no son los administrados quienes toman las decisiones, que no solo no hay un ejecutivo, legislativo y judicial común, un equilibrio de poderes, sino un equilibrio de instituciones( parlamento, consejo europeo, consejo de ministros, etc.), un complejo galimatías de parcelas en el que pintan menos los representantes elegidos por los ciudadanos que los expertos, ministros de esto y de lo otro, asesores, burócratas de toda especie que, como dice el vulgo, se lo guisan y se lo comen sin que los votantes tengamos demasiada elección. La escasa democracia que el ciudadano siente ante ese ente tan complejo, abunda en la dificultad de que los ciudadanos de los diversos estados lleguen a identificarse con un modelo institucional común en lugar de seguir haciéndolo con los rasgos distintivos de sus estados de procedencia. Sin embargo sí suelen percibir, en general, un sentido común de superioridad moral, cultural, de bienestar europeo en relación con otras partes del mundo. Viendo cómo están otros, bien está seguir aquí.
Y es que el acceso comunitario común protege porque hay reglas de juego. Y fuera de Europa, en general, como suele decirse, hace mucho frío y hay demasiada oscuridad.
Vemos pues, en resumen, que Europa está hoy más unificada que en el pasado, pero también más dividida, sobre todo a raíz de su apertura hacia los países más orientales del continente. Así se da la paradoja, como dice Hobsbawn, de que no hay una cultura europea sino culturas nacionales con una especial tendencia a manifestarse frente a las demás naciones, a no dejar de ser ellos mismos, pero estar cerca de los otros porque todos son europeos.

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ARTÍCULO: El debate entre la razón y la fe en el reino de las palabras

Viajemos al pasado.

Del siglo IV al XII, el modelo filosófico en el que se movía el mundo era el platónico. La doctrina cristiana se construía con los escritos de Platón, algunos textos primitivos cristianos y escasos fragmentos de la filosofía perdida hasta entonces de Aristóteles. Un poco más tarde el mundo accedió a las interpretaciones que hacían los filósofos árabes, (Averroes, Avicena, y otros) de los libros aristotélicos y los fundamentos culturales y antropológicos de la época se vieron alterados. Los encargados de sustentar el modelo ético religioso en Europa habían sido tradicionalmente los monjes benedictinos, pero en el siglo XIII aparecieron con extraordinaria pujanza las órdenes mendicantes, franciscanos y dominicos, predicando un revolucionario modo de entender el mundo: la pobreza. Es entonces cuando Tomás de Aquino, dominico, decide tender los puentes entre el modelo vigente hasta entonces y ese nuevo modo de vivir la vida basado en la filosofía cristiano aristotélica. Nace así la Escolástica.
Durante el siglo XIV cambia la imagen del mundo al paso con que se disuelve la cultura medieval dominante: aparecen las ciudades, se multiplican las Artes y progresa el intento de conectar la fe cristiana con las nuevas corrientes filosóficas. Y por encima de todo ello, crece y se agiganta como paisaje de fondo el problema real,las relaciones entre la Iglesia y los Estados. El Papa o el Rey, esa es la cuestión.
Es en esas circunstancias cuando aparece un fraile franciscano, Guillermo de Occam, que predica una doctrina enfrentada al orden cristiano-aristotélico que había dictado el monje dominico un siglo antes. No era un asunto menor, como lo demuestra el hecho de que aún hoy, pasados seis siglos, la doctrina de la iglesia católica sigue siendo, en gran parte, la misma que se predicaba entonces sobre multitud de aspectos. ¿Cuál era el verdadero pleito y la razón del debate que presentaba fray Guillermo?
_ Tomás de Aquino( siglo XIII) había escrito: la razón(el mundo civil) tiene su campo; la fe tiene el suyo propio. Y hay un pequeño espacio en el que solo manda la fe. La Iglesia, pues, a lo suyo,y el Estado a lo que le es propio; pero hay ciertos ámbitos en los que la Iglesia tiene derecho a intervenir en las cuestiones del Estado. O lo que era lo mismo: el Papa se hallaba a un lado, el Rey al otro y, cuando algo estaba en la frontera de ambos mundos, el que mandaba era el Papa.
_ Fray Guillermo de Occam (siglo XIV), sustentaba: La razón está en un lado y la fe en el otro. Cierto.La Iglesia aquí y el Estado allá. Vale. El Papa en su sitio, el Rey en el suyo propio. Y ambos poderes no tienen nada que ver. Donde se conoce por la Fe no debe intervenir la Razón. Porque solo hay un mundo, el que vemos y tocamos. ¿Y Dios?, ¿dónde queda Dios?, le preguntaban: de Dios no vamos a hablar porque es omnipotente, y quien todo lo puede forma parte de la Fe. Puesto que los conocimientos del hombre, el ámbito de la razón, provienen de dos acciones: ver el mundo en que vivimos, tocarlo, sentirlo, y ponerle nombre a las cosas que vemos y tocamos, ese ámbito del mundo no tiene nada que ver con la Fe. Poner nombres a las cosas y conocer con palabras, es cosa de la Razón.
La palabra rosa era la que utilizaban los tratadistas medievales para sus disquisiciones sobre el origen de las cosas a creer -Fe- y los conceptos- Razón. Y Guillermo de Occam defendía que rosa era solo un concepto y que pertenecía, por tanto al mundo de la razón. Si cuando la rosa se marchita, decía, solo queda su nombre, es evidente que es el nombre lo que nos lleva al concepto universal de qué es una rosa. La rosa se marchitará, la palabra rosa, no. Ya lo había escrito Boecio : “nada hay más fugaz que la forma exterior, que se marchita y se altera, como las flores del campo cuando llega el otoño”.
No resulta, pues, extraño que la institución de la iglesia y la omnipresente fuerza de la burocracia eclesial persiguieran con denuedo aquella nueva visión de la teología cristiana. Porque entonces, decían los más extremos, ¿en los conceptos no está Dios? Guillermo de Occam fue excomulgado y a punto estuvo de dar con sus huesos en la cárcel e incluso de morir acusado de herejía.

Y ahora sigamos en el reino de las palabras pero viajemos a nuestro tiempo más reciente:
Diciembre de 1980. Umberto Eco, catedrático, ensayista, literato, sabio especialista en semiótica y en filosofía medieval, publica en Italia su primera novela, El Nombre de la Rosa. Un monumento literario para quien gusta de leer historias tan bien documentadas que al terminar de disfrutarlas mejoran sus conocimientos a través de las palabras. Léanse a este respecto las primeras páginas del Prólogo del libro en las que el supuesto narrador, el monje Adso, refiere claramente el increible follón en que se hallaban envueltos en el final de Medievo los aspirantes a emperador, los reyezuelos de los ducados, predicadores y papas apócrifos y los estados pontificios.
Eco, padre literario de Fray Guillermo de Baskerville, franciscano, protagonista y trasunto literario de Fray Guillermo de Occam, pone en boca de Adso, el aprendiz de fraile: “ Así era mi maestro. No solo sabía leer en el gran libro de la naturaleza, sino que también en el modo en que los monjes leían los libros de la escritura, y pensaban a través de ellos”.
Refiere un Adso viejo al final de la novela de Umberto Eco:
“ Hace frío en el scriptorium y me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto que ya no sé de qué habla: Stat rosa prístina nomine, nomina nuda tenemus”.

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ARTÍCULO: Bancos, de aquellos polvos vienen estos lodos

Buen momento para acercarse al panorama bancario español.
Inmerso aún en una de sus crisis recientes, la banca española trata de asentarse en el más acusado liberalismo económico, sustituyendo los antiguos ideales espirituales y morales, propios de nuestro católico pasado, por una gestión más centrada en la riqueza material, más acorde y cercana a una mentalidad anglosajona, calvinista y luterana.
Con la perspectiva de los últimos 50 años se puede afirmar, sin temor a equivocarnos y a la vista de que son los poderes financieros los que de verdad rigen el mundo en estos tiempos, que la batalla más tardía y especial de nuestra democracia se ha jugado, y aún se juega, en los centros de poder de los bancos grandes y pequeños y en las cajas de ahorros. Todo ello sucede tras haberse aprovechado muchos de ellos durante décadas del adormecimiento social posterior a los efectos de la dictadura y al omnímodo poder proteccionista y autárquico, de una pequeña nómina de familias cuyos patriarcas dominaban la economía española a su gusto e interés.
Así, hoy en día, tras haber dejado atrás la prematura muerte de alguno de tales gestores, la entrada en la cárcel de otros y hasta el suicidio de alguno de ellos, el paisaje bancario actual se parece tan poco al de aquellos años como lo hace nuestro actual régimen político al vivido por el país durante los 40 años de sumisión a un dictador.
La banca española, que cumple ahora 232 años de historia, nació bajo los ideales de la Ilustración. La primera institución que pude considerarse como tal, el Banco de San Carlos, se fundó en 1782 con la gestión de Cabarrús, el decidido apoyo de Carlos III y del conde de Floridablanca y la figura del pintor Francisco de Goya entre sus accionistas. Unos años más tarde se vio obligado a desaparecer tras la sospechosa financiación de algunas empresas relacionadas especialmente con el abastecimiento del ejército.
A esta primera incursión en el mundo bancario le siguieron en los años siguientes el Banco de San Fernando y sus primeras incursiones industriales, el Banco de Isabel II (1844), bajo los auspicios del Marqués de Salamanca, y el Nuevo Banco de San Fernando (1848). Sería este nuevo banco, resultado de la primera fusión habida en España de los dos bancos anteriormente citados, el que daría lugar, en 1856, a una nueva entidad llamada Banco de España.
La extensión posterior de establecimientos bancarios trajo a la luz el Banco de Cádiz, el Banco de Barcelona, o el Banco de Santander, por el lado de la financiación de diversas aventuras empresariales, y la banca Urquijo o el Banco de Bilbao, con vocación más industrial. Todos ellos emitían billetes hasta 1874, cuando el ministro Echegaray concedió esa misión únicamente a la banca central. de todo aquello, solo el de Banco de Santander y el de Bilbao han llegado hasta nuestros días.
El nacimiento del nuevo siglo XX y la llegada de capitales de ultramar tras la pérdida de las colonias, trajo una oleada de nuevos bancos, muchos de ellos conocidos hasta tiempos bien recientes (Banco Hispano Americano, Banco de Vizcaya, Banco Español de Crédito, Banco Central…), que se verían favorecidos por la neutralidad española durante la Gran Guerra (1914-1918). Y así hasta el advenimiento de la Guerra Civil, período caótico para capitales y bancos, como lo demuestran las consecuencias emanadas del papel jugado por los diferentes banqueros apoyando a uno u otro de los bandos contendientes. Ya he comentado antes los nefastos resultados de la autarquía y el aislamiento posterior; añadir solamente las dificultades del Estado para ejercer el control monetario frente a la resistencia de la banca a ceder su protagonismo ante un Banco de España al que juzgaban débil y escasamente profesional.
Solo a partir de los años sesenta del pasado siglo el Banco de España empezará a ejercer su papel central, en especial tras su nacionalización y la decisión, 1962, de controlar y supervisar las medidas del resto de los bancos. Los nombres de Mariano Navarro, Mariano Rubio, Carlos Solchaga, Miguel Boyer o Julián Arévalo, nos son más cercanos y familiares en su gestión en relación con el banco nacional.
Después llegaron las primeras fusiones bancarias, siempre como respuesta a las diversas crisis económicas habidas a partir de 1990. La historia escrita por los Adolfo Suarez, López de Letona, los Pactos de la Moncloa, Sánchez Asiaín, Pedro Toledo y Abril Martorell, es el mejor reflejo de las tensiones sufridas por nuestro país en los cruciales años de la Transición; una época difícil en la que la búsqueda de la estabilidad política junto a la máxima rentabilidad, ha dejado también en la cuneta una creciente nómina de gestores heridos entre los que cabría destacar los nombres de Mariano Rubio, en una segunda etapa, Mario Conde y la intervención de Banesto o, más recientemente, los Alcocer y la Banca Catalana, hasta llegar a la mayor patochada jurídica en el caso del indulto de Alfredo Sáenz, el que se suponía que había sido elegido para devolver la moralidad al mismo Banesto que M. Conde hundió.
El 15 de enero de 1999 se consuma la mayor fusión llevada a cabo hasta los recientes acontecimientos bancarios que nos ha traído la crisis actual. Ese día se fusionaron el Banco Santander y el viejo Central Hispano: “si se quiere salir en la foto hay que moverse”, afirmó el banquero Botín, recientemente fallecido, en aquella ocasión. Él lo sabía muy bien, porque desde aquel momento, y en especial tras la aparición del euro, el astuto y listo banquero santanderino no hizo otra cosa que crecer hasta situar a su institución en un puesto elevado en el panorama bancario mundial.
De los acontecimientos de estos últimos cuatro años poco hay que hablar, en parte porque son suficientemente conocidos por todos, en parte también porque sin una mayor perspectiva histórica es harto complicado explicar lo ocurrido sin caer en meras elucubraciones sobre lo acontecido y su moralidad. Lo que sí podemos afirmar hoy es la desaparición completa de aquella España que contraponía los valores espirituales con los materiales, que despreciaba el dinero como un valor en sí mismo y que rebajaba la categoría humana de quienes se dedicaban a ganarlo mediante la usura y el préstamo. El precio del honor ya no se lleva, la vergüenza social por el mal uso del dinero de los demás, lo que tanto temía, y teme aún, el banquero honrado, ha tiempo que ha perdido importancia entre muchos de los directivos de nuestra banca actual. Ahí está el largo alcance de los últimos descubrimientos en Cajas de Ahorros y algunos bancos para demostrarlo.En materia bancaria, de los polvos de antes vienen los lodos de ahora.

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ARTÍCULO: Catarros y resfriados, esos males menores

Se nos ha ido el verano y estamos ya en pleno otoño, la antesala del invierno, pájaros y aves han emigrado a tierras cálidas y los microbios, esos pequeños bichitos que amenazan nuestra salud, elevan el consumo de los pañuelos de bolsillo. Como dice un viejo chiste, el estornudo es tan antiguo como el hombre más primitivo.
Eminentes protagonistas de la historia abandonaron este mundo por culpa de un resfriado o de un catarro común, reyes y nobles, presidentes norteamericanos, filósofos de alcurnia y otros hombres ilustrados, científicos de diversas ramas que en sus investigaciones combinaban la acción del frío y el aire libre.
Los remedios contra esos males son tan antiguos como una de sus manifestaciones, los mocos; no en vano el mismo Hipócrates, el de los humores, sostenía que la nariz era el desagüe del cerebro y existía también la creencia común a lo largo de la Edad Media, hasta casi el siglo XVII, de que los efectos externos del resfriado eran una emanación líquida del cuerpo que salía hacia fuera como si de lluvia se tratara. Los médicos del siglo XVI, los estudiantes de medicina medievales y los monjes de los monasterios, los más eficaces transmisores de la cultura de la época, hablaban de una Teoría del Catarro con agudas disquisiciones acerca de las tiritonas, la mucosidad, la fiebre o la flema coagulada.
Aunque pudiera parecer una afección menor, el catarro común es aún hoy en día una enfermedad incurable; bien poco se ha avanzado desde los vinos de Ona que se anunciaban hace años en los periódicos, un tónico maravilloso preparado por un charlatán, autoproclamado médico, que vendía su superchería bajo la firme promesa de curar infecciones y artritis, la reuma y los catarros. Se dice que el archiconocido ketchup empezó su andadura comercial vendiéndose por los pueblos como un producto más para milagros y curas.
Larga es la nómina de remedios ensayados por el hombre a lo largo de la historia contra tal afección: adelgazamientos, sangrados, curas de sueño, emplastos, gárgaras, estiércol de caballo mezclado con vino blanco o el muy extendido y famoso de la leche con miel. Nada tan llamativo, sin embargo, como la creencia universal de que dormir con la ventana abierta no solo era una práctica sana sino que fortalecía los pulmones y prevenía las afecciones respiratorias.
Catarros, resfriados, enfermedades antiguas que han de referirse al fracaso relativo de la medicina en su prevención y curación, dolencias que, al igual que las pestes, el cólera, la sífilis o la tuberculosis, se han logrado erradicar o disminuir no tanto por la existencia de una medicación definitiva como por el incremento de la higiene, la limpieza y la mejora en la salubridad. En la cura del catarro, como en las epidemias mencionadas, han progresado más las medidas de prevención y diagnóstico que la incidencia y las soluciones a través de la medicación.

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ARTÍCULO: El francotirador de Stalingrado ( ficción)

A principios de febrero de 2014 la anciana Irina Petrova subió a la colina Mamaiev, a las afueras de Stalingrado, como había hecho desde hacía más de setenta años. En aquel lugar se erige una estatua colosal de una mujer que blande una espada y llama a sus hijos a luchar. El monumento conmemora la defensa heroica que sus ciudadanos hicieron de la ciudad en el gélido invierno de 1942. Irina Petrova recordaba así a Vasili Ignatiev, el primer amor de su juventud, junto al que combatió desde las ruinas de la población contra los inmisericordes ataques del ejército alemán.
Si los alemanes conquistaban la ciudad y conseguían dominar la orilla derecha del río, Rusia quedaría partida en dos. Adolf Hitler identificaba la victoria sobre Stalingrado con la derrota de Stalin, su gran enemigo ahora, como antes había sido su mejor aliado. La ciudad era entonces un enclave importante de 600.000 habitantes, con una industria notable que fabricaba motores y derivados de la madera; una bella población, por otra parte, con buenas casas de piedra, que se extendía a lo largo por las orillas del Volga. Las fuerzas soviéticas , que resistían a duras penas en campo abierto, tuvieron que retroceder hasta Stalingrado con la esperanza de aguantar el ataque con la protección del río y en las trincheras de las afueras de la ciudad.
La batalla de Stalingrado, la más cruenta del conflicto, constituyó el punto de inflexión sobre la decisión final de la contienda mundial. Los alemanes habían ganado hasta entonces todas las batallas; a partir de su derrota en la ciudad del Volga, Hitler las perdería todas.
El ejército alemán atacó lleno de confianza, pero ya en aquellos momentos, el jefe del Iº Ejército Blindado Alemán, el general Kleist, escribía en su Diario: “Frente a nosotros ningún enemigo; detrás, ningún suministro”. Falto de petróleo para sus panzersy cañones y de víveres para sus cientos de miles de hombres, necesitaba sobrepasar el enclave de Stalingrado para dirigirse a la conquista de los pozos petrolíferos del Cáucaso y las reservas de cereales de aquella región.
Hacia el 23 de agosto, mientras el general Chuikov, enviado por Stalin había ordenado defender cada metro de terreno y amenazaba con ejecutar de inmediato al ciudadano que se rindiese o abandonase la batalla, comenzaron los bombardeos aéreos alemanes combinados con el ensordecedor ruido de la cañonería y el tableteo de las ametralladoras. Unos días después, bajo la tempestad provocada por 2000 toneladas de bombas, Stalingrado estaba en llamas y sus calles anegadas por los escombros de los edificios reventados y cubiertas de cadáveres. Se luchaba casa por casa, ruina a ruina, de tejado a tejado.
Vasili Ignatiev era un francotirador. Sus escasos 20 años no le impedían su febril entrega a la causa de su pueblo ni sus actos de heroísmo. Se jugaba la vida culebreando bajo la metralla. Se arrastraba para desenrrollar las bobinas de cable que producían las explosiones y tenía una vista privilegiada y una puntería infalible al disparar el fusil. Irina Petrova formabuua parte de un grupo de jóvenes mujeres que sorteaban el fuego cruzado de los alemanes para llevar a los francotiradores comida y munición.
El amor entre ellos surgió como un flechazo. Los momentos cumbres llegaban en las noches, cuando la luz de la luna alumbraba las crestas de los montes cercanos y la magia del silencio, apenas rota, les brindaba la ocasión de intercambiar confidencias. Se amaban acurrucados en el fondo húmedo de alguna zanja para que ni sus voces apagadas ni el brillo de sus cigarros delataran su posición.
En los primeros días de febrero, mientras el mariscal Von Paulus, hundido moralmente por la resistencia de la ciudad, el frío reinante y la falta de alimentos, tomaba la decisión de rendirse y capitular, una bala perdida acabó con la vida de Vasili Ignatiev, uno más de los 40.000 rusos que perdieron la vida en la sangrienta batalla por el dominio de la ciudad.

H.W. Balwin, corresponsal del New York Times, escribiría poco después : ” Stalingrado representó el mejor ejemplo de la inhumanidad del hombre para con el hombre, el sitio de una carnicería espantosa, un sacrificio deliberado e innecesario de vidas humanas, el lugar del fiero patriotismo y de las abrasadoras lealtades, una ciudad que vivirá para siempre, como Troya, en las lágrimas y leyendas de los pueblos”.

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ARTÍCULO: El Centenario de la Gran Guerra.

( Recomiendo leer previamente el Artículo publicado en este mismo blog el 7 de junio de 2014 con el título : Apuntes sobre la guerra en la literatura y en la ciencia ).

La primera guerra mundial, llamada en su origen la Gran Guerra, representa como ninguna otra el cúmulo de desgracias y locuras ocurridas antes y después del fatídico mes de julio de 1914. El asesinato en Sarajevo del archiduque de Austria y de Hungría, sobrino del káiser alemán, fue el suceso que desató su arranque, cuando Alemania respaldó la acción bélica de represalia iniciada por Austria en los Balcanes. Sin Bismarck ya al frente del país alemán, con un Guillermo II, emperador ya viejo y algo trastornado, con el afán de venganza por parte de los austrohúngaros, y con unos generales alemanes que soñaban con jugar a las guerras para ganar nuevos honores tras su segura victoria, cobró nuevas fuerzas la corriente cultural enraizada desde hacía siglos en Alemania, deseosa de reeditar las hazañas del Sacro Imperio Germánico. Los jóvenes austrohúngaros y alemanes, herederos directos de un siglo de cultura basada en el idealismo y la utopía mesiánica, en el heroísmo romántico y en los sueños de grandeza, pensaban en las pasadas contiendas , luchas de hombre contra hombre, a pie o a caballo, con pequeños cañones, fusiles, pistolas, sables y espadas y auguraban que la guerra sería corta. Toda nación, decían, necesitaba una gran guerra para convertirse en un gran pueblo.
Sus generales, entretanto, seguros de poder pasar por encima de los ejércitos ruso y francés, aliados por entonces, desdeñaban la entrada de terceros países en la contienda, singularmente Gran Bretaña. Se dice que el viejo káiser, primo por cierto del rey británico y amigos ambos de la infancia, exclamó despectivamente cuando le mencionaron esa duda: “ Bah, los barcos no tienen ruedas”.
Unos días más tarde del 28 de julio de 1914, inicio de la guerra, cuando los alemanes invadieron Bélgica, aliado de Gran Bretaña, incendiando pueblos enteros, devastando las ciudades, fusilando a sangre fría, aprisionando rehenes y asesinando a civiles inocentes de toda clase y condición, los británicos se subieron a los trenes, concentraron en sus puertos barcos grandes y pequeños de toda clase y condición, y el 4 de agosto entraron en la contienda ( los lectores que hayan visto la estupenda serie de la BBC inglesa, Arriba y abajo, recordarán los capítulos en los que se recoge el fervor patriótico de sus personajes, no exento de romanticismo, por el papel de su país en la defensa solidaria de las vidas de sus aliados ante la barbarie de las tropas alemanas en su camino hacia Francia. Daremos a los alemanes una lección que no podrán olvidar, es la consigna que se extrae de las imágenes de la gente cuando acude a alistarse).
El valenciano V. Blasco Ibáñez, como ya he reflejado en otro comentario, escribía en 1914 en el prólogo de Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, su famosa novela: “ Los oía hablar con entusiasmo de la guerra preventiva y celebrar con una copa de champaña en la mano la posibilidad, cada vez más cierta, de que Alemania declarase la guerra sin reparar en pretextos.
Y Stefan Zweig, cuatro años más tarde, terminada la guerra en 1918 refleja: “Si hoy nos preguntáramos por qué Europa fue a la guerra en 1914, no hallaríamos ni un fundamento razonable, ni un solo motivo. De repente todos los estados se sintieron fuertes, olvidando que los demás sentían lo mismo: todos querían más y todos querían algo de los demás. Y lo peor fue que nos engañó la sensación que más valorábamos todos: nuestro optimismo común”.
Una guerra, en suma, a la que historiadores, filósofos y escritores expertos, han dado en apodarla con diversas acepciones: popular, inevitable, falsa, romántica, excesiva, estúpida, son algunos de los adjetivos que se le han adjudicado a una guerra que empezó a gestarse en los irredentos sueños y ambiciones de la milicia alemana y en los vaticinios de una sociedad engañada que auguraba una cadena de victorias fulgurantes bajo los cálidos efluvios del anisete y el champagne.
La primera parte de la guerra, la batalla por las fronteras, se decantó fácilmente a favor de Alemania. En el Marne, en el Somme, los soldados avanzaban a la antigua usanza, entre atabales y tambores, banderas, penachos, canciones patrióticas y ojos llenos de miradas emocionadas y llenos de ardor. Pero a las exitosas y rápidas invasiones iniciales le sucedió a partir de septiembre la estabilización del frente en la línea del Marne. La guerra ya no sería corta tras convertirse en una kilométrica línea de trincheras y alambradas, una gran cicatriz que rompía el verde de los campos.
Algo parecido ocurriría en el mar. Al poderío naval británico por el número de barcos se oponía la mejor dotación técnica en armamento y control de tiro de la marina alemana. la batalla de Jutlandia, 250 barcos de toda clase y condición, supondría un empate técnico: Alemania perdió 2551 marineros y ganó el crédito táctico necesario para empezar a desarrollar los navíos sibmarinos; por Gran Bretaña murieron 6094 hombres pero quedó acreditada su fortaleza estratégica. 8.645 vidas en total se perdieron en la principal batalla naval de la Gran Guerra sin que ninguno de los contendientes derrotara definitivamente al enemigo.
Al tórrido verano de 1914 le sucedió un otoño y un invierno de fríos y fangos en la hondonada de las trincheras, agujeros inmundos llenos de paja empapada para taponar los hoyos y rodeados de cascotes y piedras que parecían trozos de hielo sepultados por la nieve. De trinchera en trinchera, con al agua hasta la cintura, la guerra se estabilizó durante varios meses entre la línea del Marne y el Mar del Norte. Como escribió con acierto el periodista y reportero español Gómez Carrillo: “La guerra, vista de cerca, no es bella, no. Es horrible.”
En la Gran Guerra se consagraron nuevas tácticas militares y diversas armas nuevas, terribles la mayoría de ellas, de eficacia mortífera a distancia. Ametralladoras, gases venenosos y máscaras antigás, submarinos y aviación de defensa, ataque y reconocimiento, aniquilaban a miles de hombres sin que estos pudieran defenderse cuerpo a cuerpo. La falta de suministros y de equipos sanitarios y el empleo de tales armas, desconocidas hasta entonces, precisaron una organización tan novedosa y compleja que los estados mayores de los contendientes no podían ofrecer. Bien puede decirse que, en ambos aspectos, armas y estrategias, la guerra del 14 fue el primer escenario para lo que vendría después.
4 años más tarde los campos de Europa presentaban el aspecto de una inmensa carnicería. Los que volvían de la contienda (admirablemente reflejado en Arriba y abajo, la mencionada serie de la BBC inglesa) multiplicaban los relatos de inútil heroísmo en medio del horror vivido; la guerra había sido tan cruel, sin los viejos códigos de honor ni las tradicionales reservas éticas hasta entonces conocidas, que abundaban entre ellos la depresión y el hundimiento, creían escuchar constantemente la siega de las ametralladoras, contemplar la mortandad en grupos que provocaban los carros o respirar las nubes de gas venenoso con el que se moría lentamente en medio de estertores agudos. Lo único que anhelaban los soldados combatientes en los meses previos a la paz de aquel 1918, era que la guerra se acabara pronto, que nadie iba a ganarla porque todos la habían perdido.
Existe una incuestionable conexión entre las dos grandes guerras mundiales vividas durante el siglo XX: la paz envenenada del Tratado de Versalles, al final de la contienda sería, a la postre, el detonant
e que llevaría a Alemania a comenzar la segunda guerra mundial. No en vano llegó a exclamar el general Foch tras la firma del tratado: “Esto no es una paz, sino un armisticio para veinte años más”.
Y el periodista español E. Gómez Carrillo, refiriéndose a que los firmantes declaraban que el resultado de esa guerra debía de imposibilitar las siguientes, dejó escrito: “Uno se pregunta cuántas veces la misma frase debe de haber sido pronunciada a través de los siglos. Cada lucha de reyes y emperadores fue la última. Cada guerra mató la guerra”.

(Para la confección de este Comentario se han utilizado textos de Luis Meana, Max Hastings, Guillermo Altares y Revista Frontera).
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